JORGE DÁVILA, Barcelona
No ha borrado de su rostro la sonrisa de ganador. Del escritor que se siente reconfortado por un logro que, posiblemente, creció en muchos de sus sueños pero que nunca vio tan cerca como en la medianoche del pasado miércoles. Ni siquiera él, que en la edición de 1993 probó lo que significa ser finalista del Premio Planeta. "Aquello no cuenta", dice antes de soltar una carcajada. "Entonces, tuve el peor rival posible. Aunque siempre me sentí un afortunado por compartir aquel rato de fama con Mario Vargas Llosa", declara el filósofo donostiarra Fernando Savater, vencedor del certamen de 2008 con el título "La hermandad de la buena suerte".
-¿Hay vida después del Planeta?
-Supongo que sí (vuelve a reír). Mire lo bien que le ha ido a Vargas Llosa o al mismo Álvaro Pombo. Da la sensación de que le ha cambiado hasta el carácter. Ahora, es mucho más gracioso que antes.
-Económicamente, el premio es una especie de "retiro dorado", ¿no?
-Soy un jubilado que no piensa en el dinero como una vía de escape hacia la extravagancia. Por mi forma de entender la vida, prefiero ser rico para vivir como un pobre. Solamente hay dos posicionamientos claros frente al poder del dinero. Están los que no tienen nada y no saben qué hacer para conseguir una mínima porción de felicidad en sus vidas y los que tienen mucho y no saben en dónde invertir para evitar las temidas pérdidas. Además, hay un porcentaje importante de este premio que no me pertenece. Si lo llego a saber escribo un cuento en lugar de una novela.
-¿La continua lucha filosófica del ser humano?
-Así es, lo hacemos constantemente. Basta que se muera una persona para que enseguida todos nos empecemos a preguntar aquello de no somos nadie o insista en la idea de ¡mira qué buena persona era! Siempre se van los mejores. Nos vamos todos. Unos antes que otros, pero todos.
-En la rueda de prensa posterior a la ceremonia de entrega del Premio Planeta usted insistió en la idea de que se trata de una novela dietética.
-El lector está harto de catedrales, de conspiraciones y órdenes religiosas imaginarias. Sí. He apostado por una cosa ligera. El libro no tiene diez páginas, no se crea. Tiene las justas. He hecho una novela dietética; ni demasiado corta ni demasiado larga. Tiene el relleno adecuado.
-Dijo que la pensó mirando hacia el mundo de la hípica. ¿Puede desvelar un poquito más de su contenido?
-Es de ficción. Me la he inventado de principio a fin. No tiene ni pretensiones realistas ni históricas. Todo gira en torno a las carreras de caballos. Dos magnates pugnan por llevarse la carrera. La carrera en mayúscula. El gran premio, el más prestigioso. Hay un caballo magnífico, pero difícil de montar. No se deja. Sólo un jinete puede con él. El problema aparece cuando éste desaparece y se organiza una contrarreloj para localizarlo. He querido que cada capítulo tuviera una entidad propia, pero con sus conexiones con la trama final.
-¿Una apuesta por el mundo detectivesco?
-No. Es un libro que se pregunta por qué la suerte te golpea de lleno o cómo es posible que nunca te toque nada de la buena fortuna que perseguimos todos. Es una lucha de poder centrada en una temática de la que me siento profundamente enamorado.
-¿Por qué "La curva del Pardo"?
-Los que conocen el Hipódromo de La Zarzuela saben perfectamente que a partir de esa curva se entra en la recta final. Allí hay dos curvas. La de las perdices y la del Pardo. Confiaba en que ningún aficionado a la hípica descubriera mi identidad detrás de este seudónimo.
-¿Entonces, ha querido llevar a los lectores a su mundo?
-Algo parecido. Yo escribo sin necesidad, sin la obligación de saber qué es lo que le puede agradar o no a los lectores. Lo que sí trato siempre es de entretener; proponer un pacto para la diversión entre las dos partes más importantes de la lectura. En ese sentido, me considero un privilegiado por poder hacer lo que más me gusta. No quiero que ellos tengan que soportar mis caprichos literarios, sino que participen conmigo.
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