Tenerife Norte
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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

El Puerto que recuerdo

5/nov/08 07:26
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A pesar de todo sigo yendo al Puerto con frecuencia, una costumbre que mantengo desde hace 45 años. Mejor dicho, más de 45 años, porque estos corresponden a mi vida profesional. A ellos habría que añadir la época en que las visitas fueron sólo de carácter lúdico, festivo, puesto que en aquellos años únicamente en el Puerto de la Cruz encontraba la juventud lugares para divertirse sin trabas ni cortapisas. Venía el turismo -más bien las turistas- y nos encandilábamos al verlas en la plaza del Charco y las calles adyacentes, rubias, con los ojos intensamente azules y su piel blanca, casi transparente. Venían de lugares donde la libertad -al menos eso nos decían- se ejercía plenamente. Allí, en los cines se proyectaban películas que la censura aquí prohibía, se podían leer todo tipo de libros y revistas y la gente se vestía sin estar mediatizada por las normas del decoro, en nuestros lares excesivamente conservadoras. En el Puerto las cosas eran ya en aquella época distintas. Se miraban con una visión diferente porque el país necesitaba turistas, y había que transigir y admitir costumbres de allende los mares. Minifaldas, bikinis, borracheras y bingos tuvieron que ser admitidos, sin que la Policía interviniese a menos que el desaguisado bordeara el escándalo.

Fue a partir de los años 60, sin embargo, cuando la ciudad experimentó el cambio que la transformó en una referencia mundial para el turismo. Nació la avenida de Colón, los grandes hoteles -Orotava Garden, San Felipe, Oro Negro, Martina, Tenerife Playa...-, el parque marítimo y otros muchos hitos que se convirtieron en verdaderos iconos de la ciudad, por cuyo motivo fue destino preferido para quienes por entonces disponíamos de vehículo para desplazarnos. Entrar en el Puerto por el Botánico -era la única carretera que había por aquel entonces- suponía un auténtico espectáculo, pues si bien en la costa conservaba todavía su aspecto marinero también era palpable ya el futuro que le esperaba. Debido a mi profesión tenía que ir allí un par de veces por semana, y aunque suele decirse que los cambios se aprecian sólo cuando transcurre cierto tiempo entre una visión y la siguiente, no ocurrió esto conmigo. Asistí a las excavaciones que se hicieron para levantar docenas de edificios; pisé el cemento, la arena, las viguetas y las bovedillas que forjaron sus estructuras de hierro u hormigón; me encaramé -dorada juventud- por escaleras de gato hasta niveles situados a 30, 40 y 60 metros de altura, y desde allí fui testigo de ese crecimiento de la ciudad que parecía imparable. Se cometieron entonces, hay que reconocerlo, muchas insensateces que ahora la ciudad está pagando, pues creo que no existía ningún plan de ordenación urbana que mereciese ese nombre, ya que, sobre todo en las nuevas urbanizaciones, se empezaba a construir, como suele decirse, por el techo: se terminaban chalés, adosados y también edificios sin estar asfaltadas las calles o terminadas las instalaciones elementales de agua, luz y teléfono. Sin ir más lejos, la evacuación de aguas negras se dirigía hacia pozos negros, si bien, todo hay que decirlo, se preveía su enganche a un futuro alcantarillado que nadie sabía si algún día se haría. Lamentable, diríamos ahora, pero no vale la pena lamentarse porque esa actitud fue, mal que nos pese, la que forjó nuestra envidiada posición en el ranking del turismo.

Lo que sí resulta lamentable es que el esfuerzo realizado en aquel entonces por hombres cuyos nombres todos recordamos se haya ido al traste. La ciudad, hay que decirlo sin ambages, C.Q.C., no es la sombra de lo que era. Como dije al principio, sigo visitándola cuando se me presenta la ocasión -ayer mismo estuve en ella-, y aunque se ve mucha gente callejeando el aspecto general es penoso. Suciedad, calles en mal estado, descuido en la conservación de los lugares emblemáticos, falta de profesionalidad en muchos de los que tienen que atender a los visitantes, etc.: esa es la primera impresión que se lleva el que se decide a pasar sus vacaciones en la primera ciudad turística del Archipiélago; incluso podríamos decir que fue la que inventó el turismo, gracias a los británicos.

Una de las ventajas que continúa teniendo el Puerto es su escasa extensión. Gracias a eso el turista la "patea", recorre la Ranilla y Punta Brava, se recrea con el extraordinario espectáculo que ofrece el Loro Parque, pero habría que rogar a Dios que se canse al realizar ese recorrido y que no tenga tiempo de acercarse al futuro parque marítimo. Y digo futuro por decir algo, porque hasta el futuro tiene sus limitaciones y resulta evidente que el suyo ya se pasó. ¿Cuántos años lleva en "stand by" ese elemento indispensable para que el Puerto vuelva a ser lo que fue? No creo que haya sido sólo el factor económico lo que ha motivado su conversión en un inmenso aparcamiento: yo diría que han sido la desidia, la falta de personas -no pienso sólo en los concejales- que lideraran el proyecto, la apatía general y creer que ya estaba todo conseguido los que han provocado la situación actual. Habla uno con viejos portuenses, con gente que conoció el pasado, y lamenta el presente, y también con jóvenes emprendedores que desean abrirse paso en la ciudad que los vio nacer, y en todos se percibe la desesperanza, la convicción de que el deterioro es general y que ya no tiene remedio.

No deberíamos decir, como en el Cantar de Mío Cid, "¡qué buen vasallo si hubiere buen señor!", porque no sería lógico achacar todos los males que soporta el Puerto a su ayuntamiento ya que han sido muchas las circunstancias que han propiciado su actual situación. A nadie se le oculta, sin embargo, que unos concejales partidistas que piensan más en su promoción que en la de la ciudad que rigen no son las personas más apropiadas para lograrlo. Aunque ya lo han dicho otros comentaristas de este periódico, no me resisto a unir mi voz a la de ellos. Si tanto alardean de que su único objetivo es el bien de su ciudad, que lo demuestren. Basta ya de luchas intestinas, de insultos e injurias más o menos intencionados. Si están, como ahora se dice, "liberados", piensen que el ayuntamiento es la empresa que les da el sueldo que reciben, y que para recibirlo hay que ganárselo. Cuando la clientela -el pueblo- no está satisfecha, las ventas disminuyen, se corre el peligro de ir a la quiebra, lo que en términos políticos podríamos asimilar a un cambio de criterios llegado el momento de las próximas elecciones.

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