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EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO M. GONZÁLEZ *

Un diálogo profundo y entrañable

17/oct/08 07:26
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EL DIÁLOGO, o la comunicación con los hijos, es el cuarto pilar sobre el que se sustenta su educación. Para mí -como he escrito en mis últimos artículos-, los otros tres son: el amor entre los padres, y como fruto de ese amor, el amor a los hijos; y, por último, el ejemplo de los padres. Todo ello debe estar sazonado con mucha paciencia, perseverancia y sentido del humor.

Sobre la relación o comunicación padres e hijos, en la actualidad corren ríos de tinta. Basta asomarse a Internet -para muchos el oráculo del siglo XXI-, visitar las secciones de psicología o de autoayuda de una librería o los libros que ofrecen las grandes superficies, para ver la variedad de títulos sobre este tema: "Cómo hablar con los hijos del sexo", "Cómo hablar con los hijos de la droga", "Cómo hacerse amigo de los hijos"?

Sin embargo, según las estadísticas -de las que no soy entusiasta- y mi propia experiencia, lo que yo observo es que hay una considerable falta de comunicación y un exceso de conflictividad entre padres e hijos. El índice de maltrato de los hijos a sus progenitores, a finales del pasado septiembre, había aumentado de manera alarmante en relación con la mismas fechas de 2007. ¡Tiene que ser desesperado el sufrimiento de unos padres para que sean capaces de denunciar a un hijo! Además, también saltan las alarmas ante el elevado número de personas mayores internadas en establecimientos geriátricos o abandonados en centros hospitalarios por sus hijos, el pasado verano.

Cuando veo a las dos o tres de la madrugada a adolescentes -porque he ido a ver-, de doce y trece años con un vaso en la mano, pose de zombi y los ojos nublados en la "marcha", el "botellón" o la "movida" -donde nadie se mueve-, me pregunto cómo y cuál será el tipo de comunicación de estos chavales, pibes o pibas, con su padres. Lo mismo me planteo cuando veo a esos padres abandonados en un geriátrico o en un hospital.

Pienso, como otros muchos, que la mayoría de los problemas del día a día de la convivencia con los hijos se resolvería si nos esforzásemos en una buena comunicación o en un diálogo acogedor y profundo con nuestros hijos. Javier Urra, en su último libro publicado, "¿Qué ocultan nuestros hijos?" (La Esfera de los Libros, sept. 2008), respecto a este tema dice: "Debe existir una comunicación fluida e informal. Pero también deben marcarse algunos momentos para reunirse y tratar temas formales como los estudios, las interrelaciones, alegrías y problemas... Esos espacios temporales, que han de ser breves, relajados y efectivos, resultan necesarios para poder hablar con claridad y profundidad de temas que a todos interesan".

El diálogo o la constante comunicación con nuestros hijos es de todo punto imprescindible para conocerles, comprenderles, ayudarles y poder exigirles comprensivamente -a los hijos también hay que exigirles-; para llegar a crear con ellos un clima de confianza, cariño, amistad y respeto, un clima familiar donde nuestros hijos se sientan cómodos y a gusto, comprendidos y acogidos. Que puedan intercambiar con los padres ideas, puntos de vista, forma de ver las cosas; donde se pregunta, se contesta, ¡se habla!; donde se puede crecer, aprender y amar. Amar a los hijos es la base de la comunicación, interesarse por sus cosas: lo que les preocupa o asusta y lo que les entusiasma e ilusiona; y ayudarles para que ellos solos vayan resolviendo sus dificultades.

Todo esto hay que empezarlo cuanto antes -en educación hay que ir siempre por delante-, y para ello no hay que comenzar por comprarles el "móvil", hay que empezar por dedicarles tiempo. Debemos incentivar a los hijos para que desde pequeños realicen preguntas, para que den su opinión, para que dialoguen de manera fluida e informal. Se trata de crear el ambiente propicio y buscar el momento adecuado: no cuando los padres quieren, sino cuando se nota que ellos lo necesitan. Y tener muy en cuenta: su edad; nivel de desarrollo intelectual; su modo de ser; animarlo si es tímido y apaciguarlo si es alborotador; y siempre evitar la mofa, la ironía o comentarios que puedan herir sus sentimientos y provocar reacciones de defensa como encerrarse en sí mismo.

El elemento clave del diálogo es saber escuchar, que no es simplemente dejarle hablar y tener la mente distraída en otra cosa. Saber escuchar es prestar atención, es ponerse en lugar del otro, es adoptar en todo momento una actitud positiva y receptiva, es atender con paciencia, serenidad y no atosigar con preguntas inoportunas. Mirarles a la cara, sonreírles y hacerles sonreír: dejarles que se expresen con libertad. No asustarse de nada y mucho menos echarse las manos a la cabeza.

Otro elemento, a mi modo de ver esencial, que fortalece el diálogo amable y respetuoso con nuestros hijos es el ejemplo que nosotros les demos en la forma que hablamos y tratamos a nuestros padres -sus abuelos-, y la veneración, cariño y respeto que tributamos a nuestros mayores.

* Orientador Familiar

fmgszy@terra.es

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