EN mi JUVENTUD no existía el móvil y mucho menos el correo electrónico. Por no tener, no teníamos ni contestador automático. Era la época de aquel teléfono inmenso que se ponía en una consola a modo de exhibición, el que tenía en el centro una rueda perforada que hacíamos girar seleccionando el agujero en el que aparecía el número que nos interesaba. Te tenías que armar de valor para interrumpir la vida familiar y atreverte a usarlo, descolgar el auricular y marcar las cifras que nos separaban de la casa del novio de turno, ya que antes había que responder a todo un cuestionario y oír las oportunas recomendaciones: "no te estés que luego cuando llega la factura tu padre se queja", "no son horas de estar llamando a casa de nadie", "ten cuidado con lo que hablas que el otro día se cruzó la línea y oía fulanito discutiendo con menganito"?
Lejos nos queda en el tiempo la centralita de clavijas, que según cuentan la había en todos los pueblos. Tenía una telefonista al frente, generalmente una correveidile que hacía de periódico local, de cronista de sociedad, de casamentera, de plañidera con los muertos y hasta de confidente con la guardia civil, que para eso era una autoridad. Su entretenimiento era estar pendiente de las conversaciones ajenas y levantar la palanca de la bombilla que se encendía, poner la clavija en el número solicitado y hablar, hablar y hablar?
Las mujeres hemos sido siempre las encargadas de contestar a las llamadas, ya fuéramos madres, hermanas o secretarias, pues los hombres alardeaban que a ellos no los llamaba nadie y que en las empresas importantes siempre había telefonistas, ¡un puesto de responsabilidad reservado a las mujeres que se incorporaban a la vida laboral! Así que cuando se llamaba al novio siempre respondía una cuñada, por lo que tras preguntar si el muchacho en cuestión estaba en casa, era frecuente oír gritar su nombre seguido de algún comentario del tipo: "acaba pronto que estoy esperando una llamada" o "la pesada ésta llama todos los días a la misma hora", a lo que seguía un silencio angustioso en los que se adivinaban gestos indicando que todo se oía, que no era asunto suyo y que dijera que llamara más tarde, pero por fin la voz cantarina del amigo "especial" estaba al otro lado del auricular para, con lenguaje cifrado, quedar para darnos por la tarde los apuntes de latín.
Peligroso era que te contestara a la llamada la madre. A una le parecía que se le notaba el rubor hasta en la voz, muertas de vergüenza respondíamos al cuestionario, a las interrogantes sobre nuestra procedencia, estudios, número de familiares, identidad de los padres, vicios delatores, etc., total que al final se nos olvidaba hasta para lo que queríamos al hijo de sus entrañas, ese para el que nunca hubo ni habrá una mujer que se lo mereciera. En estas andábamos cuando llegó la opción del contestador automático. Habría que hacerle un homenaje al artilugio en cuestión, pues aprovechábamos cuando sabíamos que no habría nadie en casa del susodicho para dejarle un escueto mensaje con la hora de la cita y la coletilla de: "en el lugar de siempre". Claro que esto le permitía dejarnos tiradas en el asfalto, acera arriba acera abajo, como meretrices en busca de clientes, mientras la cuñada resabiada se frotaba las manos al pensar en nuestro abandono y en la escena del día siguiente: nosotras con las uñas mordidas, la rabia en los ojos y el otro sin tener la más remota idea de qué nos estaba pasando.
Ahora las cosas son más fáciles. Las madres ya no preguntamos, las cuñadas tienen cosas más interesantes en las que ocuparse, y cobran protagonismo inusitado los móviles y los ordenadores, vivimos en la era del SMS. La inmediatez y la brevedad se imponen a la hora de comunicarnos, pero siempre es posible que el aparatito esté apagado, fuera de cobertura o en silencio, con lo que podemos quedarnos igual de compuestas y sin novio, expuestas a las miradas de compasión de los que creen que andamos a la desesperada.
Un lacónico "el vjo sta malo, m kdo n casa" llega una hora más tarde, justo en el momento en el que te dispones a cantarle las cuarenta a través del correo electrónico, olvidándonos en que con un clic se borra el testigo de nuestra rabia contenida y se rompe una relación sin soportar ríos de lágrimas y reproches. Es lo que tienen las nuevas tecnologías, que le restan pasión a la cosa, y si no pregunten a todos esos maleducados, a los zafios ignorantes de las buenas maneras que se pasan el día chequeando el móvil en busca del mensaje perdido, a cuantos cada cinco minutos responden a la llamada que le acaba de entrar en la blackberry. Somos cada vez más primarios en modales y elegancia, damos menos importancia a la persona que nos acompaña que al "pi, pi" de una maquinita, y nos dejamos absorber por esa corriente de moda de hablar y hablar por el móvil aunque nada tenga que decirse. ¿Dónde han quedado la poesía de la mirada, el gusto por la palabra, la cultura del idioma, y el encanto de la cortesía?
Menos mal que nos han dejado la dignidad, la ironía y el desprecio, como armas para luchar contra los impresentables.
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