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Los cánones de la sociedad light

7/dic/08 07:22
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Escribe Enrique Rojas en su magnífico ensayo "El hombre light" -un libro de lectura no recomendable sino obligada- que en una sociedad enferma, como la nuestra, ha emergido el hombre light: un espécimen que lleva por bandera la tetralogía nihilista sustentada en el hedonismo, el consumismo, la permisividad y la relatividad. Un individuo que se parece mucho a los productos light: comidas sin calorías, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, coca-cola sin cafeína, mantequilla sin grasa... Añade el profesor Rojas que un hombre de esta clase "carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun poseyendo materialmente casi todo". Pocas líneas después recuerda este catedrático de Psiquiatría en la Complutense madrileña que "frente a la cultura del instante está la solidez de un pensamiento humanista; frente a la ausencia de vínculos, el compromiso con los ideales".

Me han venido a la memoria las consideraciones realizadas por este autor en dicha obra a cuenta de un pequeño debate que se asomaba anteayer a determinados periódicos digitales. Los compañeros del empresario asesinado por ETA acudieron a jugar a las cartas al mismo bar de siempre, dos días después del crimen. Sólo faltaba la víctima, claro, que fue sustituida por otra persona. Algunos opinantes calificaban dicha acción de poco solidaria con el amigo perdido; otros la atribuían al miedo impuesto por el terrorismo, que obliga a mirar para otra parte con indiferencia hacia la realidad; no faltaban quienes decían que el mejor homenaje posible para Uría Mendizábal era mantener esa reunión lúdica como si no hubiera ocurrido nada. Pero sí ha pasado algo.

La muerte de una persona no es menos grave por el hecho de que ahora se aplauda en los entierros. Una moda que me repugna hasta el vómito cada vez que la presencio. De pequeño me decía mi padre que en China lloran cuando nace un niño y celebran con alegría la muerte de un adulto. En el primer caso, porque resulta aflictivo pensar en todas las penalidades a las que ha de enfrentarse durante su vida alguien recién llegado a este mundo. El regocijo en el óbito se sustenta precisamente en lo contrario: por fin ha alcanzado el descanso eterno. A casi nadie le importa demasiado la veracidad de estas cosas cuando transita por su infancia. Además, en aquel tiempo se seguían contando muchas historias de países raros. Años después presencié un entierro en el barrio chino de San Francisco. Abría el cortejo una banda de música que interpretaba una pieza más bien festiva. Quiero decir que no sonaba una marcha fúnebre ni nada parecido. Pero aquello era un entierro, no una boda. No había lágrimas en los rostros de parientes y amigos del finado, ciertamente, pero tampoco expresiones de júbilo. Tan sólo mostraban esa gravedad altiva propia de quienes están asistiendo a un acontecimiento solemne, y lo saben. Eso sí, no oí aplausos.

El hombre light, la mujer light, la sociedad ligera, en definitiva, necesitan mirar siempre para otra parte. Entre otras circunstancias porque si alguien se pone demasiado serio ante el asesinato de un empresario de 71 años, se le estropea el puente de la Constitución. Fíjense ustedes qué sarcasmo el de un país, más arruinado que sus vecinos pero no tanto como lo va a estar dentro de unos meses, echándose a la carretera y a la calle en plena crisis, cuando apenas nos separan dos semanas para ese derroche universal englobado en la Navidad y fin de año. A fin de cuentas, la sociedad light necesita ciertas ceremonias que, a modo de narcóticos, la acoracen de indolencia. Piensa el hombre actual que el bienestar es como una plaza de funcionario: se alcanza -o se aprueba- una vez, y ya es para siempre. A veces, empero, acontece que la calamidad no es evitable porque son muchos los muertos y muy grande la desazón. Entonces nos ponemos a llorar individual y colectivamente, y luego corremos a pedirle perdón a quienes nos han hurtado nuestra efímera felicidad -ya sean terroristas vascos o islamistas; lo mismo da- para que no nos estropeen la partida del jueves ni los puentes que tenemos programados desde enero. Así de vanos nos hemos vuelto.

rpeyt@yahoo.es

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