EL MUNICIPIO de San Cristóbal de La Laguna ha experimentado en los últimos años un desarrollo que, acompasando el trascurrir de la historia que la circunda, ha modificado buena parte de su fisonomía territorial y poblacional. Se han producido cambios sustanciales que han mejorado su fisonomía -no en todos los casos- y también se han de reconocer progresos en el nivel de vida de sus habitantes, sombreados por las desigualdades que siguen vigentes. Sin obviar las circunstancias sobrevenidas en los últimos tiempos por los avatares de la crisis internacional.
Nos gustan muchas cosas de nuestro municipio y nos encontramos con nosotros mismos en La Laguna. Todos aquellos laguneros y laguneras que leen estas líneas saben de lo que estoy hablando, porque están igualmente atrapados por las trenzas seductoras de nuestra ciudad. Pero en ese encuentro con nosotros mismos, en esos rasgos que definen la personalidad de un pueblo, de una ciudad, al fin y al cabo, de un lugar de convivencia y participación, se echan de menos algunas cuestiones, y de más, otras.
La Laguna carece de la vitalidad de antaño. Se trata de un languidecimiento que se viene sucediendo desde hace varios años. No es melancolía ni nostalgia, tales afirmaciones surgen de una realidad que palpamos en la realidad cotidiana. En la mejor de las coyunturas, no pasa nada. La pérdida de su magia y de su identidad es lo que más sucede.
La Laguna se ha poblado de personas de ninguna parte y, en el mejor de los casos, huéspedes de la ciudad. Pero eso que tiene que ver con los naturales movimientos de personas que tienen el derecho a asentarse donde les parezca oportuno y buscarse la vida para su familia, puede aprovecharse para nutrir a la ciudad de savia nueva. Esta situación tiene su "vacuna". Son los responsables públicos los que tienen que adaptarse a las nuevas circunstancias y generar los canales de participación e integración, creando espacios de convivencia y difundiendo la personalidad y el sentimiento de una ciudad. Al final, se han de integrar y enriquecer mutuamente los cimientos históricos e identitarios de la "vieja" ciudad, con las aportaciones de las nuevas oleadas de personas que vienen cargadas de otras vivencias y personalidad que seguro se traducen en aumentar la carga positiva de nuestro municipio.
Hablando, por cierto, de cimientos históricos e identitarios de la "vieja" ciudad, nos estamos refiriendo al conjunto del municipio. La Laguna es su casco histórico, pero deja de ser La Laguna si no es además Tejina, desde Punta del Hidalgo a Guamasa, desde Taco hasta La Cuesta, desde El Cardonal a La Higuerita, sus zonas de Anaga...; en fin, el conjunto de todos sus pueblos y núcleos de población, que con su propia personalidad contribuyen a la identidad de todo el municipio.
En este siglo recién estrenado, el lagunero de la calle de la Carrera no camina descalzo, como no camina descalza la lagunera de Las Mercedes o de Las Carboneras. Los nuevos tiempos deben definir nuevas políticas, que en la parte que corresponde ha de ser conservadora de los sentimientos positivos de la historia de una ciudad que acuña una personalidad que debemos evitar que se pierda. Las cholas se siguen utilizando, pero normalmente para la playa y en algunos casos, para los domingos. Pero el devenir de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad no debe caminar permanentemente con alpargatas. No debe rendirse a la frivolidad, a la política populachera facilona y de interpretación demagógica.
Mi preocupación, que me alarma, viene sustentada en la negativa deriva que ha ido adoptando el desarrollo de nuestro municipio y la incertidumbre del futuro de su identidad. Ese mal camino, en buena medida, entiendo que se debe a la alcaldesa de La Laguna, la Sra. Oramas Glez. Moro, que cree en La Laguna de paso, y que sus ciudadanos pisan siempre con cholas. Se la ve satisfecha haciendo política en el casco y finge satisfacción haciéndola en lo que ella considera sus barrios. Pretende trufar de cierto glamour lo que considera cutre, con ciertos actos que le dan "categoría"; pero, valorándolos en su medida, son una anécdota. La frivolidad ha tomado posesión de su hacer político de fines de semana y de lunes a viernes hace la política en Madrid que le mandan sus dirigentes partidarios. Con la fuerza de sus votos quiere derrotar la razón. Quiere reinventar el "canchanchaneo y la chafalmejería", el "chachoneo" en la actividad de la responsabilidad pública.
La ciudadanía agradece guaguas para ir a la playa o para ir a ver a los Príncipes; agradece las fiestas y los fuegos artificiales; agradece las inauguraciones de instalaciones deportivas y piscinas; agradece que su alcaldesa le salude amablemente desde la procesión o paseando por la calle y esboce una monumental sonrisa de forma permanente. Pero gobernar no es eso; no sobra todo lo mencionado, pero gobernar es solucionar problemas a la gente y planificar la política -en este caso-, de un municipio. Gobernar es desplegar una potente actividad municipal para potenciar los servicios sociales, atajando las desigualdades; gobernar es hacer rigurosas políticas para prevenir la drogadicción y paliar las consecuencias de las adicciones a las drogas; gobernar es definir y ejecutar políticas para la mujer y la infancia; gobernar es tener dirigentes competentes para mejorar el tráfico y la seguridad en las calles de la ciudad; gobernar es manejar los recursos con eficiencia para contener el precio del agua a las familias de La Laguna; gobernar es respetar a la oposición y facilitar su tarea de fiscalización; gobernar es hacer que las Fiestas del Cristo se innoven y sean remozadamente atractivas para los de dentro y para los de fuera; gobernar es exigir, también al Gobierno de Canarias, una buena sanidad para nuestra gente; gobernar es asumir responsabilidades por el bochornoso caso de la Recova; gobernar es exigir a la "coleguita" de la consejera que se siente con los docentes para resolver el conflicto de la educación: gobernar en La Laguna es poner mayúsculas a la palabra cultura y hacer de nuestro municipio un referente en toda la comunidad canaria, para evitar discutir sobre su capitalidad cultural; gobernar en La Laguna es construir o promocionar la construcción de salas de exposiciones; gobernar en La Laguna, por ejemplo, es establecer un concurso internacional de novela, de teatro o de poesía, con una dotación en premios suculenta para darle proyección y categoría; gobernar en La Laguna es enterarse de que existe su Universidad, -no se trata sólo de invitar a su rector a los actos protocolarios-; gobernar en La Laguna es garantizar los elementos identitarios de nuestra ciudad en todos los aspectos que la han hecho seductoramente atractiva a lo largo de su historia.
En fin, gobernar en este caso, La Laguna es sentir el respeto que se merece la gente que le ha dado la primera mayoría absoluta a una formación política desde el año 1983 y aprovechar ese caudal de votos y su gobierno monocolor para recuperar el sentimiento de un pueblo culto, amante de su historia y orgulloso de su identidad. También es ejercer la alcaldía a tiempo completo sin necesidad de dejar sustitutos que no estaban destinados en las listas para tal cometido. Los ciudadanos han elegido alcaldesa, no eligieron alcalde accidental. Doña Ana, evite que la fuerza de sus votos derrote a la historia e identidad de La Laguna.
.
* Concejal del Grupo Municipal Socialista Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD