RESULTA curiosa la manera de pensar de los continentales cuando enjuician a los isleños, sean de donde sean. Nos consideran seres felices, ajenos a los problemas que supone vivir en las grandes ciudades, y si además hemos tenido la suerte de nacer en lugares bendecidos por un buen clima -como es nuestro caso- sus expresiones rozan la envidia: nos retratan como nativos indolentes, que no trabajamos o que pasamos el tiempo tumbados en la arena bebiendo bebidas refrescantes. Y es que el ser humano, con frecuencia, no admite la felicidad de los demás: en España -lo dicen quienes han estudiado el asunto con imparcialidad- es la envidia el pecado capital que más se practica. Por eso, no nos resulta extraño que, después de los elogios, se nos endosen una serie de consideraciones que en muchos casos suelen ser ciertas, como si no nos aburrimos viviendo tan aislados, si no echamos de menos los largos desplazamientos en coche, si la isla no se nos hace pequeña, si no añoramos la vida cultural de las grandes ciudades, etc. Son consideraciones, repito, que intentan menoscabar los privilegios que, según ellos, tenemos los isleños por serlo. Bien es cierto que este concepto que se ha tenido de nosotros ha cambiado después de muchos años de aislamiento, puesto que las modernas comunicaciones e internet han hecho que estemos más cerca que nunca de los continentes. El flujo constante de pasajeros que viaja hacia uno u otro lado, el vivir en directo gracias a la televisión los principales acontecimientos que marcan el día a día, la frecuente presencia en nuestros predios de ilustres personalidades de las ciencias y las artes, etc., han dado a nuestra vida archipielágica un sentido más cosmopolita, más internacional, y eso gracias también a que los canarios, debido a nuestra situación geográfica, hemos tenido durante más de un siglo el beneficio del turismo, que nos ha aportado el saludable intercambio de ideas con las culturas más avanzadas.
Y es precisamente uno de los factores mencionados -las ciencias y las artes- lo que me ha inclinado a escribir este comentario, cuyo propósito es, ni más ni menos, destacar el relevante papel que algunas entidades culturales de la isla han tenido y están teniendo en el desarrollo de la educación ciudadana en un aspecto tan importante como es el de las relaciones humanas.
Siempre me ha gustado asistir a la apertura o inauguración de cualquier acontecimiento artístico, y eso antes de que se pusiese de moda el cóctel a la terminación del acto en cuestión. Innumerables conferencias, exposiciones, conciertos y presentaciones de libros han modelado a lo largo de los años mi actual manera de ser, mi idiosincrasia, que me ha permitido -perdóneseme la petulancia- saber discernir entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo o entre lo elegante y lo vulgar, con el mérito añadido -continúo siendo petulante- de que esta formación la logré en tiempos de sequía cultural. Y si no de sequía sí al menos de descoordinación entre los diferentes estamentos que tienen a su cargo la difusión de las artes y las letras, ya que muy a menudo, después de días o semanas sin actos de ningún tipo, de pronto se acumulaban varios en las mismas fechas. Afortunadamente, en la actualidad esto no ocurre, porque es raro el día que no venga signado con la celebración de diversos actos artísticos, destacando durante los últimos años la labor que está desarrollando el Casino de Tenerife.
La entrañable sociedad santacrucera lleva una temporada identificada totalmente con lo que significa el quehacer cultural de la isla. La anterior junta directiva estableció las bases para que esa inquietud llegase incluso hasta los que no son miembros de la sociedad, siendo continuada por la actual con unos bríos y un entusiasmo que ya son elogiados por propios y extraños. Conferencias de todo tipo impartidas por prestigiosos profesionales, semanas dedicadas a diferentes materias del mayor interés -química, energía, arquitectura, música...-, campeonatos de deportes de salón, actuaciones puntuales de músicos diversos, etc., conforman un calendario que, a menudo, no dejan fechas libres para celebrar otros actos que, debido al prestigio que entraña "actuar" en el Casino, no deja fechas libres para celebrar otros eventos que la sociedad -no sólo los socios- demanda. En buena hora esta inquietud que ha traído aires nuevos a la formación de los ciudadanos, siendo gratificante ver a mucha gente joven entre los asistentes a los actos programados. Los bailes y fiestas dedicados a la juventud, sobre todo, han dado un resultado verdaderamente espectacular, incluso inesperado, que ha ilusionado a la junta directiva, pues ha erradicado el viejo concepto -casi axiomático- que confería al Casino la categoría de "sociedad para mayores". Por otro lado, la próxima transformación de la sociedad en una entidad cuasi mercantil, con participaciones dotadas de un valor patrimonial, ha incrementado el número de socios hasta límites insospechados, haciendo que las obras en proyecto -una moderna cafetería y un gimnasio con spa- vayan a ser emprendidas por los rectores de la sociedad con el mismo entusiasmo que los socios han manifestado ante el rumbo que ella está tomando.
Y todo lo anterior en un año que se antojaba complicado por la situación económica que el país está atravesando, así que las expectativas para 2009 no pueden ser mejores. Será necesario para ello contar con el apoyo de los socios, y la junta directiva sabe que cuenta con ello, pues han sido muchas las felicitaciones recibidas a lo largo de los últimos meses. Con ese bagaje y respaldo esperemos -estoy seguro de ello- que el Casino de Tenerife continúe en la senda que ha venido siguiendo, no sólo para satisfacer a sus socios -a fin de cuentas son los que la mantienen-, sino también a la sociedad tinerfeña, de la que ha pasado a ser luz y guía en un apartado tan importante como es la difusión de la cultura.
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