EL DESPLOME de la arquitectura financiera internacional es de una evidencia tan palpable que ya nadie lo cuestiona, ni siquiera el optimista camuflado, Rodríguez Zapatero. Esta hecatombe que está cambiando el mundo es puro calco con la acontecida tras la caída del comunismo simbolizada en el derrumbe del Muro de Berlín.
La etapa de exuberancia y despilfarro ha tocado a su fin. El mercado según los monetaristas amparados en la teoría de Adam Smith, el padre de la economía capitalista, ya no es capaz de regularse por sí mismo. El mercado como tal ha muerto, se ha autodestruido por su propia voracidad. La autofagia a la que ha estado sometido fue debida también a su propia ceguera, que hace que el sistema se encuentre dando palos de ciego en un vacío lleno de dragones y de monstruos difíciles de dominar.
Esta situación de descalabro ha venido a confirmar una ley cínica que da pábulo y sostenimiento a la economía liberal, cual es que se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. O sea que la solución en estos momentos de bancarrota es que se hace pagar a los pobres, al hombre de la calle, al que vive al día las excentricidades fantasmas y hasta cierto punto irracionales de los banqueros. Y lo peor es que ahí no queda la cosa sino que se los amenaza con empobrecerlos aún más.
A este respecto hay una anécdota, desagradable y muy curiosa referenciada al país de las grandes finanzas. Y es que hace unos meses el presidente Bush se negó a firmar una ley donde se pretendía dar cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un coste de 4.000 millones de euros. El presidente norteamericano no accedió considerándolo un gasto que no venía a cuento. Sin embargo, ahora y para salvarle la cara a los inútiles e incapaces de Wall Street, todo lo que se les da parece insuficiente.
Por lo que se ve, aparece la gran contradicción en un país como los EEUU (y no nos coge de sorpresa ni nos llena el ánimo de espanto, y más allí, donde, al decir de Braudillar, la utopía es posible) que es el cogollo del liberalismo y haya instaurado un socialismo para ricos y un capitalismo salvaje para los pobres.
Y para ello, claro está, se recurre a los de siempre para que sigan pagando los platos rotos y los desaguisados de los que, desde atalaya del desconocimiento, y en este caso, del mundo de las finanzas, han condicionado el desastre apareciendo ahora el Estado protector para zanjar y remediar, si es que se puede, la situación.
Así que habrá que darles los buenos días al Estado para que se haga cargo de lo que está tambaleándose y, como siempre, no por sí mismo, sino a costa de los demás; posición que es un tanto indigna, recurrente y ausente de imaginación donde se tira por la calle de en medio. Lo que en el Estado español se concreta en destinar el 15 por ciento del producto interior bruto para reflotar lo que está cuasi hundido.
Pues nada, si es así, consideremos al Estado como el salvador de las patrias rotas y empobrecidas dejando atrás la vieja y desfasada proclama de los que sostenían que el Estado no es la solución sino el problema. Y, además, desearle suerte porque ella será también la suerte de todos , a la vez que sería interesante y alentador que los economistas hoy convertidos en opinadores del desastre ya instaurado se conviertan en predictores de lo que va a acontecer en el futuro más inmediato para poner el remedio a su debido tiempo. Si no fuera así, ¿economistas, para qué?
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