UN BUCIO es una especie característica de caracol marino, que por su parecido así se denomina en Maja a un lugar del Parque tinerfeño de las Cañadas del Teide, a 2.500 metros de altura, en el término municipal de La Orotava, a caballo entre Izaña y El Portillo. En el Bucio de Maja cada vez está más convencida la memoria colectiva de que pueden estar enterradas algunas de las personalidades políticas de la II República asesinadas por el fanatismo franquista durante la horrible represión sufrida en Tenerife en la guerra incivil de 1936 a 1939.
Una tumba que la tradición oral apunta con insistencia que en ella pueden encontrarse los restos del alcalde de Santa Cruz de Tenerife José Carlos Schwartz, del diputado a Cortes, poeta y abogado Luis Rodríguez Figueroa, del alcalde de Buenavista del Norte Antonio Camejo, y del teniente de alcalde del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife José María Martín, entre otros. Una tumba silenciada desde hace setenta años, pero muy presente en la memoria de quienes, directa o indirectamente, gracias a la imparable transmisión verbal, sienten tristeza y vergüenza de las desapariciones violentas que tuvieron lugar en nuestras islas durante la dictadura franquista. Y si bien el litoral del inmenso océano en la capital tinerfeña fue testigo de la brutalidad que supuso arrojar vivos al mar dentro de sacos a presos de los barcos cárceles anclados en la bahía del puerto de Santa Cruz de Tenerife, y de esa atrocidad hoy en día la voracidad marina no ha dejado resto alguno, sin embargo los sepultados bajo tierra sí se pueden averiguar; nadie los puede ignorar, y ya se conocen con nombres y apellidos los restos de personas que fueron asesinadas a tiros o a golpes de culata tras obligarles salvajemente a cavar lo que luego sería su propia tumba. Los restos demostrados en La Palma y Gran Canaria no dan lugar a dudas.
En el caso del Bucio de Maja la única posibilidad de confirmar o desmentir los enterramientos exige la excavación reglada y a cargo de profesionales capaces con las modernas técnicas de darle nombre y apellidos a los posibles restos, incluso pudiendo llegar a conocerse la fecha aproximada y el vil procedimiento de ejecución. Pero para ello se requiere la correspondiente autorización judicial y el apoyo de instituciones públicas y privadas. Los familiares de los posibles desaparecidos así lo requieren y nadie debe impedirlo. Es un derecho hoy afortunadamente amparado en la ley, y mientras se destinan cuantiosos recursos públicos a la observación de las más lejanas estrellas del universo en el Observatorio Astrofísico del Teide, lo que me parece muy bien, no se excava al lado unos metros de una oquedad volcánica, el Bucio de Maja, cubierta de escombros y rastrojos, que fuera refugio de cabreros y campo de prácticas y tiros, donde un episodio lamentable de nuestro pasado reciente sigue sin ser desvelado, para confirmar u olvidar para siempre lo que la tradición oral insiste que es una tumba de personas cuyas familias lo único que persiguen es recuperar sus indefensos huesos para darles la digna sepultura que se merecen, y así descansen y permitan descansar a los demás para siempre.
Mientras la excavación no se realice, la herida seguirá abierta y cada vez más profunda; los años, impotentes, siguen pasando, y seguimos contemplando las estrellas en el Teide, o mirando para otro lado, sin que ningún representante político, ni siquiera los alcaldes sucesores de los citados, sean, que se sepa, y si lo son, que se diga, motores de una necesaria investigación. Ojalá que, a pesar de ello, algún día, muy pronto, el Bucio de Maja deje de ser una tumba abierta sólo a la mirada de las estrellas.
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