Ocurre que de algunas cosas -no sé si muchas o pocas- sólo nos damos cuenta cuando nos toca caminar sobre el alambre. Hoy escribo mientras se emite otro capítulo de "Cuéntame". Ya he sonreído varias veces. El hijo pequeño de los Alcántara, Carlitos, debe ser de mi añada y esta semana está loquito por descubrir el sexo más allá del onanismo. En busca de "la primera vez". Todo lo que está saliendo en esos primeros años de democracia me resulta tan familiar? Tan vivo. Tiempos de democracia y? de destape. Las revistas eróticas estaban más solicitadas que hoy en día una VPO. El cuerpo de La Cantudo se quedó grabado a fuego en el socorrido subconsciente de toda la pandilla. Y el "Moi j´ai t´aime non plus" era suficiente para alimentar sueños y fantasías del color de la esperanza. Algunos nos quedamos mucho tiempo sólo con eso? con la esperanza. Pero esto? no iba a ir hoy por ahí.
Decía -y así me engancho a la primera frase- que muchas situaciones comparten entorno y, sin embargo, no nos damos cuenta siquiera de su existencia. Ahora, todo es la crisis. La crisis lo envuelve todo y muchos quieren que todo lo justifique. Ni es cierto ni es justo.
Hemos vivido en una mentira y es el momento de la penitencia, de fustigarnos con el látigo del remordimiento por nuestra perfectamente evitable memez. Es mentira que toda la culpa de la crisis sea de los bancos y sus altos cargos. Aunque tengan mucha. Todos somos culpables de la situación, pero aún en la culpabilidad existen grados.
Amodorrados hasta límites inconcebibles por la propaganda consumista, nos hemos tragado el engaño del estado del bienestar, y hasta los gatos queríamos zapatos. Los gobernantes, a los que los gobernados les importamos un bledo, han montado un tinglado de mamandurria pseudosocial que nos está consumiendo. Nos han hecho creer que el solo hecho de desear una cosa equivale al inalienable derecho a tenerla. Basta que se reúnan una docena de caraduras, monten una asociación, pandilla, contubernio o similar, con la finalidad más peregrina, pero convenientemente disfrazada de social o cultural, qué más da, y ya están los gobernantes soltándoles dinero a espuertas. No porque el fin de que se trate sea merecedor de amparo, que en eso ni se fijan, sino porque se aseguran doce votos. Menos da una piedra? y duele más. Esa es la cuestión.
El montaje del despilfarro de dinero público con clara finalidad electoral está resultando insostenible, y no solo eso, sino que el malgasto en chuminadas priva a otros servicios y actividades del necesario bagaje presupuestario: para mariconadas, sobra el dinero, pero para finalidades e intereses merecedores de protección, andamos a golpes con los escurridizos euros. La gente está empezando a pasar necesidades, pero nunca faltan unas monedas para aburridas fiestas para inconsecuentes, tristes saraos para gorrones profesionales, cine del malo que nadie va a ver, música deleznable que nadie oye, repelentes funciones de teatro que a nadie interesan, cursos inútiles que imparten conocimientos sobre la nada, congresos innecesarios que a nadie importan, foros acientíficos sobre la marcha atrás del cangrejo Sebastián, jornadas insufribles sobre las más insospechadas y demenciales cuestiones?
Con nuestros dineros estamos manteniendo a una multitud de caraduras insaciables que apremian insistentemente a los poderosos con acuciantes demandas de subvenciones de todo tipo, so pena de dejarlos sin apoyo y sin votos directos e indirectos, que es lo que más temen los mandamases, esos que se mueven tan bien en la intriga y la murmuración. Mientras los científicos, los médicos, los maestros, los militares, los bomberos y demás bienhechores de la humanidad las pasan canutas hasta para desarrollar su trabajo ante la carencia de medios, incluso elementales, los políticos despilfarran el erario común en edificios, muebles y despachos faraónicos, blindan y tunean los coches oficiales y hacen ostentación de insultante lujo -fíjense que ni he nombrado policía o radio autonómicas- ante un pueblo que empieza a pasar hambre.
Vale más que vuelva al "Cuéntame". Entonces, al menos, las cosas eran lo que parecían. A pesar de que Carlitos, como el que escribe, tuviera que esperar al primer afeitado para disfrutar de "la primera vez".
Feliz domingo.
P.D. Vaya mi recuerdo y apoyo para la familia de Adrián Alemán. Es extraño pensar que ya no volveremos a vernos, profesor. Descanse en paz.
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