HACE algunos meses cayó en mis manos un libro cuyo título exacto no recuerdo, aunque desde el primer momento tuve la sensación de que tras aquella portada no podía existir un contenido serio. Un título que rezaba "Cómo hacerse rico y vivir para siempre de las rentas", o algo parecido. Apenas hojeé unas páginas, comprobé que ciertamente se trataba sólo de un compendio de martingaladas financieras. Lo que John Allen Paulos calificó como pornografía bursátil en su ensayo "Un matemático invierte en la bolsa". Librito dicho sea de paso, de lectura conveniente para quienes confían en la existencia de gurús del parquet.
Lo malo es que estas ciegas creencias en métodos ganadores están más extendidas de lo que uno se imagina. Basta comprobar, por ejemplo, la cantidad de programas de televisión en los que una pitonisa echa las cartas y le adivina el porvenir al incauto de turno. Es, sin embargo, en el juego donde se perfilan más nítidamente dichas premoniciones milagrosas. Durante algún tiempo tuve la suerte de acompañar a los famosos Pelayos -los únicos jugadores científicamente ganadores que he conocido- por los casinos de medio mundo. El suficiente tiempo para comprobar que los porcentajes de beneficios esperados se cumplían inexorablemente mes tras mes, con independencia de que una noche ganaran millones y a la siguiente perdieran otros tantos. Pese a los rigurosos análisis que aquellos sujetos, sucesivamente expulsados de todos los casinos que iban esquilmando, realizaban de cada ruleta antes de apostar un solo euro, eran multitud los osados que les ofertaban incontestables sistemas ganadores. Una y otra vez me preguntaba cómo podía haber gente tan bobalicona para pensar que tal o cual número estaba a punto de salir porque no lo había hecho en toda la noche -como si la bola tuviese memoria-, o porque era miércoles y acababa de entrar en la sala una señora vestida de azul.
Los casinos son ecosistemas peculiares con una fauna específica. Los bancos, también. Especialmente a la hora de colocar los dineros de sus buenos clientes en aquellos productos financieros que proporcionen la máxima rentabilidad con el mínimo riesgo, aunque no el riesgo cero. Nada de esto es nuevo, por supuesto. Lo alarmante es que si uno lee a Paulos y cree en lo que dice -y hay bastantes motivos para pensar que es cierto cuanto afirma-, la forma de elegir uno u otro de esos productos financieros es muy parecida al método del señor que apuesta al 35 porque acaba de entrar en el casino una gorda acompañada por un tipo con el pelo colorado. Eso sí, los empleados bancarios utilizan un lenguaje sofisticado que reviste al tinglado con una decoración de convincente seriedad, pero nada más. Luego surgen casos como los de Bernard Madoff: un "selfman" que nadie conocía por estos alrededores hace una semana, y de quien hoy escribe todo el mundo.
Mientras tanto, otro montón de gente trancada. Nada más lejos de mi intención disfrutar con el mal ajeno -varias veces lo he dicho-, pero ya es hora de que algunos reciban un palo a ver si espabilan. A fin de cuentas, aquel libro malo del que hablaba al principio de este folio contenía un sabio consejo: jamás permita que alguien le gestione su dinero. Mejor, piérdalo -o juégueselo- usted mismo.
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