La prensa de la tierra me trajo hace unos días hasta Madrid la noticia del fallecimiento en su ciudad de La Laguna de Guillermo Sánchez, aparejador, militar, profesor de la Escuela de Aparejadores, que incluso hace una pila de años le dio clase de dibujo en un verano a mi hijo. Guillermo estaba casado con Carmen Fernaud, y han tenido amplia descendencia. Los Sánchez García en La Laguna y los Fernaud en Santa Cruz son dos de las más conocidas familias de ambas ciudades y me propongo en estas líneas contarles lo que yo sé y recuerdo de ellas, recuerdos llenos de huecos y ausencias, pero que han llenado una parte importante de mi vida.
Mita, hermana de Julio y de Álvaro, era una de las niñas más bonitas y simpáticas de Santa Cruz, y allá por los años 38 y 39, en aquellos paseos por la Rambla y la plaza de la Constitución (siempre la llamé así y a estas alturas no voy a cambiar el nombre, ustedes perdonen), en aquellos paseos al atardecer y primeras sombras de la noche, los muchachos nos inventábamos motivos para dirigirnos a Mita y tratar de entablar conversación, aunque el fracaso era el denominador general de aquellos intentos. Y estando yo ya estudiando en Madrid, un buen día me entero de que Mita se había casado con Guillermo Sánchez, bastante mayor que ella, que incluso había hecho la guerra, que era aparejador y encima se iban a vivir a La Laguna.
Los Fernaud. La verdad, que de mi época de estudiante y una vez casada Mita en la iglesia de la Concepción de La Laguna, donde testigos presenciales aún recuerdan lo guapísima que estaba, la relación se reducía para mí a ver, de vez en cuando, en mis viajes de verano a Santa Cruz a Julio y a Álvaro, más a aquel que era de mi tiempo. Sólo al cabo de muchos años, estando yo trabajando en la cuenca minera de Langreo, en Asturias, me avisan de casa de mis padres que había ido a vivir a Oviedo Ricardo Casas Traba, un amigo de Cádiz de mi padre, casado con Conchita Fernaud, una de las grandes bellezas de Santa Cruz. Y allí los vimos mi mujer y yo varias veces, pues vivían en la céntrica calle Milicias, muy cerca de la calle Uría. Enseguida hicieron los Casas, matrimonio sin hijos, amistad con otro señor canario, don Amaro González de Mesa, casado con una dama de la alta sociedad ovetense y cuyo hijo fue embajador de España. Ricardo Casas había ido a Oviedo como representante de una serie de firmas andaluzas que adquirían en aquellos años de penuria, de los llamados "pedidos verdes" (por el color del documento), de racionamiento y de cupos, el carbón que empresas andaluzas necesitaban para sus calderas de vapor y su actividad industrial. La belleza de su mujer Conchita causó impresión en la sociedad de entonces y facilitó, sin duda, la labor de su marido.
Ricardo Casas había sido militar, destinado en Tenerife, y allí debió conocer a su futura mujer. Era algo pariente nuestro, pues su segundo apellido, Traba, era el de Manolo Traba, gaditano como los Casas y los Segovia, casado con mi tía María Luisa, hermana de mi padre, médico militar y gran aficionado a la pintura, de la que la familia Segovia en sus diversas ramas, incluida la mía, conserva algunas pequeñas tablas con pinturas al óleo, las de casa con temas marinos, aunque también las hay con temas marroquíes pues estuvo años destinado en Melilla. Como tantos otros militares, se retiró por la ley de Azaña y falleció aún durante la República. Recuerdan mis primos onubenses que era tan monárquico que cuando falleció, la tía María Luisa hizo envolver su cadáver en la bandera roja y gualda, entonces reemplazada por la tricolor.
