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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Internacionalista de andar por casa

11/nov/08 07:24
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TENGO delante la lista de presidentes de gobierno o jefes de Estado a los que Barack Obama se ha dado prisa en llamar. No veo el nombre de José Luis Rodríguez Zapatero. Al menos hasta ayer por la mañana, las ocupaciones del presidente electo de los Estados Unidos le habían impedido marcar el número del Palacio de la Moncloa. Bien es verdad que tal descuido posee otra explicación menos lacerante para el orgullo patrio: conocedor Obama de lo muy ocupado que anda estos días el hombre del talante, ha preferido no interrumpirle su labor preparatoria de la cumbre del G20, a la que asiste vergonzosamente de prestado. Distraerlo en estas circunstancias hubiese supuesto una crueldad. Además, los asesores de Obama le han dicho que durante el pasado fin de semana, cuando el futuro mandatario del Imperio realizó sus múltiples llamadas a los países amigos pero no a su nuevo aliado incondicional de Madrid, el presidente del Gobierno de España tenía entre manos darse un baño de multitudes en Las Palmas, donde elegían a López Aguilar como secretario general de los socialistas canarios. Who is Aguilar?, dicen que preguntó Obama. Trataron de explicarle que se trata de un joven político isleño, con brillante currículo académico e infinito tesón mitinero; en definitiva, un entusiasta del cambio gringo, que asistió, sentado en la penúltima fila, a la convención de los demócratas en Denver. Obama, la verdad sea dicha, no recordaba al personaje, pero mostró cierto interés cuando el edecán añadió que mister Zapatero acababa de anunciar, precisamente en Canarias, la necesidad de una profunda reforma del sistema financiero internacional como única solución a la crisis planetaria. La posibilidad de una receta milagrosa, para mayor abundamiento aportada por alguien que hasta hace un par de meses negaba la existencia de la debacle económica, suponía un acicate añadido para el próximo ocupante del Despacho Oval. Where is Canarias?, preguntó de nuevo don Barack. El edecán le acercó, presuroso, un atlas que el afroamericano observó con atención. Here, the Canary Island, my boss, le indicó el asistente señalando con el dedo unos puntos cerca de la costa occidental africana. Obama frunció ligeramente el entrecejo para enfocar con más claridad. Oh, yes; near Casablanca. Al inmediato presidente le sonaba ese nombre de la película protagonizada por Bogart. Entonces recordó que también tenía pendiente una llamada a Mohamed VI, aliado de verdad en la zona. Lo de Zapatero podía esperar.

Prescindiendo de la ironía en estas líneas finales, lo sorprendente no es que Rodríguez Zapatero haga un derroche de internacionalidad -como si él supiera de eso- en el cierre de un mitin, pese a que el auditorio incondicional de un mitin suele aguantar estas paridas con entusiasmo, y se anuncie como el gran estratega de una reunión a la que, insisto, se sentará en una silla prestada. Lo prodigioso es que conserve tanta credibilidad ante la ciudadanía, a pesar de su inoperancia frente a lo que está cayendo. Una vez más ha demostrado que es hábil en el arte de escurrirse. Da palos de ciego, pero vende bien su ignorancia política. Le ayuda, sobra repetirlo, el componente altamente politizado del voto español. En ese país antes maldito y ahora de sus sueños, que pronto presidirá su pretendido amigo Obama, le costaría bastante más vender motos sin ruedas.

rpeyt@yahoo.es

 

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