HE COINCIDIDO esta semana con una persona a la que no veía desde hace más de veinte años. La última vez que coincidimos ella optaba a una plaza de profesora titular en la Universidad de La Laguna. Le sobraban méritos académicos para conseguir el puesto, pero le faltaba cierta dosis de lo que hoy se denomina pensamiento políticamente correcto. Al final, la excluyeron de mala manera y ganó un señor -un muchacho joven, para ser precisos- con un ideario más acorde con los tiempos. Eran los tiempos en que el PSOE de Felipe González acababa de llegar al Poder, y el bueno de Alfonso Guerra anunciaba un cambio que iba a dejar a este país -España, por si alguien anda un poco despistado- tan distinto que no lo reconocería ni la madre que lo parió. Algunas cosas, empero, no consiguieron modificarlas los socialistas de entonces. Por ejemplo, la envidia cainita de los españoles, sea cual sea su condición.
Años después, aquella mujer de voz suave -alguien me ha dicho que cuando la oye hablar le parece que está oyendo a un ángel- consiguió por fin una plaza de profesora titular, pero no en la Universidad de La Laguna sino en la Complutense de Madrid. Alguien pensará enseguida que quienes la denostaron en su día por estos alrededores, le hicieron a medio plazo el gran favor de su vida. Quizá sí, aunque no lo creo. Enseñar en La Laguna es tan digno como hacerlo en la capital del Reino, por más que la Complutense siempre es la Complutense. En un sentido y otro, porque allí también las gastan finas con las exclusiones de quienes no caen bien. Hace algunos años fue noticia en la prensa nacional la marginación sufrida por un catedrático que ganó su plaza sin ser el candidato preferido por el departamento en cuestión. Habilitaron un cuarto junto a los retretes y allí le pusieron el despacho.
Llegado a este punto uno siente, indefectiblemente, la tentación de escribir que así nos va. O que estamos donde estamos porque somos así. Pero no. Lo que sucede en España acontece también en otros países. Nuestro único "mérito" al respecto es que somos bastante más contundentes a la hora de comernos los unos a los otros. Por otra parte, cuando pensamos en esto, se nos inunda la cabeza con ejemplos de diatribas entre políticos. Desgraciadamente, no son las únicas. Tan sólo las más conocidas porque los medios de comunicación, incapaces de encontrar otras novedades con las que captar la atención de sus lectores, oyentes o telespectadores, recurren constantemente a lo que se discute en los parlamentos, en los consistorios municipales y hasta en los plenos de los cabildos. Las luchas silenciosas libradas en las grandes empresas, e incluso en las grandes instituciones públicas donde la plantilla de funcionarios es numerosa, resultan a menudo muchísimo más virulentas. Se cuentan por decenas, por centenares, acaso por miles los libros escritos al respecto. Unos, con el afán de describir el fenómeno; otros, posiblemente los más osados, con recetas psicológicas para evitar -o cuando menos soslayar- todo el entramado que se engloba bajo la denominación de acoso laboral; eso que los entendidos denominan con una palabra inglesa que no voy a escribir aquí, en esencia porque estoy más harto de los que saben inglés a medias, que de los propios maquinadores. De forma especial, me causan cierta sonrisa irónica los que se empeñan en ayudarme sin que yo les haya solicitado ayuda alguna. Aprovecho la ocasión para decirles a todos que a mi edad ya no preciso auxilios de ese tipo, fundamentalmente porque a estas alturas no espero que se me presente ningún santo, y porque son multitud los que llevan bastante tiempo ayudándome con sus celadas. Gracias a estos tiparracos he tenido que moverme y estar, si no de titular en la Complutense, sí al menos en un lugar cada vez un poco mejor que el anterior. Sin esa "ayuda" posiblemente hubiera acabado en la misma mediocridad de mis "socorristas".
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