Y aún hubo otro Fernaud tinerfeño, don Jerónimo, que estuvo destinado como gobernador civil en Huelva, donde vivía entonces un hermano de mi padre, el tío Antonio, con quien hizo amistad, y donde en la actualidad residen sus hijos, nietos y biznietos. Fue en el llamado "bienio restaurador" de 1934/35, con el primer Gobierno de don Alejandro Lerroux, del Partido Radical y donde figuraba como ministro de Industria y Comercio un correligionario político canario, don Andrés Orozco, a quien sin duda se debió el nombramiento de su amigo Jerónimo, que sólo duró hasta el año 35 con el cese de su amigo ministro. Y las vueltas que da la vida, una hija de éste, María Luisa, casada con un técnico comercial del Estado. Domínguez, que después de ser delegado de Comercio en Santa Cruz también lo fue temporalmente en Oviedo hasta ser destinado a Madrid, vivía en la calle Padilla, cerca de la nuestra de Juan Bravo, y nos veíamos con cierta frecuencia. Por cierto que María Luisa era gran aficionada a ir al bingo que había en la entonces calle General Mola esquina a Padilla, afición heredada sin duda de su padre.
Malos han sido estos dos últimos años para los Sánchez laguneros. En el mes de mayo del año pasado falleció en Las Palmas, donde vivía desde que se casó, Carlos Sánchez, el pequeño de los hermanos, ayudante de Obras Públicas, y cuya mujer y ahora viuda Mercedes Guimerá fue siempre gran amiga de mi mujer y mía también, que vivieron en Pérez Galdós esquina a Teobaldo Power, por encima de la Peluquería Fígaro, donde don Manuel me arreglaba el pelo desde joven hasta ya casado cuando volvía por Santa Cruz, preciosa casa terrera que el laureado arquitecto y cuñado de Mercedes y Elda, Rubens Henríquez transformó en gran casa de pisos. Carlos seguía con la tradición de pintor heredada de su padre y participada por sus hermanos, y guardo en mi ordenador una gran colección de sus obras pues estuve con él una casi diaria correspondencia digital. Hombre de profundas convicciones religiosas, gran colaborador con su párroco, llegó incluso a recibir una condecoración que le concedió el Vaticano. Teníamos el proyecto de que hiciese unos cuadros de mi hijo y su mujer, pero su repentina muerte no permitió llevar a cabo el proyecto. También guardo fotos de sus Bodas de Oro, a las que acudió toda la gran familia de los Sánchez y los Guimerá y amigos íntimos, como Carlos Pinto y su mujer Delia y en las que tuve ocasión de hablar por teléfono con Mita después de medio siglo, como lo he vuelto a hacer en estos tristes días.
Y este año la familia Sánchez se ha visto brutalmente golpeada por la muerte no sólo de Guillermo, sino también por la de la mujer de su hermano mayor Enrique, también ayudante de Obras Públicas como Carlos, residente asimismo en Las Palmas, mujer de profundas raíces tinerfeñas como corresponde a sus apellidos de Hernández-Francés y Oramas, Mª Dolores, fallecida hace tan sólo unos meses. Lolita era hija de un gran personaje como fue don Ramón Hernández-Francés, de quien mi amigo Pablo Matos, enciclopedia canariense, me ha contado muy curiosas anécdotas. Y especial recuerdo guardo de Carmen Sánchez, ya con sus 96 años, felizmente viviente, viuda de Ernesto Henningsen, un alemán más bueno que un santo, gran amigo y vecino de otro personaje inolvidable como fue Máximo Nägele, padre de unos muy queridos primos, cuya madre, Magdalena, está ya en los 97. Carmen es la madre de "los Batusi", jugadores de baloncesto que han marcado una época en el deporte del Náutico, de Tenerife y de Canarias. De esta "saga" de los Sánchez García guardo en las páginas de una novela de su hermano Enrique titulada "Recuerdo de las almas gemelas", con especial recuerdo a los Príncipes de España y que cuenta con preciosos grabados de Carlos, un recorte del Diario de Avisos del 15 de febrero de este año que recoge en una larga y documentada crónica una comida que se ofreció a María Luisa Sánchez García en su 90 cumpleaños y a la que asistieron más de 180 invitados que rendían homenaje al increíble esfuerzo de una viuda de sólo 32 años y con siete hijos, a los que a base de tesón, constancia y entusiasmo ha sabido sacar adelante desde su casa de toda la vida en la calle Cabrera Pinto lagunera.
Que Dios conserve y proteja por siempre a estas dos grandes, queridas y ejemplares familias tinerfeñas.
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