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14/nov/08 07:26
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Hablemos de economía

La delgada línea que separa lo elegante de lo hortera, la clase de la chabacanería, la prudencia del error, es tan frágil como la que separa la solvencia de la liquidez. Si la solvencia en lo bien entendido es la ausencia de deudas o la proporcionalidad de éstas respecto a los respaldos que las apoyan o avalan, la atención rigurosa a los pagos u obligaciones que se contraen, y la ausencia de riesgos, más allá de lo que se pueda permitir o afrontar.

Casi todas estas variables que conforman la solvencia, son manejables y manejadas por un buen y leal administrador, hacen de verdad a una empresa, cualquiera que sea su dimensión, sólida, segura y fiable. La liquidez, en cambio, es un parámetro más difícil de controlar. No depende de los errores propios, ni de los clientes solamente o de nuestros deudores, sino de elementos exógenos a nuestra gestión y de la impecable actuación de un solvente redomado que difícilmente puede preveer los errores de los demás.

Los solventes que se quedan sin liquidez están abocados a la insolvencia en breve, ya que lo verdaderamente líquido es el dinero y tenerlo "apalancado" hasta ver si hace falta no sólo es carísimo en términos de comparativo, sino en términos reales, y sobre todo fiscales. Y hasta ahora parecía un disparate. Hasta ahora.

Nos obligan a invertir o a gastar para no poner trabas en las ruedas de la economía, pero, a su vez, no nos garantiza nadie el buen fin de nuestros esfuerzos, productos o ahorros.

Así pues, el solvente deviene en insolvente por falta de liquidez, dado que esta se produce antes de que tenga oportunidad de sacar al mercado las garantías de su solvencia, entre otras razones porque en retroceso es muy difícil realizar los activos, los que se realizan son a costa de pérdidas fuertes de patrimonio y no siempre con cobros ciertos en efectivo.

Ocurre esto hasta en fondos de pensiones que los depositarios de los mismos han asociado a mercados de riesgo, a mercados variables y, sobre todo, a cubrir sus cuantiosas aventuras empresariales, que hacen que la labor de "in vigilando" o anticipando no la realicen con prontitud por proteger sus intereses las más veces inadecuados y poco favorables a los impositores.

Así pues, esto es algo que nos afectará a todos, al empleo sobre todo; a los que puedan financieramente despedir a parte del personal, mal menor para salvar al resto y a los que no puedan, con lo que abocarán al cierre a muchas empresas.

Pocos se escaparán de esta crisis, por lo que hay que agudizar el ingenio, reducir superfluos y, sobre todo, adelgazar el Estado "improductivo". Ya no hay chocolates del loro, todo céntimo es importante y necesario.

L. Soriano

Una madre indignada

Cada día que pasa me planteo más y más ¿en qué Estado de derecho vivo? Nuestros jóvenes no pueden salir un fin de semana por la noche sin que sean asaltados, pisoteados y humillados en plena calle, como delincuentes comunes por el mero hecho de ser jóvenes: "No me mires a la cara", "te doy una cachetada" son, entre otro tipo de desprecios, lo que oyen. Dios sabe que siempre he creído en la justicia y en la sociedad integrada y abierta en todas sus dimensiones, pues yo misma fui criada en una moral de respeto y tolerancia, pero lo que estoy viendo ahora mismo me pone los pelos de punta. Cuando tu hijo te cuenta cómo fue tratado una noche de un sábado, primero por un cuerpo policial y, pasadas unas horas, por otro por el mero hecho de ir caminando por la calle, cuando se supone que están para velar por la seguridad del ciudadano no para ponerles un tapón en la boca y no tener derecho a nada, primero te amenazan y luego actúan, estoy muy decepcionada. Por tanto, señores, protesto abiertamente porque yo parto de que fui criada con un uniforme en casa al que siempre respeté y admiré, y ahora que tengo hijos mayores, no sólo tengo que pedirle a Dios que no les pase nada y me los proteja cuando salen a divertirse por la noche como juventud que son, sino también que no se tropiecen con la Policía, para que no me maltraten lo más grande que tengo, mis hijos, pues muchos de ellos no respetan el uniforme que llevan y actúan como matones.

Eso, señores, lo vemos a diario en otros países, sin ánimo de ofender a nadie, por favor. Pero que esto suceda aquí, me duele porque no parece una democracia, sino una dictadura. Esto no va a parar hasta que no toquen al hijo del político de turno o al hijo de un juez o abogado. Mientras tanto, el pueblo llano cada día irá viviendo en la sociedad del miedo.

Desde aquí les pido que actúen con profesionalidad y no clasifiquen a todos por igual porque no siempre el que va vestido, digamos, más informal es el delincuente; a veces es más delincuente el que va de traje de marca y pasea delante de sus narices como una persona de "bien".

Reflexionen por qué nuestros jóvenes ya no creen en nada ni en nadie.

J.H.A.V.

(La Laguna)

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