Toronto, César R. Díaz El año 2008 quedará marcado en el sector del automóvil estadounidense como uno de los momentos más oscuros de su historia, con las tres grandes empresas de la industria (General Motors, Ford y Chrysler) al borde de la bancarrota.
Pero dependiendo de lo que pase en los próximos meses, el 2008 también puede convertirse en el año de la catarsis de unas empresas encaminadas desde hace años hacia el desastre.
El sector ha solicitado a Washington unos 34.000 millones de dólares en ayudas para reflotar la industria. La respuesta del Congreso estadounidense ha sido algo más austera y contradictoria.
Mientras la Cámara de Representantes aprobó el pasado 10 de diciembre 14.000 millones de dólares para General Motors y Chrysler (Ford decidió que de momento tiene suficiente liquidez para operar durante los próximos meses), la Cámara Alta tumbó un día después el plan.
Eso a pesar de que tanto el actual inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush, como el presidente electo, Barack Obama, han expresado la necesidad de ayudar a Detroit y a los millones de trabajadores que dependen de las Tres Grandes empresas.
Pero a condición de que GM, Ford y Chrysler cambien radicalmente.
El año se inició con malas noticias para los Tres Grandes de Detroit. En enero se supo que en el 2007 General Motors perdió un 6,3 por ciento de sus ventas en Estados Unidos, Ford un 12 por ciento y Chrysler un 3 por ciento.
Las caídas de las ventas no hicieron más que agravar su penosa situación económica.
En enero, General Motors desveló que sus pérdidas en el 2007 sumaron 38.700 millones de dólares, las mayores en la historia de un fabricante de automóviles. A su lado, los 2.700 millones de dólares de pérdidas que Ford tuvo en el mismo periodo eran un regalo.
Al mismo tiempo, las compañías asiáticas (encabezadas por la japonesa Toyota ) seguían arañando cuota de mercado a las empresas estadounidenses.
La "tormenta perfecta", una rareza en la que se juntan tres frentes para crear la peor depresión posible, se estaba empezando a materializar. La caída de las ventas y la imparable subida del petróleo ya estaban en marcha.
Para dar la puntilla a Detroit sólo faltaban la crisis de los mercados financieros y la recesión, algo que llegaría como un huracán en octubre.
Mientras ese momento llegaba, los Tres Grandes aceleraron sus planes de reconversión en su intento de estar preparados para la recuperación del mercado, algo que el sector calculaba que pasaría en el 2009.
GM, Ford y Chrysler redujeron su producción para limitar sus coches en Norteamérica y acercarla a la demanda real en Estados Unidos, lo que se tradujo en la eliminación de miles de puestos de trabajo.
Chrysler ofreció hasta 100.000 dólares a sus trabajadores en 11 plantas estadounidenses para conseguir desprenderse de 21.000 empleados.
Por su parte Ford llegaba hasta los 140.000 dólares para intentar reducir al máximo su plantilla en las plantas de montaje. Y General Motors intentaba convencer hasta a 46.000 trabajadores de que lo mejor era abandonar el barco.
Al mismo tiempo, sus ejecutivos aceptaron que su estrategia de décadas (depender de las ventas de grandes vehículos y todoterrenos) era la equivocada. Detroit aceleró los planes para producir pequeños autos y vehículos híbridos.
Con el barril de petróleo por encima de los 120 dólares y la gasolina en máximos históricos en las gasolineras del país, Detroit finalmente se decidió a romper su dependencia del crudo.
Pero el ritmo de cambios fue superado por el de la llegada de las malas noticias.
Al menos, Ford consiguió vender Jaguar y Land Rover en marzo al grupo indio Tata por 2.300 millones de dólares, menos de la mitad de lo que la empresa pagó en 1989 y 1990 por la adquisición de las dos marcas británicas.
Por contra, General Motors se quedó sin poder desprenderse de Hummer, el fabricante de los gigantescos todoterreno que se habían convertido en la metáfora de todos los males del sector.
Cuando la crisis crediticia explotó en octubre, la situación monetaria de GM, Ford y Chrysler bordeaba la desesperación.
GM lanzó su último órdago para intentar ganar tiempo. El gigante intentó hacerse con Chrysler con la esperanza que los alrededor de 11.000 millones de dólares en las arcas del tercer fabricante estadounidense le ayudasen a sobrevivir el tiempo suficiente para que su plan de reconversión empezase a funcionar.
En octubre, la firma de estudios de mercado J.D. Power advirtió de que las ventas globales de automóviles podrían colapsar en el 2009 y que en Estados Unidos las ventas caerán a los 13,6 millones de vehículos nuevos, 2,5 millones menos que en 2007.
Los analistas del sector están de acuerdo casi de forma unánime en que en los próximos meses Detroit tendrá suerte si los Tres Grandes se quedan en los Dos Grandes. En el peor de los casos, Detroit terminará el 2009 con sólo una empresa.
El tiempo se ha acabado para los Tres Grandes de Detroit.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD