HACE 18 años no pude percatarme de los beneficios que me reportaría con el tiempo la ahora, ya vetusta chaqueta acolchada y de piel sintética verde que había comprado en una afamada tienda de Madrid con los cien dólares sobrantes de uno de mis viajes a Israel, al cambio, unas 13.000 pesetas de entonces. El paso del tiempo ha sido implacable en su revestimiento externo, que contrasta con su lozanía y calor interior. Esa chamarra que me queda bastante holgada ha seguido mis pasos como la compañera que me arropa y guarda fielmente los secretos de mis aventuras y desventuras de otrora, incluso ha sido víctima de mis olvidos que nunca supusieron su pérdida, y siempre retornó a mis manos. Lejos de ser ingrato, aún la conservo, a pesar de la competencia de otras prendas muchos más vistosas o aparentes, y porque es una digna representante de Sprinfeld. También ha viajado sola de vuelta como en aquella ocasión en la que quedó sobre un taburete de una cafetería del hotel Tzion, en Jerusalem, gracias a las atenciones de mi buen amigo Nessim Bengio. Ya en Madrid, en pleno otoño de 1997, dio muestras de resistencia frente al frío, y también ahora en la Casa del Vino de La Baranda, en El Sauzal, en el descorche del vino nuevo donde estuve como testigo de oficio, y a palo seco, pendiente de las fotos de uno de sus momentos memorables. ¿Vieja? No, tal vez usada y útil todavía.
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