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Es mi hombre

25/nov/08 07:24
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LA EDUCACIÓN, en general, y la escuela, en particular, es un tema que preocupa a todos pero al que, al parecer, a la hora de la verdad no le prestamos la debida atención. De hecho, hemos logrado que deje de ser un tema nacional, debidamente consensuado, para convertirse en una herramienta partidista, donde las diversas comunidades autónomas han entrado a saco para que desvirtuando su propio significado -enseñar-, se haya convertido en un galimatías de progresismo y nacionalismos ideologizados, donde se entremezclan los derechos de todos los actores intervinientes en la comedia, que cada vez se parece más a un drama, repartidos de la siguiente manera: alumnos, todos los derechos; padres, muchos, bastantes; profesores, algunos, tirando a pocos; así como los deberes y obligaciones repartidos a su vez: los alumnos, pocos tirando a ninguno; los padres, algunos, pero como que ni se enteran; y los profesores, todos y más allá del universo colectivo.

Hoy en día, en la escuela -desde la educación más elemental hasta las mismas puertas de la universidad-, se ha instalado, a modo de monumento conmemorativo a la amoralidad, el hecho de que el alumnado tenga asumido que sus actos -sean éstos los que fueren-, no tienen, ni van a tener en el futuro, unas consecuencias directas y proporcionadas a sus hechos. La impunidad es patrimonio del alumno o de la alumna. Y, al parecer, nadie (legisladores, autoridades, profesores y padres) está dispuesto a cambiar esta situación generada en buena medida por el buenismo imperante en nuestra sociedad, que permite que se haya convertido en el faro y guía de un progresismo atrapado en su propia indigencia moral e intelectual; y que ha hecho de la escuela un lugar donde lo de menos es aprender y formarse como persona y como ciudadano; sino que, por desgracia, ahora la escuela se ha convertido en un ámbito artificial de convivencia donde se manifiestan, en mayor o menor medida, todas las posibles injusticias y violencias: física, verbal, psicológica, o incluso la violencia gratuita.

Lo que es un hecho incuestionable es que en la escuela, hoy más que nunca, existe la extraña sensación de que se convive a la fuerza en un territorio -las aulas y el patio principalmente-, donde existen intereses encontrados y enfrentados. Es evidente, además, que lo que se intenta enseñar no es lo mismo que lo que los alumnos están dispuestos a aprender; no digamos ya si hablamos de las formas de hacerlo o de los intereses de cada una de las partes implicadas.

Por desgracia, o porque así lo han querido los españoles que han votado una determinada opción política, en estos momentos en la escuela casi nadie se toma en serio la responsabilidad de llevar a cabo la función determinante y, por supuesto no neutral, de dirección, y que debería abarcar: normas de conducta, horarios, disciplina, jerarquía, obediencia, esfuerzo, premios, castigos, uniformidad, competitividad, sacrificio, responsabilidad, excelencia, estudio, respeto, autoridad? No se sabe muy bien por qué se ha permitido que la escuela se haya convertido en un campo de batalla, donde los maestros y los alumnos interactúan en una lucha ardua y peligrosa, por conseguir cada cual el poder y el control de la situación. La cosa comenzó el primer día en que los alumnos no se levantaron cuando entró el maestro en la clase. De ahí, al tuteo y a jugar al progresismo del "colega", como herramienta de democratización de la enseñanza, hubo sólo tres pasos.

En lo que llevamos de año, se han registrado oficialmente -lo que implica que debe haber muchos más casos que no se conocen- 8.000 casos de denuncias por parte de los maestros y maestras, por maltratos recibidos y perpetrados impunemente por sus "colegas" alumnos y alumnas. Es más, en dichas denuncias ha comenzado a introducirse un factor que hasta ahora ni siquiera figuraba en la ecuación -al menos no con signo negativo-, como son los padres y madres de los "coleguis", que, en vez de apoyar a los maestros y maestras de sus respectivas hijos e hijas, se decantan, incondicionalmente, por sus criaturitas; e, incluso, a veces, actúan, como ellas, con inusitada y gratuita violencia contra el indefenso profesorado en cuestión.

El buenismo al que me refería anteriormente ha introducido, además, en la escuela, como mero instrumento de discordia, el empeño de que en las aulas haya necesariamente que enseñar y educar a la vez; obviando de camino el que enseñar es transmitir, de la mejor manera posible, una serie de conocimientos con la sana intención de que el alumnado "supere la asignatura". Educar, por el contrario, es formar en ideas y transmitir creencias; tarea que debe circunscribirse en lo posible a los padres, madres o tutores de los hijos e hijas a cargo; educar, pues, consiste, en transmitir valores. El problema surge cuando esos padres no tienen creencias ni valores que transmitir. Y en esas estamos.

Hará tan solo unos días, en un centro escolar de nuestra ciudad, del que mejor será no dar el nombre, durante el recreo de sexto de Primaria, donde los niños y niñas apenas si tienen 11 años, una de las maestras que se encontraba en esos momentos haciendo de "vigilante de seguridad", o si lo prefieren de "policía vigilante", comprobó que se iniciaba una pelea entre dos niñas que velozmente acaparó la atención del resto del alumnado, el cual comenzó sin demora a animar el cotarro. Las niñas la emprendieron a puñetazos y a tirarse de los pelos alternativamente, mientras se llamaban "puta" y "guarra" la una a la otra. Una de ellas, la que parecía llevar la iniciativa -repito, de 11 añitos-, de pronto sacó del bolsillo del pantalón un abrecartas y, apuntando con él hacia el pecho de su rival, la amenazó diciéndole: "Déjalo en paz, ni lo mires. Él es mi hombre", refiriéndose por lo visto a un tal Pablito, el cual sonreía satisfecho de su demostrada y arrebatadora hombría. La maestra no entendía nada, y, quedándose pasmada ante aquellos hechos, sólo pudo exclamar mirando al cielo: "¡Que Dios nos coja confesados".

macost33@hotmail.com

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