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Tacoronte, la cuna del turrón

Tacoronte se ha convertido en el único municipio tinerfeño que conserva el turrón tradicional, que elaboran ocho familias con varias generaciones dedicadas a una actividad que será reconocida en breve con la declaración de Bien de Interés Cultural del Cabildo.
19/oct/08 04:27
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Á. MORALES, Tacoronte

Quién no las ha visto en alguna fiesta de barrio o patronal despachando en sus peculiares puestos. Qué canario o visitante que haya estado tiempo en las Islas no ha probado esas delicias que sólo tienen el obstáculo inicial de una cinta de cartón. Y esas almendras garrapiñadas, ese chocolate o ese coco apetitoso. La tradición del turrón en Tenerife tiene un nombre y un lugar. Tras desaparecer este oficio tradicional de zonas como Santa Cruz e Icod de los Vinos, Tacoronte se ha convertido desde hace décadas en referente de una actividad gastronómica e industrial a pequeña escala que, por fin, recibirá un más que merecido reconocimiento. El Cabildo insular ha decidido incoar expediente de declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) para las turroneras tacoronteras, varias generaciones de unos artesanos culinarios que han convertido unas golosinas casi en mito.

Esta tradición se ha mantenido en Canarias sin casi modificaciones desde, al menos, mediados del siglo XIX, si bien algunos productos nuevos han ido arraigándose y extendiéndose entre las familias turroneras (como el turrón de yema). Según resalta el Cabildo, la declaración BIC trata no sólo de tributar un homenaje a las mujeres y hombres que han mantenido viva esta manifestación de la cultura popular isleña, sino contribuir en lo posible a su salvaguarda, conservando, por ejemplo, sus típicas formas de empaquetado y etiquetado, así como los métodos, instrumentos e ingredientes para su elaboración, aunque sin despreciar los aportes de las nuevas técnicas y tecnologías.

La familia de Maribel López sirve de inmejorable botón de muestra de esta tradición tan dulce. Nada menos que cinco generaciones, desde su abuela a sus nietos, han hecho las delicias de infinidad de clientes, a los que les están enormemente agradecidos por su fidelidad, algunos de más de 50 años. En su casa del número 5 de la calle Waque, en la muy tacorontera zona de El Cantillo, Maribel, su marido, sus hijas, cuñados y nietos, no sólo elaboran esos turrones, chocolates, almendrados y dulces de cocos que ponen la nota golosa en las fiestas y ferias locales, sino que, además, lo hacen de una forma única en Canarias: con un horno de leña.

En este caso, la tradición se mezcla por partida doble, ya que se trata de la unión de dos familias turroneras: los López y los Ramos. La madre de Maribel, Josefa, acentuó una costumbre que, con el tiempo, ha arraigado tanto que tienen mucha más demanda que oferta, lo que deja claro el éxito de su cocina. La Autoridad Portuaria, la Caja de Canarias, la Casa del Vino y hasta compradores por internet son algunos de sus clientes fijos, aparte de participar desde hace tres años en Fitur junto al ayuntamiento y Cabildo, a los que también les están agradecidos. Las hijas de Maribel (Carmen, Pilar, Teresa...) incluso han desarrollado por los colegios e institutos de la Isla un interesante programa de difusión del turrón con el loable fin de que los niños no pierdan la tradición, conozcan este oficio ancestral y no aprecien sólo las golosinas de fuera. Eso sí, con el mensaje de comerlas con moderación, como cualquier dulce, si bien éstas no tienen ni conservantes ni colorantes.

Se trata de una familia tan inseparable del turrón que fue Pilar la que, en 2004, propició la declaración BIC que ahora se ha confirmado tras proponérselo al presidente insular. Además, el prestigioso profesor de Literatura en la Universidad de la Laguna y director del Festival del Cuento de Los Silos Ernesto Rodríguez Abad le dedicó un cuento a Maribel, "la pastelera del cielo".

Muchos más casos

Pero la raigambre del turrón nos deja otras muchas familias tacoronteras con gran historial. Según relata Eduardo Navarro en su magnífica obra "El turrón canario", destacan también la familia Rosa, que surge por Francisco Rosa Rodríguez, nacido en el municipio en la penúltima década del XIX. Desde el segundo decenio del XX, se dedica con su mujer, Josefa Acosta, a una pequeña empresa del turrón que luego retoman sus hijos: Ramona, Josefa, Ismael, Américo y Emilio. Josefa y Emilio sobresalen en la continuación de la tradición. En los años 30, y de la mano de Josefa, aparecen los llamados Turrones Santa Rosa, que se registran oficialmente entre las industrias de marcas en los años 40 y que siguen hasta la actualidad, por lo que serán objeto también del homenaje del Cabildo.

Los hijos de Josefa siguen la costumbre, pero especialmente María Celia, que se hace con la empresa en los años 50 del siglo XX. Aunque tiene cuatro hijos (Silvia María, José Francisco, Rosa María y Pablo Javier), es este último el que le da continuidad a la saga como profesional, camino que seguirá su hijo David.

Emilio Rosa crea los turrones Santa Catalina, que luego pasarían a llamarse Turrones E. Rosa. Emilio no tuvo descendencia pero enseñó a su sobrino Silvestre, que acabó casándose con su prima María Celia, con lo que los turrones acaban llamándose Turrones Santa Rosa, de gran prestigio y calidad, tanta que, según relata Navarro, el hijo menor de Silvestre, Pablo Javier, grabó en vídeo la elaboración artesanal de las barras de turrón para demostrar a los incrédulos que todo se hacía aquí.

Santa Rosa, empresa ubicada en el número 22 de Agua García, sigue siendo una marca referente, con múltiples premios y con una de las mesas mostrador más grandes del subsector.

De entre el resto de familias, cabe destacar a los Reyes y los Pérez, que también extendieron esta costumbre entre sus integrantes y que llevaron el turrón por múltiples sitios. Otro tanto hicieron fabricantes y vendedores locales como María y Santiago, también de El Cantillo.

Según relata Navarro, la tradición tacorontera hizo que, en 1993, se promoviese una asociación de turroneros con el fin de mejorar la calidad del producto, su presentación, la formación de los artesanos y el equipamiento industrial. Se buscaba avanzar en las garantías sanitarias en la producción, comercialización y consumo, así como en la compra de productos de forma conjunta y en la búsqueda de una denominación de origen.

Sin embargo, la falta de consenso hizo fracasar el proyecto. No obstante, algunos de estos objetivos se han ido consiguiendo, tal y como prueba y premia ahora el Cabildo con la declaración BIC a una tradición que, seguro, permanecerá en el tiempo y en el paladar de los canarios.

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