NO SÉ por qué extraña asociación de ideas me viene a la mente Candelaria, el pueblo, la Basílica, Nuestra Señora y unas bodas de plata y otras de oro.
He dicho de Candelaria que tiene santuario, uno de los más antiguos de la Isla, que fue dedicado a la advocación de Nuestra Señora. ¿Sabéis por qué? Pues, sencillamente, porque los ángeles, buscando entre todas las bellas tierras del planeta la más hermosa para su Señora, eligieron esa de Candelaria.
Un pueblo que ha dado una Santa; un pueblo que tiene consigo a Nuestra Señora; éste es un pueblo con capacidad de amor, con capacidad de amar. Son pueblos hacia el progreso, hacia su perfeccionamiento.
Que tienen ansias de esperanza. Y la esperanza es, como recientemente dijera Leocadio Machado, una luz encendida en el futuro.
Un pequeño municipio del sur. Pero si nos acercáramos a él desde una elevada perspectiva, nos irá sorprendiendo la multiplicidad de contrastes que ofrece. Un accidentado relieve, a veces con formidables desniveles en un espacio relativamente corto de terreno.
Contemplamos la Villa de Candelaria, recostada a la vera del mar; dirigimos nuestra mirada al recoleto barrio de Santa Ana y concretamente a su templo parroquial. Estos lugares permanecen hoy casi idénticos o como estaban en el siglo XVII. Son siglos los que nos contemplan y que parecen traernos ecos de voces y pisadas de aquellos primeros habitantes guanches y españoles que al calor de la Virgen organizaron su convivencia por estos contornos. El entorno casi no ha variado: son las mismas casas de sencilla construcción, cargadas de tiempo y que conservan el silencio de las cosas pretéritas, pareciendo como si el pasado se hubiera detenido en ellas. Ese pasado entremezclándose con la modernidad introducida por ese modelo de empresario que es Antonio Plasencia.
La iglesia de Santa Ana es monumento de verdadero interés histórico y con un valor artístico nada despreciable. Allí se han llevado a cabo importantes obras de restauración, a fin de conservar algo que pertenece al patrimonio cultural no sólo de Candelaria, sino también de Tenerife. Por desgracia, este respeto por la historia no siempre se da. Y así vemos cómo para poder evocar un viejo Santa Cruz ya casi hemos de desplazarnos a humildes lugares de otros pueblos de la Isla.
Y estas reflexiones me traen la evocación de matrimonios, incombustibles, con muchos años de entrega absoluta del uno para con el otro, que celebran bodas de oro, o bodas de plata, con un amor que, con diversos matices, se conserva fresco a través de tantos años.
Quizá es que la Virgen está presente en estas uniones físicas y espirituales. Eso puede explicar la asociación de ideas de las que hablo al principio.
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