DENTRO de los sempiternos extremismos que padece este país desde su prehistoria, resulta que ahora todo el mundo se ha puesto a ahorrar. Economizar era pertinente antes, cuando la economía iba no más o menos bien, sino auténticamente de fábula y corría el dinero. Ahora, en cambio, cuando la situación no es mala sino realmente pésima, aunque bastante mejor de lo que probablemente nos espera dentro de unos meses, le ha picado a todo el mundo el mosquito de la austeridad. Malo. Lo dije el otro día, y lo repito hoy: todas las crisis económicas tienen un gran componente psicológico que no conviene agravar. Predicar la frugalidad a diestro y siniestro, como están haciendo numerosas instituciones públicas -empezando por los ayuntamientos- es una temeridad suicida. En primer lugar, porque de esta manera se retroalimenta la depresión económica en dos sentidos. De forma directa, si se dejan de adquirir bienes y de contratar servicios, disminuirán aún más los beneficios empresariales, aumentarán los despidos y descenderá la capacidad adquisitiva de la población afectada, con lo cual se producirá una nueva caída en la rentabilidad de las empresas y más de lo mismo, pero corregido y aumentado; de forma indirecta, al magnificar una situación en sí misma delicada, se genera un miedo adicional e innecesario que retrae todavía más el consumo. En definitiva, hasta quienes siguen con su nivel de ingresos habituales, prefieren guardar el dinero bajo el colchón antes que gastarlo alegremente como hacían hasta hace tan sólo unos meses. Y hablo del colchón o el calcetín y no de los bancos, porque también se ha perdido una buena cuota de fe en los bancos. Lo peor, dicho sea de paso, que puede ocurrir en momentos como los actuales. Huelga añadir que todo esto tiene consecuencias fatales en un país como España, cuya economía se ha basado en gran parte precisamente en ese consumo interno.
Por lo demás, lo que pretenden ahorrar ayuntamientos, cabildos, consejerías del Gobierno autonómico y otros organismos públicos es, en muchos casos, el chocolate del loro. Una cosa es suprimir el despilfarro y otra enclaustrarnos en el asceticismo. Por poner un ejemplo, acaso lo más conveniente no sea suprimir una gala de elección de reina del Carnaval, sino no pagarle 70.000 euros al cantamañanas que la dirige. Una fiesta de Carnaval -o cualquier fiesta- puede generar mucha actividad económica traducida en puestos de trabajo directos, además de aportar una diversión cuando más necesaria le resulta a la ciudadanía. Y no estoy hablando del pan y circo de los romanos, sino de algo más serio.
En consecuencia, o nos dejamos de tonterías -y nos dejamos de tonterías ahora mismo-, o este año la cuesta de enero va a ser bastante empinada pero hacia abajo. Aterran al respecto algunas predicciones incluso moderadas sobre la presumible tasa de paro, desaceleración del crecimiento hasta incurrir en valores negativos y otros parámetros que tanto nos acongojan durante estos días. Si nos empeñamos en vivir unas Navidades más pobres de lo que realmente necesitamos, nos aguardará un comienzo de año más duro de lo que podemos imaginar. Ojo al dato.
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