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MANUEL MEDINA ORTEGA*

La Unión Europea y Rusia en el Caribe

7/dic/08 07:22
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PARA LOS ESTADOS UNIDOS, el Caribe es su "patio trasero". Esta expresión la utilizó un gran comentarista político norteamericano, Walter Lippman, para justificar la intervención de su país dirigida a impedir el triunfo del golpe constitucionalista del coronel Caameño en la República Dominicana contra los restos de trujillismo en aquel país. También la empleó George Schultz, secretario de Estado con Ronald Reagan en los años ochenta para expresar sus reservas a la mediación europea en el conflicto centroamericano.

Las trece colonias inglesas en la América del norte que dieron origen a los Estados Unidos en el siglo XVIII estaban situadas en la costa atlántica. Sólo en el siglo XIX adquiere este país una fachada marítima caribeña tras las anexiones de Lusiana, en 1803; La Florida, en 1819, y Tejas, en 1845.

La crisis interna que llevó a la Guerra de Secesión, de 1861 a 1865, retrasó algo la expansión norteamericana hacia el Sur. En 1898, sin embargo, los Estados Unidos se impusieron de modo decisivo en esta zona tras derrotar a España y ocupar Puerto Rico y Cuba. La historia del siglo XX caribeño es, ante todo, la de las intervenciones militares de los Estados Unidos, en aplicación del "corolario Roosevelt" a la doctrina de Monroe, en virtud del cual al no admitirse la injerencia europea, correspondía a los norteamericanos mantener el orden en América Latina.

Los europeos aceptaron sin objeciones su exclusión de la zona. Pero en la segunda mitad del siglo XX, la aparición de movimientos de resistencia como el castrismo o el sandinismo acabó obligando a los europeos a ejercer funciones de mediación en algunos conflictos, sobre todo en el marco de la gran crisis centroamericana de la década de los años ochenta. La invasión norteamericana de Bahía Cochinos a comienzos de 1961 empujó a Fidel Castro a buscar apoyos en la Unión Soviética y a una confrontación con los Estados Unidos en la "crisis de los misiles" del otoño de 1962.

El acuerdo entre el presidente Kennedy y Nikita Krutcheff, que puso fin a la "crisis de los misiles", señaló el fin de la presencia militar soviética en la zona. La invasión de la isla de Granada confirmó la omnipresencia militar norteamericana en el Caribe, quedando el castrismo totalmente aislado.

El siglo XXI parece, sin embargo, marcar un cierto relajamiento de la presencia militar norteamericana en la zona. Hugo Chávez en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua se han unido a la Cuba castrista en su resistencia a las presiones militares y económicas de los Estados Unidos. La Unión Europea, que se alineó durante el gobierno de José María Aznar en España, entre 1996 y 2004, con las posiciones claramente anticastristas de los Estados Unidos, ha adoptado recientemente una postura más neutral y procura no alinearse con uno u otro bando en los serios conflictos políticos internos que afectan a cada uno de los países de la región. Careciendo la Unión Europea hasta la fecha de una auténtica política exterior y de seguridad común, poco más puede hacer que prudentes gestiones de mediación diplomática.

Rusia, por el contrario, ha aprovechado la ampliación del frente antinorteamericano en el Caribe para hacer notar su presencia en él, reforzando sus exportaciones de material militar y aceptando la invitación del presidente venezolano de participar en operaciones navales conjuntas en el Caribe. Nadie piensa que Rusia pretenda tener una presencia militar permanente en este mar, demasiado alejado de sus costas, ni se espera una reproducción de la crisis de los misiles. Pero Putin y Medvedev responden a las presiones norteamericanas sobre sus fronteras y, en especial, al apoyo de los Estados Unidos al presidente Saakashvili en Georgia.

La base para esta mayor presencia de la Unión Europea y de Rusia en el Caribe es el debilitamiento de la posición política norteamericana en el mundo tras su fracaso en Afganistán e Irán. La Unión Europea no está interesada, desde luego, en debilitar la posición de los Estados Unidos en la región, pero se ve obligada a ocupar el hueco que las políticas agresivas de George W. Bush han dejado en América Latina.

La toma de posesión del presidente Obama podría marcar el fin de la pérdida de presencia norteamericana en la zona. En América Latina se espera que el nuevo presidente emule la política de "buena vecindad" que protagonizó Franklin D. Roosevelt en los años treinta.

Una política norteamericana de aproximación a los pueblos de América Latina privaría de fundamentación a toda presencia rusa en esa zona. Para la Unión Europea, el restablecimiento de las buenas relaciones de los Estados Unidos con los países del Caribe facilitaría su labor mediadora en los múltiples conflictos internos que afectan a los países de la zona.

* Diputado al Parlamento

Europeo, PSOE

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