EL LUNES me encontré al Padre Antonio en una calle del Puerto de la Cruz. Estaba esperando a que le tomaran unas declaraciones para un programa de televisión. "Cuánto tiempo", me saludó sonriente. Mucho. La primera noticia que redacté para un periódico se titulaba "Punta Brava sigue sin iglesia". En aquella época ya lejana, el Padre Antonio casaba a las parejas y bautizaba a los niños de este barrio portuense en plena calle. Cuando llovía, la ceremonia se celebraba bajo los paraguas.
Después Punta Brava tuvo su iglesia y su hogar de Santa Rita. Primero el inicial y más tarde el segundo. En varias ocasiones los he visitado. Una vez me pasé toda la tarde en uno de ellos. Me gustaría tener palabras para describir cómo si iluminaban los rostros de los ancianos cuando veían entrar al Padre Antonio. Podría decir que era como si viesen a Dios, aunque esta comparación quizá no le guste mucho a un hombre bueno, que antes de sacerdote fue boxeador, y se licenció en Biología -con título verdadero y tangible, no de los otros-, y todavía tuvo tiempo para redactar un manifiesto, junto a unos amigos intelectualmente tan inquietos como él, contra la existencia de Dios. Luego se cayó de su propio caballo, como Pablo camino de Damasco, y desde entonces ha dedicado su vida a predicar la palabra de aquel al que antes negaba.
"Te leo siempre", prosiguió el Padre Antonio en nuestro breve encuentro de anteayer. "Un día de estos tengo que escribir algo sobre el hogar de Santa Rita", le dije a modo de disculpa usual. "Pero nunca escribes; bueno, ya sé que hay cosas más importantes".
Desde luego que sí, pensé para mis adentros. Una hora antes había estado debatiendo asuntos sumamente interesantes en un programa de radio. Si no me falla la memoria, empleé varios minutos en discutir con Luz Belinda -una colega a la que siempre he apreciado- la conveniencia o no de que al presentar a la nueva presidenta de CC se dijese de ella que estaba soltera. Con Rafa Luque, periodista al que también estimo, discutí durante otro buen puñado de minutos si Ángel Llanos poseía más méritos electorales que Cristina Tavío porque había obtenido 700 votos más que ella -o algo así- en las últimas elecciones municipales. La política, la política y siempre la política. Y cuando cansa la política, pues no un poco, sino mucha frivolidad. Un desfile de mises por aquí, un concurso para mongólicos por allá, la doña de turno contando sus íntimas vergüenzas a un auditorio en esencia cretino, y el de la moto describiendo ante el intrépido reportero del informativo del mediodía el accidente que él no vio, pero del que conoce todos los detalles porque se lo contó el novio de su hija. Comprenderán ustedes que ante tanto ajetreo, ante tal cúmulo de asuntos excepcionales, ni yo ni nadie tenga un minuto para los ancianos desalojados tras el incendio de Santa Rita. En cualquier caso, estoy seguro de que el Padre Antonio sí lo entiende; él lo entiende todo. Hasta que desde las instancias oficiales le pongan impedimentos para desarrollar una labor de la que, si en este país quedara un poco de vergüenza, deberían ocuparse precisamente esos organismos públicos. En fin, mañana volveré a la política.
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