JORGE DÁVILA, S/C de Tfe.
Este tour por los rincones menos conocidos del teatro Leal nace en el interior de una sala de reuniones cuyos ventanales se abren en dirección a la calle Capitán Brotons. Una enorme mesa rectangular domina una habitación con tres lámparas de fina porcelana -dos de ellas tienen el escudo de Canarias grabado en su blanquecino cuerpo central-, ocho sillas tapizadas en cuero y dos pinturas de un formato mediano, un caserío y una marina, que llevan la rúbrica de Juan Zerep sobre muros de color limón.
Los creativos de la casa británica Fleming & Holland, cuyos orígenes se remontan al año 1780, son los responsables del diseño de los sofás ubicados en el vestíbulo principal, en el salón reservado para los artistas y en los pasillos (cuatro por cada planta). Siguiendo el modelo "Chesterfields", con una tonalidad marrón que roza el tabaco, llaman poderosamente la atención sobre el estuco amarillento de las paredes. A su lado, unas sillas artesanalmente hechas a mano, que dan unas décimas más de elegancia a un espacio empapado de sobriedad. De caoba y piel natural (roja) y con unos clavos de cobre envejecidos. Así son estos asientos que se han colocado en un área que está fuera del alcance de miradas públicas. Avanzamos hacia el patio de butacas.
Los preparativos para la primera función de ópera que se representa en el teatro Leal tras su reapertura ("Il signor Bruschino" e "Il Campanello") impiden ver desplegado el gigantesco telón escénico -color vino- que elaboraron los artesanos de Teviloj, la empresa más afamada del viejo continente a la hora de gestionar este tipo de encargos. Cuatro manos y 148 horas de trabajo. Esos son los recursos humanos y el tiempo empleado para bordar el escudo del teatro Leal -con un diámetro de 110 centímetros- que aparece entre hojas de acanto sobre el telón que se conoce como "guardamalleta".
Bajo el gran mural
Todo el mobiliario ha sido minuciosamente personalizado para la ocasión. Desde los asientos de la sala de ensayo, con un aforo para 140 espectadores, a la treintena de sillas de los músicos que "viven" en el foso. El departamento francés de St. Martín, en los Alpes, es el responsable de sus formas.
Bajo los murales de López Ruiz el silencio es casi sepulcral. Únicamente se fractura cuando un operario pone en funcionamiento una aspiradora para limpiar la alfombra central del patio de butacas o cuando un carpintero martillea el contrachapado de los decorados en los que se ambientan las dos piezas bufas de Gioacchino Rossini y Gaetano Donizettii. La Laguna se preparaba para acudir al rescate del "bel canto".
Al final, en la zona más alejada del escenario, dos áreas especialmente diseñadas para personas de movilidad reducida. A partir de ahí, se organiza el resto del aforo de la planta baja. El grueso, 262 butacas, crecen en dos secciones que están rodeadas por la platea (36). El terciopelo rojo que las "viste" fue tratado -en 1975- por el señor Blanc de la casa Blaford, Fonfuillé, de Lyon y es ignífugo. Esta medida de seguridad también se ha aplicado en los telones escénicos y decorativos. El palco presidencial está diseñado para 8 personas.
Antes de entrar en los recovecos que no están expuestos al público un último vistazo desde el centro del patio de butacas. Desde allí se divisa la majestuosidad del Anfiteatro (102 personas) y la estructura de la Planta Principal desde la que crecen los palcos (100).
Camino de la Casa Porlier aparece uno de los dos ascensores de nueva creación, el otro linda con la calle de La Carrera. Los corredores están llenos de vestidos que reclaman un planchado, zapatos sin betunar o largas y coloridas pelucas que aguardan en soledad que alguien se acerque a ellas armado con unas cuantas "herramientas" para cambiar su desordenada estética.
El teatro Leal está a media luz. Normal. Los candelabros, lámparas y apliques de bronce francés que cuelgan de sus paredes, obra la empresa Ricardo Falcó, siguen el esquema de los bocetos que se hicieron para alumbrar el palacio moscovita del ex presidente ruso Vladimir Putin. Seis apliques fueron encargados para el salón que lleva el nombre Manuel Verdugo (el bar parisino del Leal), cuatro más (dos de los cuales actualmente son suplentes) para dependencias anexas, dos candelabros de pared que encienden el hall con luz eléctrica y, por supuesto, las dos hermosas farolas que montan guardia en la fachada principal del Leal.
La esencia portuguesa está presente en los camerinos. Entrar en uno de ellos es como viajar hasta una de esas casonas de Aguere en las que sus moradores disfrutaban viendo su mundo a través de un cristal. Modernos, equipados con un sistema de audiovisual para ver los movimientos que se desarrollan en el escenario (en el guardarropas de la entrada también se ha instalado esta tecnología), y elegantes. Además, es uno de los pocos teatros del mundo en el que los artistas tienen una sala de descanso. El estudio luso de Armando e Filhos personalizó los 44 tocadores de madera de cerezo, que, además de espaciosos, han sido pensados para buscar un ahorro energético y un impacto lumínico mínimo.
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