De entre todos los errores que podemos cometer quienes nos dedicamos a la política hay uno en el que se cae con más frecuencia de la que debiéramos. Y ese es, sin duda, el de erigirnos en portavoces de la humanidad entera, de nuestros ciudadanos al completo como si, por el mero hecho de habernos votado, ya tuviéramos que conocer cuáles son sus pensamientos e ideas y, lo que es peor, reinterpretarlos a nuestro antojo. Ese error es aún más flagrante si quien se autoproclama portavoz de las ideas del pueblo, al que trata como una masa informe y sin ideas, pertenece al grupo de quienes no han conseguido el refrendo suficiente para gobernar. Es decir, poco puede representar quien no toma decisiones que afecten a los ciudadanos.
Viene esto al caso porque, el domingo pasado, Manuel Armas, concejal en la oposición socialista del Ayuntamiento de La Laguna, hablaba, en un artículo lleno de ideas inconexas, de su dolor por nuestra ciudad. Yo siento que al señor Armas le duela La Laguna, pero siento mucho más que pretenda hacer creer que su visión pesimista, interesada, oscura, arcaica y, sobre todo, inexacta de la ciudad con más empuje del Archipiélago, es la visión de la mayoría de la gente.
Para desmontar tan desafortunado escrito no hace falta extenderse en argumentos. Es tan evidente que La Laguna ha cambiado, que ha alcanzado su mayor despegue, sus mayores cotas de bienestar en los últimos nueve años, que bastaría sólo con desgranar algunas, las más relevantes, de las acciones que el gobierno de Ana Oramas, apoyado por el Cabildo y el Gobierno de Canarias, ha llevado a cabo en la única ciudad Patrimonio de la Humanidad de Canarias para demostrarlo. Precisamente, en el primer año de su mandato, se conseguía este título, que ha supuesto un hito, entre tantos otros muchos que el municipio ostenta. Y en estos últimos años se ha conseguido sacar adelante un Plan Urban que ha resucitado, literalmente, La Cuesta y Taco, una reurbanización del centro histórico que ha devuelto la vida a sus calles y su comercio; un Plan de Drogodependencias que ha conseguido premios nacionales y sirve de ejemplo para otras ciudades de España; una atención al absentismo que ha merecido la felicitación del Diputado del Común, una remodelación de la avenida de los Menceyes que ha cambiado sustancialmente la principal arteria de conexión de la ciudad con sus barrios, un Plan Especial del Casco que han apoyado todas las fuerzas políticas, incluida la suya?
Por supuesto que La Laguna no es sólo el casco. La Laguna son los barrios y los pueblos, que hoy sí quieren ser laguneros; y los valles, que quieren también serlo. Y la costa, y las montañas, cuyos habitantes se sienten orgullosos de pertenecer a un municipio que es referente dentro de las Islas por su calidad de vida y el respeto a la diversidad de sus núcleos.
Resulta, cuanto menos, incongruente que aquellos que siempre se han jactado de su hegemonía en el centro histórico, señalando de forma despectiva que Coalición Canaria gana en los barrios, se descuelguen ahora con el argumento de que La Laguna no es sólo el casco.
Como resulta vergonzoso que el señor Armas, veterano en estas lides, en lugar de valorar la proyección política de Ana Oramas en el Congreso, gracias a la cual se han conseguido grandes logros para el municipio, critique que no ejerza de alcaldesa a tiempo completo.
Es bochornoso que esas palabras las diga el representante de un partido que promocionó a su ex secretario general, Juan Carlos Alemán, como cabeza de lista de las pasadas elecciones locales, vendiéndolo como el salvador de La Laguna, para luego, al verse derrotado, acudir sólo al primer pleno y dejar en la estacada a sus votantes. El mismo partido cuyo actual secretario general, Juan Fernando López Aguilar, otro salvapatrias, abandonó las islas en cuanto supo que su sueño de gobernar se había truncado. Esa es la coherencia de la que alardea el Psoe canario, cuyos representantes no se cansan de decir que son la voz del pueblo, pero no dudan en huir en cuanto sus aspiraciones de poder se ven frustradas.
Cualquiera de los laguneros de a pie, de los que cada día se levantan con esfuerzo para ir a sus estudios, a sus trabajos, sabe qué es querer a La Laguna y no necesita que el señor Armas se lo diga, ni le dé una pretendida clase de amor cívico que se sustenta en lugares comunes e ideas trasnochadas.
Querer a La Laguna, desde luego, no es maltratarla como ha hecho el Gobierno socialista desde Madrid, negándole el pan y la sal, manteniendo cerrada una Catedral, símbolo importante de la fe para muchos laguneros.
Querer a La Laguna no es obviar sus necesidades sociales, escatimando dotación en los Presupuestos e impidiendo que el gobierno local pueda desarrollar leyes tan importantes como la de Dependencia.
Querer a La Laguna no es criticarla, ensombrecerla y tratar de desprestigiar el trabajo bien hecho, el que han refrendado con su voto miles de laguneros, en lugar de ser una oposición responsable y constructiva y dejar a un lado el rencor y la demagogia de pasillos.
Querer a La Laguna es ser generoso, admitir los logros de quien gobierna y esforzarse por presentar una alternativa que contente a los ciudadanos, que, se lo aseguro, se sienten más orgullosos que nunca de ser laguneros.
Querer a La Laguna es reconocer que Taco, La Cuesta, los Valles, Las Mercedes y sus montes, toda la costa Nordeste, el centro histórico y sus alrededores bullen con más vida que nunca y sus habitantes tienen más oportunidades de las que tuvieron sus padres y abuelos.
Y, sobre todo, querer a La Laguna es no oponerse a su desarrollo, no frenar el imparable ascenso de una ciudad, un municipio que no puede permitirse quedarse estancado sólo porque su oposición tema que el trabajo bien hecho lastre sus aspiraciones de gobernar algún día.
Salga a la calle, señor Armas, párese en las esquinas, camine las piedras centenarias, patee los valles y los montes, baje a la costa y pregunte. Cualquiera, sin mucho esfuerzo, le explicará por qué quiere ser lagunero. Y le dará la clave de qué significa querer a La Laguna.
* Primer teniente de alcalde y
concejal de Urbanismo de
San Cristóbal de La Laguna
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