LA TÍMIDA Y REPENTINA niebla había hecho aparición en medio de aquella mañana gris. El cielo parecía desplomarse y sin embargo seguía intacto, empapado en su noviembre cotidiano. Esta es la historia de un día laboral cualquiera, iniciada junto a un montón de almas viajeras con sus paraguas desgastados por tantas batallas de lluvia.
La helada brisa de la mañana despertó de un inesperado soplo las conciencias hasta entonces dormidas; dejó las caras desiertas de sonrisa y arrimó de un solo gesto los mil y un sueños a la orilla de la acera. No quedaba más remedio que obedecer al reloj, sus agujas avanzaban lentamente con dirección a la meta: una hora más de poder indiscutible; una hora menos en la vida de una vida. Calle arriba retumbaban los pasos de las gentes como un bongó desafinado. Yo también formaba parte de ese desfile otoñal obligatorio, de aquel ejército de gorros, bufandas, abrigos, guantes y tantas otras prendas inseparables compañeras del frío. Al amparo de la escasa luz natural, dio comienzo el multitudinario baile de los deberes humanos, un viaje de ida y vuelta rumbo al pan de cada día. Todos llevábamos por equipaje el destino caprichoso y, como fondo, un escenario cada vez más concurrido y agitado, la estresante jungla urbana. Ella, la vedette indiscutible, la reina eterna del asfalto y del cemento, la diosa de neón iluminada por las prisas; el hogar de cientos de jardines repletos de hojas secas, de los árboles desnudos, de los nidos vacíos, de las fuentes que tiritan en espera del hielo, de las ventanas cerradas a cal y canto, de las estufas que no duermen, del viento que madruga, del amor bajo la manta. Es tiempo de otoño y de recuerdos.
Divisaba la estación desde el camino, un edificio antiguo lleno de encanto; su torre alta de ladrillo contrastaba con las modernas viseras de cristal empotradas en los muros exteriores. Las chimeneas humeantes de las casas y fábricas cercanas daban un toque romántico a este principio de jornada. Mientras caminaba por la interminable alfombra vegetal de color ocre, los recuerdos, la nostalgia y la añoranza se apoderaron de mi mente: el pensamiento me llevó hasta el Jardín de las Hespérides, al país del Teide gigante, la patria canaria.
Ya no era helada la brisa, ni la niebla amenazaba, no habían árboles tristes, ni hojas secas olvidadas. El cielo ahora era azul, el mar la roca besaba, el sol brillaba con fuerza sobre valles y montañas, en aquella tierra bella de flores, volcán y lava, donde dejé los sentidos; mis siete Islas Canarias.
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