Le he dado ya tantas veces la cuerda al reloj de la vida para mantenerlo caminando sin que se pare ni un segundo, tantas veces, que el día menos pensado, ¡pam!, un chasquido metálico y la cuerda que se me parte, y sin reloj ya saben ustedes que no se anda por la vida. No se crean, es un buen reloj, al menos a mí me lleva funcionando casi 90 años, y son de un tipo que ya ni se hace. Eso sí, hay que darle cuerda lentamente, sin prisas, también sin pausa, aunque si te paras, puedes luego reanudar la cuerda cuando quieras. La ventaja de dar cuerda así es que puedes hacer al mismo tiempo otra cosa, como leer el periódico, o ver la tele, o pensar. Sí, pensar; pensar. Últimamente pienso mucho. ¿En qué? Ni en el futuro, que sólo está en las manos de Dios y Él ya sabe lo que hacer. Tampoco en el presente, que más vale olvidarlo, todo promesas y seguridades que se han venido abajo como un castillo de naipes. Pensar en el pasado es bonito, reconfortante, ilusionado, sólo se piensa en cosas buenas y agradables, vivencias formativas y en aquellas personas que han dejado huella permanente en nosotros mismos. En mis maestros. Prescindiendo del primero y primordial, mis propios padres, tengo desde hace decenios seleccionado a tres. El de mis estudios, el de mi primer trabajo serio y el de madurez. Y creo un deber contraído con mis maestros dedicarle unas modestas líneas en su recuerdo y de agradecimiento.
Como imagino que le sucede a cualquiera, he tenido profesores de todo tipo, buenos y malos, sacrificados y displicentes, volcados en el trabajo y más vagos que la chaqueta de un guardia. Pero a quien recuerdo especialmente de todos ellos a lo largo de mas de 20 años de estudios, es a mi profesor de Física y Química en el Instituto de La Laguna, allá por el año 36/37, don Ramón Trujillo, como ya he tenido ocasión de mencionar alguna vez. En junio nos habíamos examinado de 4º año y Reválida del primer Bachillerato cíclico de 7 años, y en octubre empezó el curso en el Paedagogium Teneriffa, donde había estudiado desde 2º año, con un plantel magnífico de profesores, tanto españoles como suizos y franceses. El fallecimiento del director del mismo, Herr Mathys, a poco de empezar el curso obligó al cierre del colegio y empecé a ir a clase como oyente al Instituto de La Laguna, el mismo de ahora, donde tuve la suerte que el profesor de Física y Química fuese don Ramón Trujillo, con su aula en la planta baja y en la parte opuesta a la entrada. Éramos pocos alumnos y la clase era de una seriedad ejemplar, con un profesor que se hizo respetar desde el primer día, siempre dispuesto a ayudar a sus alumnos, del que recuerdo verle con su batín blanco de laboratorio y sus largas patillas que ya empezaban a blanquear. Nos hacía trabajar mucho y recuerdo que nos mandó hacer unos trabajos sobre temas concretos, para lo que debíamos usar de amplia bibliografía, en mi caso de fácil acceso, pues mi padre era también catedrático de una materia análoga, y los otros alumnos tenían a disposición la del Instituto y la propia de don Ramón. A mí me tocó un tema sobre un colorante que creo se llamaba el dimetil-aminobenceno-azo-benceno-parasulfonato de sodio, que es uno de esos azules de metileno, creo. Cuando tres años más tarde me fui a estudiar a la Península, una de las personas de las que acudí a despedirme fue don Ramón, en su casa del final del Camino Largo lagunero. No sé, pero creo que todos hemos cometido una gran injusticia, la del olvido, con don Ramón Trujillo.
Ya en mi vida profesional como ingeniero y trabajando en la siderurgia de la Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera, en La Felguera, Asturias, tuve la fortuna de que se me eligiese para la dirección y construcción de una nueva sociedad que sería la primera que obtendría etileno en España, producto químico que había pasado a desempeñar un papel esencial en el desarrollo industrial de los plásticos como primera materia tanto para el PVC (cloruro de polivinilo) como para el polietileno. Se estaba además en un período de transición y cambio, pues el enorme incremento de estos y otros productos había hecho que la hasta entonces fuente normal y única del etileno, los gases de la destilación del carbón (nuestra materia prima), fuese insuficiente en todo el mundo para atender a la demanda y se empezaba a acudir a derivados del petróleo como fuente prácticamente inagotable. El presidente y creador de esta sociedad fue un insigne Ingeniero de Minas don Antonio Lucio-Villegas, persona de una extrema sencillez y de unos conocimientos técnicos y sobre todo económicos y comerciales del máximo nivel. Eran los primeros años 50, el país comenzaba un desarrollo técnico e industrial intenso, pero era también el de las restricciones de todo tipo, la exigencia de permisos para cualquier actividad y no digamos para la adquisición de primeras materias para la construcción de la fábrica, como hierro, acero, cemento, carbón, electricidad, maquinaria, etc. y en cada una de estas actividades, don Antonio, como consejero del Banco Urquijo y consejero-delegado y luego presidente de Duro-Felguera, fue siempre el maestro cariñoso y atento, experimentado y riguroso del que aprendí prácticamente cuanto sé en esta actividad promocional y creadora. Me acuerdo que en una de sus visitas, ya próxima a inaugurarse la fábrica, cuya construcción llevó mÁs tiempo del previsto por las dificultades antes enumeradas, llegó a mi despacho, se sentó en la butaca usualmente reservada a las visitas y me dice con aquella su gracia andaluza: "Sr. director, para adquirir los recursos necesarios para terminar la fábrica, ¿qué aconseja Vd.? ¿Aumentar el capital o emitir obligaciones?". Para extenderse a continuación en las precisiones oportunas de las que nada sabía. Entrañable don Antonio.
Los finales 50 y primeros 60 vieron el nacimiento y la difusión del los planes de desarrollo, los polos industriales, los planes de estabilización, en la época de los ministros Navarro Rubio y Ullastres, que en 20 años cambiaron la cara del país. En aquellos primeros 60 empecé a trabajar con una firma italiana que se estableció en España para el desarrollo de la industria del cloro, entonces en las manos de la empresa Solvay, y fruto de cuya actividad fue la instalación de otras en Huelva, Pontevedra, Tarragona y Huesca. El fundador y director de aquella sociedad italiana fue el ingeniero Oronzio de Nora, a quien, cosas de la vida, había conocido en el año 51 en un pequeño taller donde construían un nuevo tipo de células a mercurio que en unos años dominaron el mercado mundial. Era el ing. De Nora, un hombre sumamente sencillo, casi humilde, de extraordinaria inteligencia, que llegó a desarrollar una empresa de ingeniería líder en su campo. La gran difusión de sus plantas en nuestro país y mis continuos desplazamientos a Italia me permitieron llegar a conocer a fondo al "onnorevole ingegnere De Nora", que también sufrió los hachazos del terrorismo, pues su hijo fue raptado y así permaneció años hasta que fue posible su liberación. Ya fuera de mi contacto con esa firma, en uno de mis viajes sólo turísticos a Italia, al llegar a Milán llamé a su oficina para saludarle y fui informado de su fallecimiento hacía unos meses. Y lo mismo me sucedió al interesarme varios años después por su hijo, que lo había sucedido en la empresa.
Tres personalidades, un tinerfeño, un andaluz y un italiano, tres maestros que han marcado esta vida a la que sigo dándole cuerda.
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