Pero no todo era fútbol, manifestaciones y estudios para los muchachos de aquel trienio 36-39 de guerra civil. Había las noticias de amigos y conocidos que morían en la guerra y otras desoladoras de familiares y también conocidos de los que se sabía que habían sido asesinados en la zona roja sin otra causa aparente que llevar un rosario en el bolsillo o haber asistido a misa; y de aquellos otros de los que se carecía de toda clase de noticias y ni se sabía si vivían o habían muerto. De vez en cuando llegaban buenas nuevas de gente que había logrado salir de la zona republicana gracias al servicio que en ese sentido prestaron las Embajadas de varios países extranjeros, en muchas de las cuales en Madrid se refugiaron muchos españoles que se sabían perseguidos y de donde, gracias a los buenos oficios de su personal, se hizo posible la salida, bien por barco desde la costa mediterránea o por tren a Francia, de gran cantidad de españoles. Incluso se celebraron bodas ante porvenires inciertos.
Y también había su disciplina que respetar por entonces en Santa Cruz, no en balde estábamos en guerra, aunque nosotros no lo notásemos demasiado, y esa disciplina llegaba incluso a los estudiantes de bachillerato, entre los que me encontraba yo. Ya se sabe que si hay alguien rebelde, esos son los estudiantes, no importan edad ni color ni otra condición. Por entonces, empezó a celebrarse con solemnidad y ámbito luego nacional, y bajo el nombre de "Día del Estudiante Caído", la conmemoración del asesinato en Madrid en la noche del 9 de marzo de 1934 y cuando iba camino de su casa, en la calle Marqués de Urquijo, del estudiante de Medicina Matías Montero, miembro del Sindicato Español Universitario, y que venía de vender el periódico "FE" de Falange Española. Esta conmemoración se inició en la zona nacional el año 38 y ya el 39 me vi envuelto en mi primer problema no escolar. Ese día del 9 de marzo fue día festivo a efectos de estudios y había una serie de actos conmemorativos a los que debíamos asistir los estudiantes. Pero un grupo de amigos y compañeros juzgamos más oportuno, aprovechando el día festivo, irnos a jugar un partido de fútbol nada menos que al Stadium del Tenerife, partido que se celebró sin incidente alguno. Y estaba yo a media tarde solo en mi casa cuando llaman a la puerta, abro y me encuentro con Silvestre Fox, amigo del Club Náutico, que dice que tengo que acompañarle porque estaba detenido por no haber ido a los actos del "Día del Estudiante Caído" y por el contrario haber ido a jugar un partido de fútbol.
Y allá me fui con él. Y me llevó a un lugar por el barrio de El Toscal, sin poder precisar el sitio, donde en una casa donde estaba la Jefatura de las llamadas Milicias Nacionales y en su amplio patio -del que recuerdo que el suelo era de callaos-, me encontré a los componentes de los dos equipos de fútbol de por la mañana. Estuvimos sentados allá por el suelo, o donde pudiera cada cual, bastante tiempo pues incluso empezó a hacerse de noche y comenzaron nuestras preocupaciones por lo que nos podía esperar. Pero de pronto se presentó la figura alta y respetable del teniente coronel Pérez-Andréu, a quien todos conocíamos como el Jefe de Milicias, que nos dirigió unas palabras afeando nuestra conducta antipatriótica cuando muchos teníamos familiares que estaban luchando en los frentes de batalla en la Península y nos mandó sin más a casa. Y lo que son las cosas, seis años después fue su hijo, el entonces capitán Pérez-Andreu, quien nos recibió a los alumnos que hacíamos la Milicia Universitaria en el campamento de Hoya Fría, del que el comandante Saavedra fue jefe en los dos años 45 y 46 en que allí estuve los veranos. El capitán Pérez-Andreu se casó con una hermana de mi compañera de Bachillerato Luisa Díaz y de mi amigo y compañero de pensión en Madrid Carlos Díaz. Las vueltas que da la vida. Recuerdo, aún nosotros en fase de estudiantes de Bachillerato, que un día una antigua criada (ahora diríamos empleada de hogar) volvió un día de visita a la casa de los Díaz López en que había servido años antes, y al contemplar a Carlitos, que era ya un casi mocito, va y dice: "¡Ah, perro puto!: ¿tú eres Carlitos?". Entrañable familia esta de don Maximiliano Díaz Navarro, de la que nos sentíamos parientes por el origen lanzaroteño de don Maximiliano.
