El agua sobre la autopista me quitó toda intención de racaneo. Llevaba tiempo alargando la vida a unos neumáticos que hacía tiempo habían perdido las arrugas. La pendiente de la carretera, el agua sobre el asfalto y la velocidad se juntaron para que por unos segundos los tuviera de corbata.
Así es que, al día siguiente, me dispuse a buscar, contrarreloj, unas "gomas" para tiempos de crisis. Se han fijado que basta que tengas que renovar el seguro para que se te rompa el radiador, se te jorobe la lavadora, o te llegue aquella multa de la que te creías a salvo? Esta vez, todo. Pero lo primero es lo primero, y cerca de cuatrocientos euros salieron rumbo al taller en busca de aquellos zapatos de caucho que me devolvieran el sosiego.
La radio emitía el informativo de las cuatro. El ruido de las máquinas de alineado y contrapesado hacían que las noticias llegaran casi a pedazos. Como esos puzzles que han perdido piezas y que ya nunca servirán para nada. Uno de los silencios, entre rueda y rueda, dejó que la información llegara clara. Un cayuco. Otro cayuco, había llegado a la isla de El Hierro con el pasaje medio muerto.
"Que no vengan". "Aquí no hay sitio p'a nadie más". "Sí soy racista? ¿Y qué?". "Yo, por lo menos, lo digo". "Eso de que los vigilan desde los aviones es mentira. Si no, no llegarían tantos". No tuve ganas de rebatirle nada. Me alejé un par de metros y simulé una llamada de teléfono. Con la mala uva que tenía? capaz que me hacía alguna putada. Y era mi seguridad y la de los míos. Supongo que fui un cobarde. Realmente, nunca vi posibilidades de convencerle de nada y menos aún de redimirlo. Tampoco tenía tiempo. Como para dar lecciones a nadie? ¡Cobarde!
Al fin y al cabo, sólo son ilegales, es decir: negros, hambrientos y desgraciados. Ningún político ni de altura ni de bajura, ni de pueblo o caserío se digna montar un show mediático apareciendo en la foto con crespón negro cuando se trata de enterrar a un muerto que sólo es un muerto de hambre, que no vota aquí y cuya desaparición es tan silenciosa y humilde como lo ha sido su propia vida.
Muchos días -sabe Dios cuántos- decenas de hambrientos africanos perecen en el mar después de prolongadas agonías y tormentos, con hambre, sed, deshidratación, perdidos en la deriva de su desconsuelo, viendo cómo los otros navegantes del cayuco tiran a sus hijos muertos al mar, en el tortuoso recuerdo de que el sacrificio de los pocos bienes y el endeudamiento de toda su familia morirá con ellos en ese interminable mar extraño que suponía el camino hacia una tierra prometida.
No pasará nada. Los ¿ilegales? africanos suelen abrir los espacios informativos con imágenes del rescate y las declaraciones de las autoridades receptoras quejándose de la avalancha, de la falta de medios personales y materiales y de que nadie les hace caso en la soledad de su problema. Y ahí queda todo. Todo el drama.
La 1 de TVE estrenó el pasado lunes Destinos clandestinos. El documental es obra del periodista francés Dominique Molard, que consiguió montar en una embarcación con otros 39 subsaharianos en una travesía que tenía como destino El Hierro. Molard invirtió 26 meses de trabajo en África para completar el extraordinario documental, recorriendo la ruta de los "sin papeles" por Mali, Senegal y Mauritaria, donde entró en contacto con las mafias, que le engañaron varias veces. No quiero ni imaginar lo que les harán a los pobres negritos. Y yo, quejándome?
Feliz domingo.
adebernar@yahoo.es
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