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Amante de lo desconocido

Fernando Arrocha vivía en Las Palmas cuando un día vio a unos africanos vendiendo máscaras. Decidió comprar tres para adornar su salón. Al principio no eran más que elementos ornamentales. Ahora vive en Santa Cruz de La Palma y su colección cuenta con 860 ejemplares. Sin embargo, nunca ha visitado África.
16/nov/08 07:32
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L. GARRIDO, Santa Cruz

Nadie se espera lo que hay tras la puerta de la casa de Fernando Arrocha. Sorprende nada más entrar. Sólo se salvan la cocina y los baños. El resto de la casa está completamente repleta de máscaras, ídolos, fetiches y otras figuras africanas.

A sus 77 años, este coleccionista enamorado de las tribus confiesa que no ha perdido la esperanza en ver cumplido el sueño de su vida: viajar a África. Trabajó durante veinte años disecando animales para el Museo Insular de San Francisco, en la capital palmera, y asegura que casi todas las colecciones que hoy en día causan admiración a muchos turistas están hechas por su hermano gemelo y por él.

Hace 40 años comenzó a "reunir" objetos relacionados con las etnias africanas. Su curiosidad fue creciendo a medida que se fue documentando al respecto. Compró libros sobre tribus y, al adquirir cada ejemplar, exigía el certificado de autenticidad que le permitiera reconocer su origen.

De afición pasó a auténtica pasión. Además, sus familiares y amigos tenían bastante fácil la elección del regalo de cumpleaños o Navidad.

Fernando fue ampliando sus contactos y, poco a poco, conseguía las máscaras, que cada vez tenían más valor. Explica que la mayor parte de su colección la ha conformado a través de un amigo que tenía una tienda de antigüedades en Los Llanos de Aridane. "Se iba a menudo a Senegal y Kenia y se traía hasta La Palma las figuras porque sabía que yo era una buen comprador", dice.

Hoy suman, en total, 860 ejemplares, cada uno de los cuales está registrado en un detallado catálogo que incluye el material, la procedencia, la etnia a la que pertenece, las características que la identifican y el precio que pagó por ellas. Pero a este coleccionista nato no le hace falta mirar sus libretas para comprobar ningún dato. Se conoce cada detalle con una precisión asombrosa.

Algunas máscaras y fetiches dan hasta miedo. Sobre todo si se tiene en cuenta que muchas de ellas se emplean para la brujería. Un ambiente casi hostil que contrasta con la amabilidad y la naturalidad con que el dueño de estos modelos explica los pormenores de su tesoro particular.

Ritos y ceremonias.- La mayoría de las máscaras que adornan las paredes del piso han sido creadas con un sentido ritual. Los hechiceros y brujos diseñan estas imágenes para ofrecérselas a los dioses y conseguir, de este modo, que las cosechas del clan ofrezcan buenos resultados. Otras se emplean para recordar a un antepasado o bien en el periodo de iniciación, en el que un joven se convierte en hombre. Cada raza, a su estilo, organiza una ceremonia en la que el muchacho recibe una máscara que lo identifica. Otras muchas caretas sirven para invocar a la diosa de la fertilidad y, la mayor parte, se destinan a la brujería y budú.

Las peinetas, por ejemplo, se convirtieron en un símbolo que las novias debían llevar en las bodas para propiciar un buen augurio. Muy curiosos también resultan los fetiches de clavos, en los que cada persona pincha un objeto metálico y desea algún mal para su enemigo. Aunque, de entre todos los objetos que se pueden contemplar, llaman sin duda la atención una réplica de cabezas reducidas, una práctica de indígenas que consistía en momificar las cabezas de los adversarios como talismán y trofeo de guerra. Las que Fernando ha colgado en su salón provienen de Colombia y son un regalo de un amigo embajador en uno de sus numerosos desplazamientos.

Viajero insaciable.- Sorprende la diversidad de países en los que ha adquirido las piezas de su tesoro escondido. Su piso encierra figuras de Cuba, Guatemala, Isla Margarita, Colombia, Venezuela, Méjico, Isla de Pascua, San Salvador, Brasil, Tailandia... Los materiales también son diversos: cerámica, cobre y, sobre todo, madera. Fernando muestra orgulloso la pieza más antigua de su recopilación: "Tengo un ídolo anterior a la conquista de Jalisco que estaba tirado en el museo de la Cosmológica y, al trasladar los animales disecados al Museo Insular, nadie la quería y me apoderé de ella".

Un futuro aleatorio.- Ha dejado ya de acumular ejemplares. Su mujer se lo ha prohibido. "Sólo paró de venir cargado de sacos cuando llenó por completo la casa", dice riendo su esposa. Como suele ocurrir, detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Y en este caso es ella, Margot Salazar, la que se encarga de que cada día las figuras estén limpias y bien conservadas, una labor encomiable. El dueño de esta colección no es capaz de calcular el valor de la misma. "Algunas máscaras que yo compré hace 40 años a 20.000 pesetas, ahora deben costar el doble o incluso el triple", afirma. Por este motivo, su deseo es el de donar sus posesiones para que alguna institución se haga cargo de ellas. "En el Museo Insular, donde tantos años he trabajado, quedarían muy bien conservadas, con sus buenas vitrinas y sus etiquetas explicativas", se emociona el mascarero.

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