HACE dos o tres semanas conté aquí unas anécdotas atribuidas a don Jacinto Benavente, don Francisco de Quevedo y a un vecino de Garachico llamado don Juan Gutiérrez. Cité también a los poetas don Manuel Verdugo, don Diego Crosa (Crosita) y don Juan Pérez Delgado (Nijota). Y cometí -según se me dice- el desliz de considerar lagunero al Sr. Verdugo. Me ha hecho llegar su opinión un alumno de bachillerato, llamado Jaime Rodríguez.
-Me extraña que no sepa usted que don Manuel Verdugo no era lagunero, sino filipino.
Siento desilusionar al joven estudiante, a quien voy a tutear, en contra de mi costumbre, porque, por razones de edad, yo podría ser su padre. Incluso su abuelo.
-Mira, Jaime: poseo un ejemplar del libro titulado "Antología de la poesía canaria", publicado por Goya Ediciones en 2007. Escribió el libro don Domingo Pérez Minik, lo coordinó don Rafael Fernández y escribió el estudio preliminar don Miguel Martinón. Se incluyen en él 27 poetas: Reyes Bartlet, Rodríguez Figueroa, Zerolo, Hernández Amador, Matías Real, Ángel Acosta, García Cabrera, Gutiérrez Albelo... y, naturalmente, los tres citados por mí como laguneros o santacruceros. En las páginas 145 y 146 se ofrece una biografía del Sr. Verdugo. Los dos primeros renglones dicen así: "Manuel Verdugo Bartlet nace en Manila (Islas Filipinas) en 1877. Sus padres procedían de Tenerife, de familia distinguida". No sigo, Jaime. Pero, ¿crees que, teniendo este libro en casa, podía ignorar yo el detalle que me reprochas? De todos modos, don Manuel Verdugo será considerado siempre, y enaltecido, como poeta lagunero.
Como me temo que habrá por ahí otros jaimes, voy a contarles una anécdota: conocí y traté dos veces, en 1947, a don Manuel Verdugo. Yo había superado en su momento el séptimo curso del bachillerato y me preparaba para la Reválida o Examen de Estado, que así se llamaba aquel terrorífico -para mí, al menos- paso del Instituto a la Universidad. Pero ocurre que este servidor no sabía una palabra de Física. Y el Latín se me daba poco.
Sin que yo sepa los motivos, el entonces secretario del ayuntamiento de mi pueblo, don Andrés Rodríguez de la Sierra, me entregó una carta para que se la hiciera llegar al poeta. Me acerqué a él en la calle de San Agustín, le entregué la cartita y me dijo, después de ojearla, que no conocía a ninguno de los componentes del tribunal examinador, pero que me recomendaría. (Me asusté).
Tres días después del examen, volví a ver al Sr. Verdugo, me acerqué a saludarlo y le dije sin preámbulos:
-Me han cateado, don Manuel.
Y le conté que yo no entendía ni papa de esas cosas que se llaman calorimetría, gasógeno, bombas de pistón, aerostato..., ni sabía tampoco la Ley de Boyle y Mariotte ni la de Gay-Lussac.
-Pero sabría usted algo de Literatura, Geografía, Historia, Matemáticas, Filosofía, Religión, Botánica, Zoología...
-La verdad es que sí. Pero el Latín...
-¿Tampoco sabía usted Latín?
-Me sabía las declinaciones y los verbos irregulares. Y puede que me atreviera a traducir parte de la "Guerra de las Galias" de Julio César; pero me salió un texto de Tito Livio y no hubo manera.
Don Manuel Verdugo se llevaría un gran chasco porque creo que llegó a pensar que yo era un alumno aventajado. ¡Si el secretario del ayuntamiento me había recomendado...! Menos mal que el poeta nunca supo que en septiembre habían vuelto a suspenderme. Y es que el texto de Latín pertenecía a Salustio. ¡Horror de horrores!
Les he contado todo esto para que Jaime se entere de que yo conocí a don Manuel Verdugo. Y también, como es lógico, su lugar de nacimiento.
-¡Pero, tío! ¿por qué cuentas estas cosas? Además de demostrar que como alumno eras un verdadero petardo, se ve que no te importa eso de las recomendaciones.
-No me gustan las recomendaciones. Cada día, menos. Las considero injustas, ofensivas para los demás, poco elegantes... Pero yo tenía 16 años y lo único que me interesaba era el aprobado. Y si don Andrés creyó oportuno recomendarme...
-¡Con qué concepto de tu cultura se quedaría el poeta ese, paisano de doña Imelda Marcos, la señora de los tres mil pares de zapatos!
-¡Alto ahí, Lolo! Deja en paz a doña Imelda. Y deja en paz también a esa señora llamada Política. ¡Se acabó!
Mi grito dejó a Lolo cortado. Se quedó como yo el día en que no me permitieron acceder a los estudios universitarios, a pesar de las recomendaciones.
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