Pero la guerra ocupaba la vida de mi Santa Cruz. Recuerdo especialmente el invierno, creo que ya del año 37, en que había muchos canarios luchando en la Península, en unas condiciones de frío desconocidas por todos ellos. Hacían falta ropas y calor hogareño. Y así, don Pelayo López y Martín Romero, arquitecto, presidente del CDTenerife en varias ocasiones y padre de mi compañero de curso Pelayito, se inventó el llamado "Taller Patriótico", donde las señoras y señoritas iban a coser ropa de invierno para los combatientes. Y aparecieron las llamadas "novias de guerra", muchachas que se escribían con soldados en lucha y les mandaban regalos o recuerdos de la tierra. Por entonces surgió lo que se llamó "Auxilio de Invierno", que luego derivó en el Auxilio Social, que tan honda huella dejó en la sociedad española durante medio siglo. Y empezaron a aparecer por las paredes de las calles unos carteles que animaban a colaborar con esta institución para llevar ayuda a aquellas familias necesitadas por los estragos y ausencias de la guerra, carteles que llevaban un lema que decía: "Ni un hogar sin lumbre / ni una mesa sin pan". En aquel invierno del 37 asistí a un entrañable acto en el Círculo de Bellas Artes en que se presentaba la campaña de ayuda a los combatientes, y donde pronunció un discurso que a mí se me antojó bellísimo, don Francisco Aguilar y Paz, que luego fue mi maestro y más tarde un entrañable amigo, figura de la intelectualidad canaria a quien creo tenemos olvidado. También a los estudiante de Bachillerato nos llegó la política, la oficial, y se fundó o refundó la sección tinerfeña del Sindicato Español Universitario (SEU), pero sólo a escala de Institutos ya que la Universidad continuaba cerrada. Asociación que desde la fundación de Falange Española rivalizaba en la captura de afiliados con la FUE. Y con varios muchachos de los últimos cursos nos apuntamos al SEU y hasta llegué a escribir algún artículo pero no recuerdo dónde ni de qué. En lo que sí intervine fue en la instalación de unas oficinas que se situaron en la Logia de la calle San Lucas y especialmente en la formación inicial de una biblioteca, labor en la que intervino también Miguel Sansón, hermano menor de Arturo y María del Carmen, muy prematuramente fallecido por un ataque feroz de septicemia, según me aclara mi hermana.
Y entre clases, deportes, sindicatos, radios y cines, un buen día nos llegó la noticia de que la guerra había acabado. Todos oímos una y repetidas veces el famoso "Parte Oficial de Guerra del Cuartel General del Generalísimo", que anunciaba que las fuerzas nacionales habían alcanzado sus últimos objetivos militares y que la guerra había terminado. ¿Qué nos esperaba? A mí, por lo pronto, terminar el último año de Bachillerato, aprobar la reválida y decidir qué carrera seguir. Volvieron, sí, finalmente y victoriosas, las banderas. Empezaba una nueva vida para todos, estudiantes (que era lo mío), trabajadores, familias enteras, pueblos y ciudades y el país, España entera, iniciaba una nueva andadura que ahora se pretende no ya criticar y rechazar, sino hasta eliminar. Estos cuatro escritos han sido parte de mis recuerdos y, como me queda aún mucho, si Dios me da fuerzas y los lectores no lo rechazan, volveré en algún momento a recordar cosas de aquellos ya lejanos tiempos que la inmensa mayoría de la actual población no ha conocido.
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