CUARENTA y siete denuncias. Ni una más, ni tampoco una menos. Cuarenta y siete veces había denunciado la Policía Municipal de Madrid a la discoteca "El Balcón de Rosales" por serias deficiencias, muchas de ellas merecedoras por sí mismas del cierre del local. Y el Ayuntamiento, la Junta Municipal de Moncloa y todo el que tenía algo que decir o hacer en este asunto, mirando para otro lado. España es el país de los escarmientos. Nadie hace nada hasta que ocurre la tragedia. Eso sí, cuando muere un chico de 18 años por la paliza de tres matones que custodiaban la entrada del local, todos los que antes no le habían hecho el menor caso a todos los que también antes habían denunciado las irregularidades, se rasgan las vestiduras y buscan a un cabeza de turco para empapelarlo y calmar la alarma social. Algo que ocurre no sólo en una discoteca en la que hacían la vista gorda para dejar entrar a menores, sino también cuando nos vuelan por los aires un blindado que patrullaba en misión de estricta paz, en una zona netamente pacífica, de un país nada complicado llamado Afganistán. En este caso se cesa a un mando del CNI, y asunto arreglado.
No hace falta explicar que la situación en las discotecas madrileñas es la misma que en las discotecas y locales de ocio de Bilbao, Sevilla, Murcia y cuantas ciudades, pueblos, villas y demás localidades menores quieran añadir ustedes a una lista tan larga como el nomenclátor de núcleos habitados de este país. Incluidos los de Canarias, por supuesto. Sin embargo, como afortunadamente no todos los fines de semana matan a un chico de 18 años, tiramos para adelante hasta que acontezca la siguiente tragedia. ¿Saben ustedes cuál es el mecanismo municipal, válido igualmente en estos alrededores, para permitir fácilmente la apertura de locales y actividades clasificadas? Intentaré explicarlo en el poco folio que me queda.
Verán. Un buen día -acaso un mal día- cualquiera que se ha quedado en paro se junta con otros más también parados recientes. Como a todos les han dado unos euros como indemnización, deciden juntar sus capitales individuales y montan un bar, una cafetería o un restaurante. Lo que sea. Cierto que en la zona hay ya un montón de bares, cafeterías y restaurantes, con lo cual lo único que van a conseguir es arruinarse y hundir a los otros. Pero eso poco importa. Coño, nos falta la licencia municipal. No problema, mi amigo, como me decía un moro de Ketama empeñado en venderme griffa a granel. Uno solicita los permisos y abre. Después, ya se verá. Lo mismo ocurre si quienes van a poner el negocio no son cuatro pringados que se han quedado sin empleo, sino cuatro belillos que se han hecho con un puñado de euros promoviendo adosados y se creen Florentinos en potencia. Ah, nos falta la licencia, coño. ¿De qué licencia estás hablando, si al concejal lo conozco desde que los dos éramos pibes? Luego, claro está, empiezan las denuncias. Denuncias de vecinos, denuncias de empresarios que cumplen las normas y se enfrentan a una atroz competencia desleal, denuncias de la propia policía local y hasta de los servicios de inspección municipales. Denuncias que cuelga el concejal de turno en el baño de su casa. Hasta que acontece la desgracia, enchiqueran al primero que tranquen y todo sigue igual.
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