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ALEJANDRO DE BERNARDO

La estupidez. Ése es el problema

26/oct/08 01:20
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NO ENTRO en los bares salvo necesidad. Aunque sé lo que es estar detrás de la barra. Esperar a alguien, leer el periódico, buscar cambio para el párking? o cosas así son lo único que me viste de cliente. No me acostumbro a ese ritual tan extendido de tomar café, cerveza, vino o lo que sea, allí dentro. El otro día lo hice. Un descafeinado de sobre rebajó el impuesto revolucionario del aparcacoches.

Fueron cinco o seis minutos. Suficientes para enterarme de algunas cosas. Para imaginar otras. Para pensar. A lo mejor debería entrar más a menudo. El ruido de la máquina tragaperras aporreaba con insistencia los tímpanos de los ocho o diez que bordeábamos la barra. La cascada incesante de monedas hizo que volviésemos la cabeza en busca del afortunado. ¡Un chino! Qué raro, un chino? y solo. Poniéndose las botas sin decir ni pío. Como lo hacen todo: calladitos. Por las miradas, intuí pensamientos más próximos al "qué cabrón?", que al "?mira qué bien, qué suerte tiene".

Los chinos. Me dijeron que en muchos sitios no los dejan "jugar" a eso. Que han pillado a más de uno con vete tú a saber qué tipo de información -privilegiada, reservada?- dejando a las maquinitas más secas que la mojama. Vamos, que saben cuándo va a caer la "guita" y lo que tienen que hacer para que eso ocurra.

Los de la revolución silenciosa. La marea amarilla. Casi nadie habla de ellos. No son ruidosos ni estridentes. Se insertan silenciosamente entre nosotros, no nos imponen nada, abren sus negocios de los que viven un indeterminado y variable número de personas que trabajan de sol a sol, y siempre tienen parientes en la trastienda.

Son introvertidos y misteriosos, no revelan nada de sus vidas ni de sus sentimientos. Son herméticos, casi invisibles, pero vienen y muchos. No tienen una religión común, lo que supone menor peligro, pero sus costumbres y tradiciones ancestrales los mantienen unidos a su origen con un férreo cordón umbilical. Son obedientes y disciplinados. Y, son tantos? Suman más de mil trescientos millones de almas en despegue y les gusta mucho el mundo occidental.

Será por eso que tanta gente de aquí estudia ya su lengua. Creo que el sol y la playa no están entre sus preferencias. Debería considerarse en la planificación del turismo para los próximos años. Si todo transcurre como parece, en poco tiempo, aunque sigan viniendo muchos por necesidad, entre los que lo hagan por placer también serán mayoría.

La escritora francesa Anna Gavalda en su libro "Juntos, nada más" trata de demostrar que es posible la convivencia. La cohabitación de personas distintas, de edades diversas, de estados diferentes. Sin los estereotipos históricos y sin los lazos a los que estamos acostumbrados. No es preciso portar la misma sangre ni ser compañeros sexuales. Basta dejar atrás la estupidez.

¿Recuerdan la teoría de Carlo María Cipolla? "Una persona estúpida es la que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio".

Ahora que el insalvable tajo del hambre ha hecho las migraciones más masivas que nunca, ahora que junto a la inmigración hermana de Iberoamérica, a las pateras y los cayucos del continente vecino, a los ciudadanos del Este europeo entre los que hay de todo como en botica, también están los chinos? estoy de acuerdo con Gavalda, la estupidez es la causa de la ruptura de la convivencia, y no que seamos todos tan diferentes unos de otros. O tan iguales.

Feliz domingo.

adebernar@yahoo.es

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