GUIRAO ejercía tranquilamente en Granada su cátedra de Anatomía en la Facultad de Medicina, cuando al rector de la Universidad de La Laguna, el orotavense Jesús Hernández Perera, principiado el curso 1968-69, en su desesperación por encontrar alguien que pusiera a caminar la recién creada Facultad de Medicina por el excelente rector Antonio González, no se le ocurrió mejor idea que acordarse de un amigo de sus años de estudio en Madrid, Miguel Guirao, y ni corto ni perezoso le envía una carta muy hábil en la que simplemente lo invita a conocer Tenerife, pero con el oculto objetivo, una vez llegara a la isla, de embaucarlo y "detenerlo" hasta que pusiera los cimientos de la nueva Facultad. Guirao no pudo negarse a su amigo de las madrileñas andanzas juveniles, y con gran enfado de su mujer se vino a Tenerife. Nombrado decano comisario de la Facultad, a su vez se encargó de la asignatura de Anatomía, siendo el profesor al que le cayó el primer muerto de la Facultad (me refiero al primer cadáver para el estudio de Anatomía).
Por entonces, el Cabildo tinerfeño construía el nuevo Hospital General y Clínico, y su presidente, José Miguel Galván Bello, accede a la petición de Guirao de acoger al embrión de la Facultad en los sótanos del edificio, donde hoy se encuentran los aparatos y despachos de Radiodiagnóstico y Radioterapia del Hospital Universitario de Canarias, al tiempo que recluta a profesores como Perán, Galera, Matilla, Chamorro y Sierra, entre otros. El pasado viernes, 17 de octubre, cuarenta años después, en uno de los actos más entrañables que ha vivido la Facultad de Medicina de La Laguna, el profesor Guirao, con el acento y gracejo andaluz que lo caracterizan, muy sencillo, con una lucidez mental admirable, nos deleitó recordando los avatares de aquella época y desvelando episodios que hasta ahora no había hecho públicos. Guirao nos habló de la terrible soledad de la que en ocasiones se vio acompañado, de las continuas idas y venidas al Rectorado y el Cabildo en búsqueda de ayuda (que realmente siguen y no cesan desde entonces), y hasta del "pacto" que tuvo que gestionar con algunos médicos reticentes a la puesta en marcha de la Facultad, recelosos de una posible colisión de intereses, visitando en varias ocasiones el Colegio de Médicos. Recordó a su secretaria de entonces, Victoria Bello, la trabajadora más antigua de la Facultad, sigue siéndolo, y allí estaba, en el acto, muy guapa y emocionada. Y a Bartolo, conserje para todo, uno de cuyos hijos hoy es médico. Guirao vino para unos días y se quedó tres años. Tuvieron que pasar dos más para que la primera promoción (1968-1974) estrenara la nueva Facultad.
Finalizado el acto, lo saludé, y me contó que un día recibió una carta amenazadora del presidente del Cabildo de Gran Canaria porque en Medicina se habían matriculado más alumnos de Tenerife que de Gran Canaria. Sorprendido y ajeno al pleito insular, Guirao pidió los datos, y los remitió a Las Palmas: alumnos de la provincia de Las Palmas, 76; de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, 71. "Don Miguel, y qué le contestó", le pregunté. "De él nunca más se supo", me dijo.
Un hombre adaptado a su época y fruto de ella recibió un día la llamada del presidente del Cabildo de Tenerife, Andrés Miranda. Guirao, además de decano comisario y profesor de Anatomía, ejercía de director del entonces incipiente Hospital General y Clínico. Era el mes de julio de 1971, y el presidente del Cabildo le trasladó la conveniencia, venida desde la superior superioridad, de inaugurar el Hospital en una fecha trascendental para el régimen, 18 de julio. Miguel Guirao, como no podía ser de otra manera, no se opuso. "Pero, mire usted, don Andrés, si no tenemos ni sangre preparada?", le insinuó el decano al presidente del Cabildo. "No importa, así que organícelo todo para inaugurar el Hospital el 18 de julio", le indicó el presidente. "Mire usted, don Andrés, se hará todo lo posible, pero por favor, le quiero hacer un ruego, que me dispense usted de asistir al acto". Guirao no quiso cortar la cinta inaugural. Subió a la azotea, y con gran preocupación contempló la entrada triunfal de camillas de enfermos y parturientas llegadas en caravana desde el bicentenario Hospital de los Desamparados, hoy Museo de la Naturaleza y el Hombre del Cabildo Insular.
Guirao volvió a su Granada, y pronto comenzó a recibir felicitaciones por una medalla que le daba el Cabildo. Daba las gracias al mismo tiempo que advertía de que de eso no tenía ni idea. Y efectivamente, la medalla nunca le llegó. Aunque, como él dice, no le hace falta, la lleva desde hace cuarenta años en el corazón. El mismo corazón que un 18 de julio le aconsejó no participar en la precipitada inauguración del querido Hospital General y Clínico de Tenerife.
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