Parece mentira, D. Isaac. Sin que pueda servir de excusa, es cierto que aquí, en Canarias, las formas campechanas se utilizan habitualmente sin ánimo ni intención de ofensa y sólo como símbolo, extracción o tendencia de acercamiento y camuflaje con el argot popular que coloca nombretes aceptados en la calle, como Josito "el Negro" o "Mariquita", y que no siempre significan racismo u homofobia sino, en muchos casos, incluso pueden mostrar contenidos cariñosos o jocosos repartidos aleatoriamente entre moros y cristianos. Mismo, lo de "godo", que podría ofender a alguien o "me voy pa'Godilandia", por poner otra derivación común que entiendo no causaría el mismo efecto, dependiendo también del calibre, tono, entorno e intención maléfica de la teórica injuria.
Cierto es también que Marruecos ha protagonizado a bocajarro, junto con China en el Tíbet, la mayor anexión de superficie mundial en los últimos cincuenta años, en nuestras propias narices y esto produce un recelo comprensible en la población de las Islas, que sigue notando amenaza cuando se menciona al "gran" país del Norte y por imposición del Este y Sur. Desde el punto de vista canario, la anexión del Sahara ha supuesto la existencia de una frontera donde antes hubiera existido una oportunidad.
Ciertas son muchas cosas, pero eso no quita para que un político, cargo, gestor, comunicador o responsable deba cuidar muy mucho sus manifestaciones públicas, en las que hay una serie de palabras tabú, como en aquel juego, porque por sí solas pueden significar la injuria antes mencionada, que es peor al insulto y equivale a una forma de ver las cosas en las que se desprecia al individuo o colectivo implicado. Un tema muy sensible, por ejemplo, es el del machismo jurásico o la lacra avergonzante de la violencia de género, con los que en aplicación del planteamiento defensivo "tolerancia cero" pueden cometerse errores e injusticias de apreciación, por deslices inexplicables de un orador magurrio que está pensando en otra cosa distinta, no articula y le sale sin regular lo que ayer oyó en la inauguración de una asociación de vecinos.
Un plumilla como el que escribe puede, por el simple hecho de haber entrado en estos baches y mencionar atropelladamente todas estas alusiones ofensivas, haber pinchado alguna sensibilidad. No creo, pero de antemano mi excusa y rectificación, como la realizada por D. Isaac Valencia o las disculpas oficiales dadas inmediatamente y aceptadas en destino por D. Paulino Rivero al señor cónsul de Marruecos. Un señor, yo lo he oído. Si uno conduce y está mucho en la carretera es más probable dar un roce, sin querer, a alguien, y si no que se lo pregunten a ZP o a Rajoy hablando fuera de micrófono. Quien tiene boca se equivoca.
Un fallo, metió la pata y no se puede, por eso, acusar de racismo a una persona y menos a una formación, corriente o colectividad que siempre ha estado abierta al mundo.
"De todas las reacciones posibles ante la injuria, la más hábil y económica es el silencio" (Santiago Ramón y Cajal).
Marruecos es un enorme país en vías de desarrollo y aún pobre, con el que estamos condenados a entendernos civilizadamente. Podemos ser socios de muchas cosas. Nuestra diferente cultura, desarrollo, religión, tamaño y población -el Sahara estaba habitado por 100.000 personas en un territorio de 252.120 Km2 (más de la mitad del Estado español)- no pueden hacer albergar a ningún dirigente calenturiento marroquí en ningún escenario futurible -ninguno- una fantasía de anexión o dominación.
Sobre las costas y limitaciones de espacios nacionales, el punto está en el intermedio. Otra imposición diferente sería la aberración y el escándalo perpetuo, y espero que los expertos mundiales en derecho internacional marítimo, como D. Ramón Moreno Castilla -que tantas lecciones magistrales ha ofrecido en este periódico- puedan encontrar fórmulas para concluir en la línea equidistante entre ambas costas. La mitad pa'ti y la mitad pa'mí. Si hay petróleo, hay que saberlo y estudiar su explotación, por y para el bien de Canarias.
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