QUE EN LA PUERTA de los baños en los bares llaman señora y caballero a cualquiera, se sabe. Y qué quieren que les diga. No porque puedan o no puedan serlo, que eso no es asunto mío y no viene al caso, sino porque dudo que alguien aprecie todavía el valor intrínseco de esas palabras. Ahora, honrado es sinónimo de tonto, la señora una especie casi en extinción y el caballero una antigualla. No exagero. Lean y comprenderán, pues yo aún no salgo de mi asombro.
En uno de tantos cócteles -porque ahora sin un cóctel no se inaugura nada, no se presenta nada, no se clausura nada... vamos, nada de nada-, oigo a unos elegantes caballeros, de esos que se jactan de serlo, hablar de la crisis que nos acecha y del peligro en ciernes de perder el puesto de trabajo, argumentando que gran parte de la culpa la tenemos las mujeres y los inmigrantes ¡Y no se les arrugó el traje ante el peso de la sentencia! Por ello, escribiremos en otra ocasión de los inmigrantes, en su mayoría la mano de obra barata que realiza los trabajos más ínfimos, aunque su cualificación en origen pueda ser muy superior al puesto que ocupan. Pero la velada acusación al género femenino bien merece una exoneración.
Estoy plenamente convencida de que la masiva presencia de mujeres en el mundo laboral e intelectual, que no en el social, molesta a estos machistas que muestran una actitud beligerante hacia nuestro sexo, un residuo difícil de erradicar y que proviene de culturas arcaicas. Un tiempo en el que la realización personal de una fémina pasaba siempre por ser una madre modelo, una esposa ejemplar, triunfar en la cocina, hacer calceta y adornar, de ser posible, en las escasas ocasiones en que el marido precisaba de su silenciosa compañía en algún encuentro profesional y oficial "con señoras". A las "otras" se las llevaba de copas y de viajes de trabajo.
A las mujeres nos ha costado escalar puestos en la sociedad laboral y nuestro "éxito" está siempre cuestionado. Se nos exige el doble, en gran parte merced a que aún perviven las señoritas ociosas e intrascendentes que se afanan, monísimas ellas, en pescar un marido de posibles o famoso, cuya cuenta corriente les permita seguir cultivando su cuerpo, recauchutándolo y operándolo a diestro y siniestro en una loca carrera por detener la lozanía de la juventud. Su desinterés por los sucesos del mundo, su falta de preparación en muchos campos y su culto a lo intrascendente son estigmas que inevitablemente nos siguen acompañando, pues somos muy dados a generalizar, como marca de la esclavitud de épocas pretéritas en que para sacar el carné de conducir se precisaba la autorización del marido.
Estas mujeres "perfectas" no molestan a los "elegantes caballeros de los cócteles", al contrario, les alegra algo más que la vista. Su pesadilla son esas otras que logran destacar profesionalmente, sea en el campo que sea, y a las que se les exige el doble en todo, teniendo que demostrar continuamente su capacidad y permaneciendo siempre bajo sospecha. El alcanzar un puesto relevante da lugar a voces maliciosas, a comentarios desafortunados y perspicaces, a miradas inquisidoras, a la búsqueda de causas espurias y a motivaciones sexuales. Son frecuentes frases como: "siempre se ha dicho que tiran dos tetas más que dos carretas", "a saber con quién se habrá acostado para conseguirlo", "ya se sabe que el que tiene padrinos se bautiza", y como ven ninguna de estas referencias alude a la valía personal, al esfuerzo laboral, a las titulaciones universitarias, a la dedicación exclusiva? La envidia corroe las entrañas de los que no consiguen despuntar, su mediocridad no les permite valorar en justa medida al contrincante, les basta con considerar que su triunfo viene dado porque han hecho cosas que ellos no están dispuestos a hacer. Propician que la sombra de la sospecha se cierna sobre el éxito de los demás, sobre todo, si se trata de mujeres.
Esta injusta apreciación se está viendo agravada con la crisis. Todos vemos peligrar nuestro puesto de trabajo y se recrudece el ambiente laboral. Si los compañeros, además, son del género femenino, se reaviva la hoguera de la guerra entre sexos, signo inequívoco de que la sociedad no está tan avanzada como parece, y que muchos prefieren por compañera a una mujer florero en lugar de una profesional cualificada.
Como ven, el valor propio de las palabras señora y caballero está pasado de moda. Son términos que pierden propiedad, que se usan con excesiva ligereza, máxime cuando prima lo más bajo de la condición humana: la capacidad de denostar al contrario simplemente porque vale más que tú o, al menos, lo intenta. Parte de la solución a la crisis reside en ser honesto con uno mismo, conscientes de nuestras limitaciones, esforzándonos en trabajar más, en ser mejores, pero, sobre todo, en tratar a nuestros congéneres como a iguales, teniendo siempre en cuenta que el valor intelectual no reside en los genitales y que las mujeres podemos cumplir con la grata tarea de ser continuadoras de la especie y desempeñar, al mismo tiempo, una tarea profesional con la misma efectividad que un hombre.
Me gustan los señores que valoran la capacidad intelectual de la mujer, que reconocen su aportación al entramado social y al desarrollo económico del mismo, hombres que piensan con más de una neurona y que ante la puerta del baño entran en el de "caballeros" compartiendo la dignidad de la palabra, haciendo uso de distinción, honorabilidad y educación, algo que nada tiene que ver con su condición de ser sexuado. No es lo mismo ser un caballero que un caballerete. Con los primeros se sale de la crisis, con los segundos nos hundimos en el pozo de las miserias, las mismas que les llevan a denostar en los cócteles a la condición femenina.
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