HaY una frase -o pensamiento; lo que ustedes quieran- de Oscar Wilde que constantemente repito y me repito por las muchas veces que he podido comprobar su veracidad: "Los americanos buenos, cuando se mueren, no van al cielo sino a París". Se refiere Wilde a los americanos de Estados Unidos, norteamericanos o simplemente gringos. Cada vez que visito la Ciudad de la Luz me troncho viendo mesnadas de yanquis con cara de granjeros venidos a más -eso es lo que realmente es el hoy llamado Imperio, no nos engañemos- recorriendo, guía en mano, los lugares de visita obligada. O siguiendo los pasos de las claves que Brown se inventó para su Código da Vinci -cuánto mentecato suelto por el mundo-, como si fueran sabuesos tipo Sherlock Holmes; Sherlock pollaboba Homes, para ser precisos. Pero no empecemos.
El cielo particular de los nacionalistas canarios no es París sino Madrid. Algunos aman tanto a estas Islas, que no quieren importunarlas con su presencia. Uno puede ser de lo más vernáculo como presidente de cabildo, como alcalde o como lo que sea, y despotricar constantemente de Madrid. Porque para los nacionalistas de manta esperancera cuidadosamente doblada en el maletero del coche, por si de camino a casa encuentran una romería y aprovechan para darse un baño de canariedad -estoy pensando, por ejemplo, en Luis Mardones-, Madrid no es el nombre de una ciudad a la que le ha tocado ser capital del Reino, sino un sinónimo del Gobierno central: ese conjunto de señores culpables de todo lo malo que nos ocurre. En definitiva, a un auténtico nacionalista isleño no le vale decir, como a los castizos, que de Madrid al cielo, y en el cielo un agujerito para seguirla viendo. Un nacionalista canario con marchamo de autenticidad piensa que Madrid es el cielo y, en consecuencia, no hay necesidad de trasladarse a otro paraíso. Por eso lo primero que hace un nacionalista del terruño, apenas tiene posibilidades, es comprarse un pisito en la Villa y Corte. O un pisazo, si el sueldo público le alcanza para ello.
"Uno debe saber cuándo se acaba una etapa", ha dicho Ana Oramas como resumen de sus explicaciones a la también suya decisión de ser sólo diputada, y no alcaldesa y diputada. Uno o, mejor una. Si ahora va a coincidir todos los miércoles, amén de algún otro día, con la ministra Aído, quizá convenga que cuide el género de las palabras que utiliza. Pienso, en cualquier caso, que la decisión de Oramas es acertada. No la de quedarse en Madrid, sino la de no empeñarse en hacer compatible lo que por naturaleza no lo es: estar al mismo tiempo en el Congreso de los Diputados y en el Ayuntamiento lagunero. López Aguilar sólo hay uno.
Por cierto, asegura el Terminator que se ha reído a mandíbula batiente tras escuchar las razones de Ana. Hombre, puestos a mencionar cosas que hacen reír, hay otros muchos motivos de hilaridad; verbigracia, el que alguien pretenda pastorear al socialismo canario hoy desde Madrid y mañana desde Bruselas. Si ya es imposible hacerlo incluso con residencia en las Islas? Al final, fíjense ustedes por donde, va a resultar que no sólo los nacionalistas archipielágicos sueñan con la capital de España; los socialistas también.
Le deseo suerte a doña Ana. La Laguna pierde una buena alcaldesa sin que la política nacional gane demasiado. No porque la señora Oramas sea una insignificante diputada, como despotrica el Terminator, sino porque las Cortes se han convertido en un circo cada vez con menos trapecistas y domadores de fieras, pero con más payasos. Dicho sea con todo respeto para sus señorías, que al menos no se han subido el sueldo en tiempos de penurias como sus colegas del Parlamento de Canarias.
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