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MIGUEL ZEROLO AGUILAR*

El excidio ideológico: contra la palabra

7/dic/08 07:22
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Hace treinta años, cuando salíamos de la noche de los tiempos del silencio amordazado, el valor supremo para este país era la libertad. Estábamos sentados al borde de la madrugada, en los tiempos del destape físico y mental. La gente hablaba con pasión y expresaba sus ideas, radicales o temerarias, sin más equipaje que la fuerza de la palabra y del pensamiento. Después, el Estado providencia ha comenzado a estrechar el círculo del pensamiento políticamente correcto, de tal forma que ya no somos tan libres para poder decir lo que pensamos. No porque haya una sanción moral en la sociedad, sino porque incluso se piden sanciones jurídicas, penales, contra la expresión de determinadas ideas o pensamientos que se consideran, por los que gobiernan y hacen las leyes, contrarios al "orden establecido".

¿Para qué hacemos política? Para cambiar nuestro mundo. Porque la política es una herramienta para que las sociedades elijan libremente su destino y actúen desde los poderes públicos a favor de quienes realmente hacen más libres, más fuertes y más prósperos a los pueblos: los ciudadanos. Pero cuando la política está gobernada por lo inmediato, por la renta de los titulares de prensa, por la neurosis compulsiva de estar constantemente en el vértice de la actualidad efímera, los resultados a corto plazo prevalecen sobre la serenidad y el entendimiento.

Es difícil que dos personas que piensen distinto sobre Canarias no se pongan de acuerdo en, al menos, algunos puntos esenciales. Pero la triste realidad es que en la política no ocurre así. Y ello es porque el interés subyacente de quienes gobiernan o hacen oposición no está en el escenario donde se desarrolla nuestra vida y nuestros problemas, sino en cómo deteriorar la imagen, léase intención de voto, de sus adversarios. Y siendo esto así -que lo es-, si lo que manda y prevalece no es el interés de los que pagan, de los que esperan de nosotros soluciones prácticas a sus problemas, surgen desentendimientos crónicos donde las formas son más importante que los fondos. Y los temas se empantanan, las palabras se vuelven lanzas, las ideas de tuercen como enredaderas y la gente, que nos escucha insultarnos, descalificarnos y apuñalarnos, piensa con desánimo que ¡vaya políticos que tenemos!, que ¡vaya pandilla de navajeros!

Hace un tiempo he propuesto una serie de ideas -discutibles, pero entiendo que honestas y pertinentes desde un punto de vista histórico y de futuro- sobre la necesidad de hacer una revisión a fondo del modelo económico y fiscal de Canarias. Un planteamiento que he simplificado, como ya he comentado en diversas ocasiones, en una frase que encierra, lo sé, tantas virtudes como puntos a criticar por unos y otros: "Soberanos en lo económico, españoles en lo político". Quienes se han detenido a analizar -no voy a cansar a los lectores con la reiteración de argumentos ya expuestos- el desarrollo de ese concepto han sabido poner pros y contras para ese, insisto, gran primer objetivo, que es el debate. Los hay que, simplemente, han agarrado el viejo y usado puñal, para descalificar, ridiculizar y, lo que creo más grave, despreciar la invitación a tomar parte en el debate. Es la moda política imperante; la herida, el desgarro, cuando más hondo y duradero, mejor; la cuchillada verbal que se ha convertido en el instrumento mediático de una nueva clase de sicarios políticos para los que la semántica es un fin en sí misma, una escalera que te lleva a los titulares de los medios de comunicación, que a falta de ideas -por amor de dios, qué aburrimiento- han descendido la acción pública a los infiernos del reality show porque es más divertida una política concebida como "El Tomate". De hecho, aún hoy en día hay quien cree que eso, y no otra cosa, es lo que hay que hacer porque el objetivo es la destrucción, el asolamiento, el excidio del rival -del enemigo, se argumenta- político y que, como decía hace unos meses un hábil y brillante periodista, tiene a Canarias como daño colateral.

Por eso, yo diría que tristemente, la resolución del último congreso de Coalición Canaria en Tenerife ha sido leída en términos de relaciones de poder, de familias, de cónclaves reales y ficticios, en el que para los propios y los ajenos lo importante fue guardarse las espaldas, afearse los comportamientos por si acaso no se sabe qué, y donde lo verdaderamente importante, los ciudadanos, fueron sólo el último reclamo.

Tal vez por eso, el alcalde de La Orotava, Isaac Valencia, ha sido tirado al lodazal, insisto, propio y ajeno, sin conmiseración. Incluso, se aspira a llevarlo a la silla de un tribunal para dar cuenta de unas declaraciones altisonantes en las formas, pero que, estoy seguro porque lo conozco y lo estimo, no encerraban un atisbo de racismo o xenofobia. Sería mejor, como han hecho otros tantos, esconder la cabeza como un avestruz, negar tres veces o insultar a Isaac, pero a mi edad y poseedor del doctorado en política (porque en política se obtiene la licenciatura gracias a las lealtades, pero sólo te doctoras con las traiciones) voy a decirle a Saso que lo apoyo, que debe saber que me parece un esperpento la que se ha liado en torno a una palabra, porque nadie, supongo, cuestionará que Isaac exprese que siente que Canarias está abandonada en muchos sentidos, incluido el de la política exterior del Estado.

La palabra vilipendiada, señalada como exaltación al racismo, utilizada para acusar a un alcalde que, entre muchas cosas, se ha distinguido por su apoyo a colectivos sociales desfavorecidos o excluidos, no es otra que la de "moro". Siempre se dice que no hay palabra mal dicha sino malinterpretada y, en este caso, es el oído el que tiene más prejuicios que la palabra. Si buscamos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, que, vuelvo a suponer, no lo pondremos en solfa también, recoge que moro/a significa lo siguiente: (Del lat. Maurus). Natural del África septentrional frontera a España; perteneciente o relativo a esta parte de África; que profesa la religión islámica; se dice del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta el XV; perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo; se dice del musulmán de Mindanao y de otras islas de Malasia; dicho de un caballo o de una yegua: De pelo negro con una estrella o mancha blanca en la frente y calzado de una o dos extremidades; dicho del vino: Que no está aguado, en contraposición al bautizado o aguado; dicho de una persona, especialmente un niño: Que no ha sido bautizado; en Cuba, dicho de una persona mulata: De tez oscura, cabello negro lacio y facciones finas.

Considerando que Isaac no se refería a musulmanes de Malasia, a equinos o al vino de importación, entiendo que para algunos hacer referencia a los habitantes del Norte de África es un insulto y una incitación a la xenofobia. Un sentido peyorativo que no tiene la frase "bajarse al moro", que no tiene la fiesta de "Moros y Cristianos". Una anécdota de Tolouse Lautrec relata que una señora, que asistía a una exposición de sus maravillosos carteles, le reprochó que hubiese pintado a una señora de generosas curvas, una cabaretera, en el acto de quitarse una media, con la pierna apoyada sobre el taburete de su camerino. "Es una vergüenza que pinte usted a una mujer desvistiéndose", le dijo. Y el pequeño gran genio le respondió: "Señora, la vergüenza está en su mente no en la mía. Esa chica no se está desvistiendo, se está vistiendo". Es posible que quienes quieren perseguir las palabras y las ideas, quienes quieren amordarzar estas islas en el silencio -otra vez- tengan en su propio cerebro las vergüenzas que pretenden arrojar sobre las palabras y las ideas de los demás.

* Alcalde de Santa Cruz de Tenerife y diputado

en el Parlamento de Canarias

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