Terminaba el primer día de lo que luego fue Glorioso Movimiento Nacional, en aquel sábado de julio, que no miércoles, como un falso manejo del calendario perpetuo (lo correcto era: F-3-18-sábado) me hizo cometer el domingo pasado. Inquietos andábamos en casa hasta que la llegada de mi padre a la noche aclaró algo la cosa. En aquella época, y en verano, cenábamos relativamente pronto, de 8 y media a 9, lo que a veces precipitaba mi vuelta a casa para la cena, algo a lo que no se podía llegar tarde de ninguna manera. Muchas veces en aquellos años tuve que ir corriendo desde la plaza de la Constitución, calle Castillo arriba, y luego calle de la República hasta mi casa, en la ya calle del General Sanjurjo, porque de tanto alegar se me había escapado la guagua y llegaba antes y a tiempo corriendo que esperando otra. Nos contó nuestro padre que el capitán general se había marchado primero a Las Palmas al funeral de un general y luego en un avión especial a Marruecos para iniciar la rebelión que ya era común a toda España y que aquello iba a durar sólo unos días, aunque en algunos sitios como Santa Cruz nosotros casi ni nos habíamos dado cuenta, y la conversación se centró en el desplazamiento a La Laguna, que era cuando realmente empezaba el veraneo y nos llegó la alta noche discutiendo de la organización del traslado de muebles y enseres, de cómo íbamos a subir a La Laguna, ya que todos queríamos ir en el camión que era lo divertido, aunque muy pesado. Y entre estas y otras discusiones con mis hermanas se nos pasó ese miércoles, 18 de julio, en que España cambió de signo de vida.
Lo primero que cambió fue un florecer de camisas azules por todas las esquinas, y nos explicaban que eran los de Falange, aunque también había otros con boinas rojas, pero esos eran los "tradicionalistas", de antes de Isabel II, lo que no se comprendía muy bien. Y volvieron a verse banderas rojo y gualda como las había habido siempre hasta que con la llegada de la República del 14 de abril quitaron la franja roja de abajo y la cambiaron por una como morada, la mar de fea. Subimos pronto a La Laguna y allí, en el ambiente familiar, se hablaba a veces en voz baja para que los muchachos no nos enterásemos de ciertas cosas, porque muchos jóvenes se habían presentado voluntarios en los cuarteles y hasta uno de ellos había fallecido por unos disparos el mismo 18 de julio, un chico de La Laguna, decían, hijo de un jefe de la Guardia Civil; pero nosotros estábamos, a nuestros juegos, sobre todo en el fútbol. Nos solíamos reunir en casa de mi tío Guillermo, que veraneaba ese año y creo que por última vez (ya que luego se fueron al Juego de los Bolos) en la calle Cabrera Pinto, acera de la derecha según se va al Cristo, una casa terrera con amplia huerta detrás, y de allí salíamos a unos terrenos que había en el paseo de la Manzanilla, que se llenaban de muchachos. Y formábamos equipos, y al que formamos nosotros le puse el nombre de Ucrania, cualquiera sabe por qué, ya que la verdad es que no me acuerdo del motivo. Igual, como un chiste que se atribuía a un juicio en el que actuaba el conocido letrado, vecino de mi calle, don José López de Vergara y que se contaba años después, "porque me gustaba el vocablo" que decía un enjuiciado mago de entonces, cuando los había y no como ahora, que es una especie no ya en extinción sino desaparecida. Incluso en el diario La Tarde de aquellos días se publicaban las alineaciones de estos equipos de muchachos. Igual encuentro algún día la del equipo que lleva el nombre de lo que hoy es un país segregado de la antigua madre Rusia, donde yo era Pepe II, de medio, ya que había otro Pepe I, defensa, que un buen día se nos presentó vestido de soldado porque se iba de voluntario a la guerra, lo que a todos nos dejó asombrados, y hasta se había dejado la barba que le crecía ya blanquecina. Se trataba del tío Pepe Calzadilla, tío de nuestros primos Cabrera Ramírez. Y empezaron a marcharse amigos y parientes a la guerra. La ida que más nos conmovió a los de casa fue la de mi primo hermano y vecino de casa Luisito Mandillo, mi compañero de colegio en San Ildefonso, cuando yo intentaba prepararme para el ingreso en Bachillerato, que había llegado a primeros de junio del 36 de la Península, ya que estudiaba Derecho en Madrid, hospedándose en la famosa Residencia de Estudiantes, símbolo de la España progresista de entonces. Y no estaba allí solo, sino que también estaba con él y en la misma Residencia otro primo hermano, Rafael Lecuona, estudiante de Ingeniería de Minas (profesión común al menos a tres generaciones de Cabreras), pero al que la guerra le cogió aún en Madrid, donde estuvo años sin saberse nada de él, tanto que el 1º de noviembre del 36, al nacer mi hermano pequeño y no saberse nada de su primo en Madrid, se le puso a él su nombre para satisfacción al menos parcial de sus padres, ya que era hijo único. Otros muchos amigos y parientes, algunos con el bachiller ya terminado, se incorporaban también como voluntarios y allá se fueron los Ravina, los Guimerá, los Casariego, los Armendáriz, muchos compañeros en el Club Náutico, y algunos no volvieron porque cayeron luchando y otros volvieron condecorados con medallas individuales como Perico Rumeu o póstumas como Gonzalo Armendáriz y hasta a otro, un muchacho de Las Palmas de apellido Alemán, le dieron nada menos que la Laureada.
Todo discurría con tranquilidad e ignorancia para los jóvenes cuando a los pocos meses surgió la noticia de que al crucero "Méndez Núñez" la contienda le había cogido, nos decían, en Guinea y del que se decía también, habían matado a todos los oficiales, como había sucedido en la mayoría de los buques de la flota que estaba anclada en puertos como Cartagena que habían caído en manos republicanas. Y se rumoreaba que el citado buque había decidido navegar y dirigirse a la Península, debido a lo cual tenía que pasar por Canarias, y la opinión general era que lo que iban a hacer era bombardear Santa Cruz que era de donde había partido la insurrección y donde residía el capitán general de Canarias y donde estaba la Refinería, dato este muy importante para el desarrollo de la contienda, toda vez que en toda la Península no había en aquellos años ninguna refinería ni la habría tampoco hasta unos años después de terminar la guerra cuando se construyó la de Cartagena en una asociación del INI (creación de Franco) con Cepsa, una vez fracasados los ensayos de destilación de pizarras bituminosas de Puertollano. Como los efectivos militares estaban principalmente en la Península y para tratar al menos de prestar vigilancia especialmente nocturna en Santa Cruz, se creó un cuerpo de voluntarios de personas mayores que se llamó Acción Ciudadana, a cuyos miembros vistieron con un uniforme a base de monos de color azul. Fue con esta ocasión que vi y tuve en mis manos por primera vez un fusil, pues mi padre formó parte de este cuerpo, así como también mi tío Juan Vicente, con su gran barriga, figura de lo menos marcial y que nos causaba risa a sus sobrinos. Luego, ni pasó el "Méndez Núñez" ni nada, o no nos enteramos pero siguió el servicio de Acción Ciudadana, aunque ignoro hasta cuando.
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