DE VEZ EN CUANDO alguien cita esa manida -y hasta cierto punto estúpida- idea de Warhol, según la cual a lo largo de su vida todo el mundo tiene derecho a sus quince minutos de gloria. Andy Warhol conquistó, si no la gloria, sí al menos la fama por méritos propios. Algo nada fácil en circunstancias normales. Ya que estamos con ideas y frases célebres, también se dice que sólo un hombre de cada millón pasa a la historia. Porcentaje que no sé si es aplicable asimismo a las mujeres; posiblemente sí. El caso es que siempre han existido personajes -y personajas- a los que no les basta con esos quince minutos de Warhol. En esencia porque la gloria, la fama, la notoriedad y otras cualidades afines que redimen al ser humano de su consustancial anonimato para convertirlo en líder de masas, anhelo de multitudes o ídolo de adolescentes a medio camino entre la bobería y el acné, crean una adición difícil de superar. Más aún: requieren dosis progresiva a medida que pasa el tiempo.
No pretendo decir que el juez Baltasar Garzón sea un yonqui del renombre. Todo lo contrario. Garzón es una persona preocupada sólo por realizar su trabajo y cumplir con su deber. Su merecida fama es un efecto secundario de los delicados casos que han caído en sus manos. Asuntos todos ellos, ustedes lo comprenderán, de gran impacto mediático. En definitiva, y a diferencia de cualquier artista cantamañanas que se inventa hasta una ruptura matrimonial -y luego la consiguiente reconciliación- con tal de que impriman su foto en papel cuché, el juez Garzón es una víctima de las multitudes. Convencimiento personal que me lleva a suponer que el susodicho magistrado pretende abrir una causa general sobre una guerra civil que acabó hace 69 años y una dictadura que concluyó, felizmente, hace 33, no por recuperar cierta aureola perdida -la prensa ha tiempo que se ocupa poco de él; la verdad sea dicha-, sino porque está convencido de que así cerrará viejas heridas. De nada le sirve la oposición de la Fiscalía de la propia Audiencia Nacional, que ya ha anunciado un recurso contra lo que millones de ciudadanos de este país consideran un disparate. Los fiscales, naturalmente, no entran sobre lo acertado o no del propósito garzoniano; tan sólo entienden que la Audiencia Nacional no es competente para investigar tales hechos.
Lo malo es que las heridas morales, como las físicas, no se curan hurgando en ellas sino dejando que cicatricen con el necesario e inevitable paso del tiempo. Hace unos días manifesté en un programa de televisión, y lo repito hoy aquí, la imperiosa necesidad de localizar a los desaparecidos y darles un entierro digno. Más aún: hay que compensar los daños económicos sufridos por muchas personas. Esto no es sólo un deber político; es una obligación moral. Ir más allá, empero, supone entrar en un terreno minado por el que se puede andar algún tiempo sin que ocurra nada, o saltar por los aires al primer paso. Salvo que algunos estén empeñados en repetir el partido a ver si ahora ganan quienes entonces perdieron. Lo malo es que estas confrontaciones nunca las gana nadie; las pierden todos.
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