A lo largo de mis años en activo en la profesión de la cocina he ido guardando muchos recuerdos, curiosidades y alguna que otra excentricidad, manías o rarezas de algunas personas y personajes a los que di de comer, o cuando intervine en algún agasajo, fiesta o banquete a toda clase de clientes.
Poco a poco iré comentando algunas anécdotas que pueden ser el reflejo de una sociedad tan variopinta y pintoresca como la española y también de culturas, allende de nuestras fronteras.
Me viene ahora a la memoria el recuerdo de un matrimonio ya avanzado en años que quería celebrar sus bodas de oro como casados y fueron a contratar tal servicio.
Pusieron una sola condición... que todo, absolutamente todo, debía ser negro. Desde la mantelería, servilletas, vajilla, cristalería, uniformidad de los camareros, velas que dieron luz a las mesas e, incluso, el menú para la cena.
Los invitados también estaban advertidos de que su indumentaria había de ser del susodicho color: negro riguroso.
No se escatimaba en presupuesto económico, pero todo tenía que ser según lo establecido.
Ahí me tienen ustedes, devanándome el coco. ¿Cómo hago un menú para 200 personas, todo en negro?
Me llevó muchas horas cavilando y de realizar pruebas, pero al final les presenté el menú a los anfitriones; me dieron el visto bueno y, cuando se celebró el evento, todo quedó al gusto de ellos. El menú fue el siguiente:
-Tartaletas de centeno con caviar Iraní.
-Sopa de las cuatro morcillas (dulce canaria, de cebolla, asturiana, ahumada).
-Chipirones rellenos en su tinta.
-Mil-hojas de rabo de buey al vino de Toro, con arroz negro y ralladura de cuerno de toro cocido.
-Brownie de chocolate puro, 80% cacao, 20% azúcar.
-Café arábico con azúcar morena.
Lo único que se respetó de otro color, fue el blanco de las chaquetillas y los gorros de los cocineros.
Jesús R. Manzaneque
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