Es tal la cantidad de noticias que genera la sociedad de la información en la que estamos inmersos que, como he dicho con anterioridad en varias ocasiones, los árboles no nos dejan ver el bosque. O también puede ser que, acostumbrados a los sensacionalismos que al final se diluyen como el azucarillo en el agua, no tenemos la habilidad o carecemos del conocimiento suficiente para separar lo interesante de lo superfluo. En los periódicos, y también en otros medios de comunicación, se anuncia a bombo y platillo la realización de un proyecto demandado por la ciudadanía, o el compromiso de las autoridades para solucionar el problema puntual que afecta a un barrio, o las declaraciones de un miembro del Gobierno que se sensibiliza ante una determinada actuación, etc., pero, desgraciadamente, si consultamos las hemerotecas, podremos comprobar que gran número de aquellas promesas o buenas intenciones no han podido -o no se han querido- ser llevadas a cabo. De ahí mi afirmación anterior: la mayoría de la gente no cree ya mucho de lo que se promete, y menos aún si estas promesas se hacen cuando está en curso una campaña electoral.
El largo preámbulo viene a cuenta del anuncio realizado por la Autoridad Portuaria tinerfeña respecto a la próxima construcción de una nueva estación de acogida para los cruceristas que arriban a nuestro puerto. Cierto es que la noticia se dio a conocer hace poco tiempo, por lo que es posible que quienes están inmersos en el mundillo portuario aún no hayan podido reaccionar ante una actuación de tanto calado. Aunque también puede ser que la consideren como una noticia más, cuyo único fin es justificar sueldos y prebendas de quienes están al frente del organismo responsable. En este caso, además, las dudas están bien asentadas porque, puede uno preguntarse, ¿cómo es posible que en estos tiempos de crisis -creo que ya podemos emplear esta palabra- la Autoridad Portuaria se atreva a acometer la obra en cuestión? Según parece, los indicadores reflejan una disminución del tráfico marítimo, el mismo camino sigue el número de TEUs descargados, las tasas portuarias no va a ser posible incrementarlas por sus consecuencias económicas en las familias más desfavorecidas, y, por si todo esto fuera poco, está a las puertas el comienzo de la construcción del puerto de Granadilla, que me imagino estará ya generando cuantiosos gastos. Y no se me diga respecto a esto último que tendremos fondos europeos, porque, aunque estén presupuestados, ¿quién nos dice que la UE, al disminuir sus ingresos por IVA, no disminuya también las ayudas previstas en el FEDER, el FEOGA o el FE... que sea?
Con las perspectivas que acabo de mencionar, insisto, hay que tener mucha confianza -y otras cosas- para atreverse con una obra tan crucial y vital para el desarrollo de nuestro puerto como la que se ha anunciado. Porque si todas las obras que se programan son importantes ya que, casi por definición, pretenden acometer o modificar algo que mejorará la calidad de vida, la nueva estación es de una necesidad imperiosa. He tenido la suerte de realizar varios cruceros y visitar las instalaciones de algunos puertos: sólo recuerdo un par de ellos -Túnez, Trípoli...- que carecen de estaciones preparadas ex profeso para la recepción de los turistas. En Tenerife, si continúa aumentando el número de cruceros que nos visitan, resultaría realmente bochornoso continuar recibiendo a sus pasajeros en carpas propias de una verbena; aunque se ponga una alfombra roja para llegar hasta ella desde la escala del barco.
Lo que más me ha sorprendido de la proyectada estación es su ubicación. No sé a quién se le habrá ocurrido la idea de situarla fuera de la bahía, al otro lado del espigón, pero sea quien sea habrá que felicitarlo pues ha roto moldes. Hace cincuenta y tantos años, cuando los chicharreros íbamos a ver los barcos y recorríamos el mencionado espigón de punta a punta, veíamos cómo las olas rompían contra él a menudo con enorme furia. Por otro lado, la profundidad en aquella zona es considerable y el coste de la obra será con toda seguridad bastante alto, pero eso no ha arredrado a los técnicos autores del proyecto. Supongo que no se rellenará el espacio elegido con escollera vertida directamente desde la superficie, pues los taludes que se formen en el lecho marino es posible que dupliquen su anchura en ese nivel. Parece más lógico utilizar grandes cajones de hormigón similares a los empleados en la construcción de otros puertos, pero sea el que sea el sistema previsto considero que ha sido un acierto la elección del lugar. La estación actual, situada en el muelle de Ribera, no resulta apropiada puesto que está muy lejos de la zona donde atracan los cruceros, y trasladar a sus pasajeros hasta allí para realizar el acto de bienvenida resulta absurdo. Además, como es natural, junto a la estación se construirá un aparcamiento para taxis, con lo que espero termine el permanente conflicto entre los designados para atender el servicio.
Creo, sinceramente, que la iniciativa del presidente de la Autoridad Portuaria merece todo tipo de felicitaciones, sin que ello sea óbice para continuar criticándolo por no apadrinar otras iniciativas tan necesarias como la que he comentado. Porque, don Pedro, recuerde que muchos turistas -no sólo los futuros sino los actuales-, tras ser agasajados al bajar del barco que los ha traído, optan por no ir al interior de la isla sino quedarse en la capital y recorrerla. ¿Y sabe lo que tienen que hacer? Claro que lo sabe: recorrer a pie el espacio que hay entre su barco y la plaza de España, para lo cual se ven "obligados" a pasar ante el monumento erigido para recordar la victoria del General Gutiérrez sobre el contralmirante Nelson. Y ante el lamentable estado de las placas que recuerdan la gesta, don Pedro, de su visión vendrá "el oprobio y el rechinar de dientes...".
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