¿ES LÓGICO que unos soldados acompañen por las calles a un paso procesional? En principio, no. Cristo, la personificación del amor, predicó que si alguien nos pega en una mejilla, hemos de poner la otra, no devolver el golpe. Una de las grandes innovaciones morales del cristianismo fue desterrar la Ley del Talión. Resulta congruente, por lo tanto, que la Iglesia católica no vea con agrado determinadas presencias en un acto eminentemente religioso. ¿Cabe aplicar estrictamente esta doctrina a la procesión del Cristo de La Laguna? De ninguna manera. Y no sólo porque toda regla ha de tener su excepción, sino también, como ha señalado el presidente de la Asociación en Defensa de La Laguna, Julio Torres, la presencia de los artilleros en dicha procesión se debe a una promesa sagrada que todos, incluida la Iglesia, deben respetar. Concurre la circunstancia añadida de que los artilleros no desfilan con la bayoneta calada, sino con el arma hacia el suelo en señal de sumisión y respeto. Los artilleros que acompañan al Cristo de La Laguna rinden honor al creador, en representación del Ejército al que pertenecen. Es absurdo tratar de encontrar cualquier signo de belicosidad en esta asistencia.
Más daño le hacen al buen nombre de la Iglesia algunos de los políticos que asisten a la citada procesión del Cristo sin que nadie les diga nada. Hablamos de marxistas-leninistas, volterianos, anticristianos, agnósticos y ateos en general. Los vistosos uniformes de los militares aportan solemnidad a este acto religioso; las cínicas levitas de los no menos cínicos políticos, en cambio, generan un halo nauseabundo que desluce un acontecimiento augusto, fundamentalmente porque esas personas participan en algo en lo que no creen. Simplemente acuden a la procesión para que los vean.
Sin abandonar el tema religioso, le recordamos a nuestros lectores lo dicho en un mojo días atrás. Uno de nuestros comunicantes habituales nos informaba, y así se lo transmitimos a nuestros lectores, de que en determinado domicilio de La Palma se están reuniendo, desde hace algún tiempo, tres significativos palmeros. Uno de ellos ocupa un altísimo cargo en el Parlamento de Canarias; los otros dos son personas que ostentan también puestos relevantes, aunque en la jerarquía de la Iglesia católica. El objetivo de sus reuniones es establecer una tercera diócesis en Canarias, que tendría su sede en La Palma. Con tres diócesis ya podría existir un arzobispado, cuya sede estaría, cómo no, en Las Palmas. Mientras tanto, están dejando hundir intencionadamente la catedral de La Laguna, con el fin de que la única existente en Canarias sea la de Las Palmas. En definitiva, un capítulo más de la continua rapiña canariona.
Sin abandonar La Laguna, nos permitimos decirle a la ex alcaldesa de esta ciudad que, puestos a elegir, la mejor opción para ella era quedarse al frente del Ayuntamiento. Ana Oramas ha realizado una gran labor en La Laguna. Como diputada en las Cortes de la Metrópoli, se lo hemos dicho muchas veces y lo repetimos ahora, es una mera curiosidad. En Madrid no le hacen ningún caso. No vamos a reiterarle que allí la ven como una indígena o una aborigen procedente de un país lejano; nos quedamos en que Ana Oramas es en Madrid un exotismo isleño, nada más, aunque ella esté contentísima porque le permiten ejercer la política pura. ¿Y eso para qué sirve, doña Ana? ¿Le aporta algo a los canarios?
La realidad es que tanto Ana Oramas como Javier González Ortiz y Ramón Miranda (los tres citados ayer en la columna "A fondo" que firma Roger) desconocen lo que es el auténtico nacionalismo. Si cualquiera de los tres fuese nacionalista, como afirman, deberían reclamar ya la soberanía. Estamos hastiados de sus peleas internas, de la misma forma que nos asquean los partidos estatales que nos someten a Las Palmas y a Madrid. De los falsos nacionalistas podemos afirmar que nos repugnan, pues siguen engañando al pueblo para colmar sus ambiciones personales. Están jugando con fuego, y la gente ha empezado a despreciarlos. Puede que en los próximos meses aumenten los abucheos a que se ven sometidos cuando acuden a actos públicos; puede que reciban alguna pedrada. Esto sería lamentable pues nosotros siempre hemos abogado por las actitudes pacíficas, de igual forma que debe ser pacífica la transición hacia nuestra soberanía.
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