ESTÁ en la naturaleza intrínseca del nuevo rico comprar lo que no necesita, acaparar lo que no le hace falta, ir a donde no lo han llamado, estar en donde no debe y, en general, despilfarrar en fruslerías -sean del tipo que sean- lo que le parezca conveniente para no ser menos que su vecino. Durante los últimos años España ha sido un país de nuevos ricos. Un país donde la sana mesura se ha retirado en desbandada para que la prodigalidad ocupe el terreno. Una forma de malvivir que ha dado su frutos. Dos carreteras paralelas que salen del mismo lugar en Lanzarote y acaban en otro mismo lugar, un puente magnífico en La Palma que sólo acorta el trayecto cuatro o cinco minutos, un aeropuerto en La Gomera tan transitado como una heladería en el Polo Norte... ¿Para qué seguir? Bueno, un poco más sí que conviene seguir; también tenemos dos universidades. ¿Y por qué? En países más desarrollados que España existen regiones más populosas que Canarias, satisfechas con una única universidad. Al menos si nos circunscribimos a universidades públicas, que de eso se trata, pues en cuanto a las privadas allá cada una con su dinero.
¿Por qué dos en Canarias?, insisto en preguntarme y preguntarles a ustedes. Simplemente para aliviar la urticaria canariona. Nada más. No existía ningún otro motivo para erigir la Universidad de Las Palmas. De Las Palmas de Gran Canaria, claro. Hubo una época en Tenerife, cuando las comunicaciones no eran tan buenas pero la sensatez de la gente estaba a mejor nivel, que sólo los universitarios de La Laguna residentes en esa ciudad o, como mucho, en Santa Cruz, podían permitirse el lujo de dormir en sus casas durante el curso. En el supuesto que eso sea un lujo, habida cuenta de que la Universidad no es sólo un lugar en el que uno pasa algunos años para aprender una profesión, si es que la aprende. La Universidad, las ciudades universitarias por extensión, poseen la función añadida de moldear a sus alumnos en un ambiente juvenil y desenfadado. Una época en la vida durante la cual todos padecen sus pequeñas grandes penurias. Nunca se tiene suficiente dinero en el bolsillo, nunca se está exento de traspiés amorosos y nadie se libra de poner a prueba su solidaridad como persona en situaciones comprometidas. En definitiva, una ciudad universitaria contiene los elementos necesarios no sólo para formar buenos médicos, brillantes abogados y mejores ingenieros; también consigue que los jóvenes albergados en ella lleguen a ser los mejores, en todos los aspectos, de esa sociedad que luego les tocará dirigir.
¿Poseía estas características La Laguna antes de que se ubicara una segunda universidad en Las Palmas? Esencialmente, sí; incluso a pesar de que antes pululaban mucho los odiosos especuladores de pisos. En fin, se le concedió su universidad al hermano canarión y asunto arreglado. Aunque no por mucho tiempo. Las pomadas para los pruritos a veces tienen indeseables efectos secundarios. Por ejemplo, que ahora no hay alumnos para tantas aulas. ¿Se puede mantener una Facultad con 28 nuevos matriculados? ¿Y con catorce? ¿Y con diez? Con diez sale más barato cerrar y becarlos a todos para que estudien donde quieran. Incluso en Harvard. Pero esta no es la solución adecuada para un problema difícil: la insensatez.
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