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JOSÉ Mª SEGOVIA CABRERA

Aquel 20 de noviembre

7/dic/08 07:22
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EL mes de julio de 1936 nos enseñó muchas cosas a los que andábamos por la docena larga de años. De pronto, todo el mundo conocido se volvió "falangista", que era una palabra que nunca habíamos oído en casa, o en el colegio o en la calle. Lo que sí sonaba era lo de Primo de Rivera, por el general, de cuya venida a Tenerife me acuerdo aún vagamente estando yo convaleciente en La Laguna de una de aquellas enfermedades de la infancia de entonces, lo que creo prolongó mi estancia allá arriba hasta mediados de octubre. Si bien dos calles más allá de la mía de Lucas Fernández Navarro, camino de la plaza de la Paz, había una que se llamaba Fernando Primo de Rivera. Pero de quién fuese aquel José Antonio, ni idea. La verdad es que la gente mayor empezó a ponerse camisas azules, pantalones negros y hasta correaje, como si fueran militares, o simplemente una camisa azul, pero de esas gordas como las de los "monos" de los mecánicos del taller de reparación de coches que había en el patio detrás de mi casa.

Y muchas personas mayores que habían sido militares volvieron a serlo otra vez y hasta se fueron a luchar a la Península, donde había guerra en la que los "nacionales" fueron ganando siempre a los "rojos", hasta que acabaron dominando todo el país que aún se llamaba España, si bien ahora no se sabe muy bien lo que es. Y se cambiaron a alcaldes y concejales y muchos padres de amigos, junto con militares, pasaron a desempeñar esos puestos. Toda la gente conocida era ahora falangista, aunque al padre de algún amigo lo metieron en la cárcel por ser, decían en casa, republicano o de izquierdas. Así vi en un desfile de aquellos que había entonces por motivos varios, a don Juan Lliso vestido de azul y negro y don Gonzalo Cáceres, amigo de casa, fue nombrado jefe provincial de Cultura, o algo parecido, y a mi padre, que era catedrático de la Escuela de Comercio en la que el director era don Ricardo Hogdson, lo nombraron subjefe provincial y alguna que otra vez lo vi con una camisa azul cuando tenía que acudir a algún acto oficial.

De José Antonio Primo de Rivera sólo sabía que era el jefe de Falange y que estaba en la cárcel de Alicante, donde lo cogió el alzamiento y lo había sustituido un tal Hedilla, que decían no se llevaba bien con el general Franco, que era quien mandaba. Eso decían. Corría el rumor de que habían fusilado a José Antonio, pero nadie lo creía y empezaron a llamarlo "el Ausente". Luego, ya de cara al fin de la guerra, nos enteramos que había sido fusilado el 20 de noviembre del 36 en la dicha cárcel de Alicante, pero no a su hermano Miguel ni a su mujer, que también estaban detenidos, y que fueron canjeados por otros detenidos en zona nacional. A partir de octubre del año 39 estaba yo en Madrid como estudiante para ser ingeniero y también en ese mes decían los periódicos que Franco, que habitaba en Burgos en el período de la guerra, se había trasladado a vivir al palacio de El Pardo, en las afueras de Madrid. Y como no podía menos de ocurrir llegó el 20 de noviembre, en un otoño que no fue excesivamente riguroso en una época en la que la radio lanzaba un eslogan que decía "Para otoño madrileño, gabardinas Butraqueño", aunque igual fue algo después, no me acuerdo bien, pero fue un eslogan que duró muchísimos años. Eran los primeros meses de la posguerra y para mí, pueblerino en la Corte, todo eran novedades y descubrimientos, y todavía no había empezado la época de las restricciones, la escasez de alimentos y las penurias de todo tipo coincidiendo con la guerra europea que luego fue mundial, como la primera que empezó lo mismo. Hasta que una noche, volviendo a la pensión de la academia donde estudiaba, me cayeron los primeros copos de nieve, nada nuevo después de todo, que bien de veces fui de excursión a las Cañadas nevadas con mi padre y con alguno de mis primos. Dio la casualidad que en ese mes de noviembre, y precisamente el día 20, publicó el padre Escrivá de Balaguer el que luego fue famosísimo libro "Camino".

La prensa de entonces, el ABC de los Luca de Tena, el YA que fundó don Ángel Herrera, que luego profesó y llegó a cardenal, y el ARRIBA de Falange, anunciaban que con motivo del tercer aniversario de la muerte de José Antonio tendría lugar el traslado de sus restos desde la cárcel de Alicante hasta El Escorial, en el que sería su primer traslado, ya que finalmente fue sepultado en la cripta del Valle de los Caídos. Fue un entierro peculiar, pues el féretro con largas andas de cuatro hombres por cada una de ellas, es decir, en grupos de 16, fue llevado a hombros de sus camaradas de Falange y de jóvenes del Frente de Juventudes por los anchos caminos de la patria, muchos de ellos destrozados por la larga guerra entre hermanos. Cada pocos cientos de metros, cambiaba el grupo de porteadores por otros compañeros que acompañaban al féretro como escolta, procedentes de las provincias y pueblos del camino. Así, desde el 20 al 30 de noviembre por pueblos grandes y pequeños, ciudades y aldeas, con la gente agolpada en las aceras de las calles, en los bordes de las carreteras, en el cruce de caminos, en los puentes, viendo pasar el cortejo al ritmo de tambores que marcaban el paso de los porteadores y sus escoltas, mientras la gente se santiguaba y rezaba una oración al paso del cadáver. Un día y otro, de día y de noche, con lluvia o viento, sol o penumbra, durante diez largos días.

Yo presencié su paso por Madrid. Fue en una tarde, casi noche, más bien fría y en la academia donde estudiaba nos dieron libre la tarde. Las calles estaban llenas de gente, lo que iba a impedirme una buena visión cuando llegase la comitiva, por lo que me llegué hasta la Ciudad Universitaria por la calle Gran Vía adelante y que estaba y está situada a la salida de Madrid hacia la sierra y Valladolid. El aspecto entonces de la Universidad, la Universidad Central (de la que había sido rector durante la última fase de la monarquía mi tío Blas Cabrera, muerto en el exilio mexicano), era lamentable, con la mayoría de los edificios, las facultades, parcial o totalmente destruidas, algunas aún en fase de construcción como la de Medicina. Y allí me subí a un gran monturrio de cascotes y esperé pacientemente y un poco entumecido la llegada del cortejo, cuya proximidad se iba precisando por el rumor creciente de los tambores. Llegó la comitiva y casi enfrente de donde me encontraba hubo un relevo, entre banderas roja y negra, camisas azules, rostros expectantes de los curiosos como yo y serios y doloridos de los porteadores y los camaradas de escolta. La comitiva se fue alejando lentamente, al ritmo acompasado de los tambores, y aún me quedé un buen rato hasta que me volví lentamente a mi pensión, andando, en lugar de coger el tranvía en la red de San Luis de la Gran Vía hasta la plaza de Santa Bárbara, en cuya proximidad vivía.

Cada 20 de noviembre me asalta el recuerdo de aquel otro del año 39, en el que vi pasar el féretro de una de las personalidades que, sin su presencia física, hicieron de una España pobre y agrícola la 8ª potencia industrial del mundo, aunque este hecho no sea, ciertamente, reconocido por todos como bien nos lo recuerdan ahora cada día. Allá en la basílica de El Escorial descansa José Antonio, pero no solo, sino en compañía de combatientes de ambos bandos de una lucha fratricida. Confiemos que los dejen descansar en paz.

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