COALICIÓN Canaria es una formación política derivada de las agrupaciones insulares integradas en las AIC, así como de otros partidos. Creíamos que su esencia era el nacionalismo, pues nacionalistas se denominaban ellos mismos. Ser nacionalista supone hacer todo lo posible por vías pacíficas, siempre con un diálogo inteligente, para que Canarias adquiera la categoría de nación. Un partido que renuncie a esto puede ser cualquier otra cosa, pero no un partido nacionalista.
Canarias reúne todas las características de un país soberano. Sus recursos son infinitos y, además, concurre la circunstancia de que otros territorios con menos extensión y menos población que el nuestro tienen asiento y bandera en la ONU. Rotundamente, Canarias es una nación. Rotundamente también, y para su desgracia, Canarias es una colonia disfrazada de autonomía por los españoles, que obedece por la fuerza las consignas que recibe de los gobernantes de la Metrópoli. Las consignas y también los caprichos, despotismos y vaivenes de la política española, hoy absolutamente desprestigiada a nivel internacional debido a una torpe estrategia de Zapatero y su Gobierno. Un Gobierno de España, lo repetimos una vez más, insensible con la realidad canaria, que a veces tiene la deferencia de echarles unas migajas a los políticos de los partidos estatales con asiento en las Islas para que se callen. Lamentablemente, los diputados nacionalistas que ejercen la política pura en Madrid también se prestan a este juego.
No son estas nuestras únicas aflicciones. El Archipiélago sufre asimismo la desunión que provoca la tercera isla en superficie y otros aspectos que hoy preferimos no mencionar. Durante décadas, Canaria hizo cuanto pudo para arrebatarle a Tenerife la capitalidad. Al no conseguirlo, fomentó y consiguió la división provincial, obtenida durante la dictadura del general Primo de Rivera. De esa forma provocaron los políticos de Las Palmas que se rompiera la unión existente entonces. Por lo demás, su pertinaz ambición para conseguir que Canaria se convierta en la isla hegemónica impide que el Archipiélago marche unido hacia el estatus de nación soberana.
La tercera isla está favorecida por los partidos estatales PP y PSOE. También bregan a su favor los practicantes en Tenerife de esa política pura que mencionábamos anteriormente, como también lo hicieron en el pasado un par de presidentes autonómicos que se volcaron en Canaria, incluso a costa de traicionar a su propia isla y a los ciudadanos que habían votado por ellos.
Canaria y los partidos estatales que tanto la han protegido, incluso fomentado el traslado a Las Palmas de empresas públicas y privadas (consulados, Telefónica, Unelco, etcétera) impide la unidad de Canarias y es el único manchón en nuestra futura soberanía. No obstante, los políticos de esa Isla entrarán en razones cuando Europa, la ONU y el mundo entero le exija al Gobierno español que ponga fin a la ignominiosa condición colonial de Canarias. En realidad, todos entrarán en razones cuando los habitantes de este Archipiélago entiendan que resulta preferible vivir libres a permanecer enjaulados y sometidos al despotismo de los gobernantes peninsulares. ¿Por qué tenemos que seguir sufriendo a los amantes de la españolidad, a los nacionalistas teóricos y a los timoratos que temen un futuro en libertad?
La situación del nacionalismo canario es confusa. Lo hemos dicho muchas veces y lo repetimos ahora. Sin embargo, queremos ver a lo lejos la luz de cierta esperanza. Aunque no ha habido declaraciones expresas al respecto, parece que la refundada CC reconoce por fin a la nación canaria como país soberano. Es un buen paso.
Cierto que a los perros de la ira y la prensa serpiente canariona todo esto les sienta mal, pues temen perder sus privilegios, su hegemonía en potencia y, sobre todo, el "gran": ese epíteto que nunca le ha correspondido a Canaria y que jamás le corresponderá. Qué desfachatez la de ciertos políticos tinerfeños y la del Parlamento de Canarias en su conjunto, que le permiten usar el "gran" a la isla tercera de manera engañosa.
Es una pena, lo repetimos, que la ambición de los dirigentes políticos canariones sea un obstáculo para conseguir nuestra soberanía. Pese a ello, Canarias posee todos los derechos y atributos del mundo para ser una nación. Que se convenzan los que aún no están convencidos. Nosotros ya lo estamos. Urge que todos tomemos conciencia de la imperiosa necesidad de sacudirnos el yugo colonial que nos fue impuesto en el pasado, mediante la masacre de multitud de hombres, mujeres y niños. Un genocidio que cometieron quienes hoy en día son admirados por los amantes de la españolidad.
Como decimos, se atisba una esperanza en el horizonte. Los nacionalistas canarios y cuantos aspiren a que recuperemos la condición de nación soberana contarán con nosotros si esos son sus objetivos. Esta nueva situación para el Archipiélago supondría también una nueva estructura administrativa y política, que propiciaría la incorporación a las tareas de Gobierno de otra clase dirigente capaz de sustituir a la podredumbre actual.
Allá los partidos estatales con su Canaria del alma; allá Canaria con sus partidos estatales del alma. Preferimos que sean las siete islas, con sus islotes, las que caminen unidas hacia la libertad. Pero si los políticos canariones persisten en entorpecer el proceso, no nos quedará otro remedio que prescindir de ellos. Qué bonito será el día en que nos reconozcan en el mundo entero como canarios de la nación canaria. ¿Por qué hemos de perpetuar la vergüenza de ser españoles de tercera o cuarta categoría? O, peor aún, ultraperiféricos.
Pongamos manos a la obra desde ahora mismo. Lo más tarde mañana, jueves 30 de octubre, cursemos una petición de audiencia al Palacio de la Moncloa, o incluso al de la Zarzuela, para plantear en las más altas instancias del Estado que nos sojuzga nuestro inaplazable deseo de ser libres. Si los políticos de CC carecen de contactos internacionales, que acudan al abogado Antonio Cubillo. Pídanle ayuda a Bush, o en su defecto a McCain o a Obama; el que gane las elecciones. Sin duda Zapatero dirá que no, pero al mundo entero no le importa lo que diga la metrópoli española.
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