NO ESPERÓ casi nada el presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, para destapar, inmediatamente después de su toma de posesión, uno de los más graves problemas que padecen nuestras Islas desde hace demasiado tiempo y que, en los últimos meses, se ha visto agravado por la difícil e inescrutable situación económica instalada sobre el planeta. Hablamos del preocupante paro, que no deja de subir y que enturbia situación hasta el momento controladas. La inquietud del presidente se centra, sobre todo, en aquellos canarios que no terminan de encontrar un puesto de trabajo y a los que pretende rodear de ciertas prioridades. Asimismo, no transcurrió mucho tiempo para que, desde distintos ámbitos, calificaran estas intenciones de xenófobas. Se contempla, pues, que el poco o mucho (más bien poco) trabajo que se cree en Canarias debe o debería de ser para los canarios, con lo cual se implica, queriéndolo o no, a los empresarios, a quienes se les obligaría a realizar una serie de contratos destinados a la gente de casa en perjuicio de todo aquel foráneo que viniese por aquí. Pero los problemas e interpretaciones están en el propio Estatuto de Autonomía, que define al canario como todo aquel que vive en el Archipiélago y en cualquier foro se pueden crear situaciones nada razonables e incluso desagradables. Esta contratación de residentes ha provocado ciertas controversias a pesar de que desde el Ejecutivo se insiste en que la iniciativa es plenamente constitucional.
Un godillo venido a menos (a quienes viven aquí no es necesario explicar la diferencia entre godo y peninsular... pero habrá que recordarlo), se encontraba el otro día más que exaltado defendiendo la postura del libre mercado de trabajo. Por descontado, ni siquiera rozaba la sinceridad en sus exposiciones porque hablaba desde una total subjetividad que marcó para siempre su origen peninsular, su transformación en godo una vez establecido en esta tierra (caso realmente inusual pero comprensible, conocida su inclinación hacia el lameculismo con sus jefes de Madrid, en perjuicio de los trabajadores canarios a sus órdenes), y su travesía a través de distintas organizaciones hasta llegar a su actual posición de absoluta ambigüedad entre los socialistas y los neonacionalistas, aunque sin dejar sus viejas amistades entre los "populares", lo definen como un espécimen absolutamente impresentable. y así sigue, no vaya a ocurrir que alguien, un día, pregunte por sus orígenes. Con lo cual sí se entraría en los resbaladizos terrenos xenófobos que, por otra parte, están salpicados de hipocresías. Son estos indeseables los que, a lo largo y ancho de la historia de Canarias, han forjado la espantosa figura del godo, aquel analfabeto e inepto que, a las órdenes del poder impuesto, dificultaba, con todas las acciones inimaginables, el acceso del canario a puestos de trabajo y de responsabilidad. No nos estamos inventado nada y ahí están los hechos comprobables en cualquier organismo estatal donde impera el funcionariado peninsular, uno de los factores que han influido en este proyecto del Gobierno autónomo ante la penosa historia de servidumbre del pueblo canario, a la que hay que sumar la incontrolable ocupación de la inmigración regular e irregular.
El presidente Rivero apostó por un pleno empleo para el 2013. Lo que sucede es que la crisis se le ha subido a la espalda y es harto difícil quitársela de encima. En el horizonte existe un tercer Plan de Empleo con aportación de fondos europeos. Pero Bruselas considera sin ambages la libre circulación de trabajadores... comunitarios. En Canarias, la libre circulación no es que sea sólo comunitaria: es ya planetaria y ahí radica la preocupación del presidente ante la falta de preparación del trabajador canario, motivada por la propia idiosincrasia y por la marginación histórica a la que se ha visto sometido. Con los recursos que aquí se generan, y que, por cierto, nadie sabe dónde van a parar, con los que lleguen desde más arriba de los Pirineos y con una formación que ya no admite demora alguna, se pueden subvencionar un montón de categorías profesionales que posibiliten un desarrollo digno de puestos de trabajo. Pero, por favor, que no resucite ningún Icfem.
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