NOS VEMOS en la obligación de retomar el tema que ya tratamos en nuestro comentario de ayer: el maltrato que ha recibido Tenerife, y de forma concreta la ciudad de La Laguna, por parte de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias. No culpamos a la Familia Real española por este desafortunado asunto. La agenda oficial del Monarca y de los miembros destacados de su familia no la organiza la Casa del Rey, sino el Gobierno. Por lo tanto, dejamos a los Príncipes don Felipe y Doña Letizia al margen de nuestras críticas. Una salvaguarda que no podemos hacer con el Ejecutivo de Zapatero, que una vez más se ha dejado influenciar por los socialistas canarios; esos políticos que siempre han tenido abiertas las puertas de EL DÍA, pese a lo cual ahora parecen dispuestos -al menos lo demuestran con sus hechos- a desacreditarnos y comprometer nuestro futuro empresarial.
Los Reyes de España y los Príncipes de Asturias son ajenos al pleito interinsular no porque les quede lejos, sino porque no existe. El pleito no es tal, pues sólo se trata de la ambición de una isla, la tercera en extensión pero la primera en ausencia de encantos, que se ha propuesto estar por encima de las demás. Incluso hablar de que es la tercera isla resulta inapropiado. En estos momentos, La Palma, Lanzarote y Fuerteventura le disputan ese puesto a Canaria.
Por si fuera poco lo anterior, se organiza una visita real a Canarias y el heredero de la Corona pasa un día entero en Las Palmas, para inaugurar las instalaciones de un periódico que apenas ha cumplido 25 años de existencia, y sólo unas pocas horas para asistir a la puesta de largo de un edificio emblemático para los laguneros como es el teatro Leal. EL DÍA celebrará dentro de poco, concretamente en 2010, su primer siglo de vida. ¿A quiénes tendremos que traer entonces? ¿A toda la realeza europea? La desproporción de este nuevo agravio es tan evidente que sobra cualquier comentario.
Estos atropellos provocan la radicalización del pueblo de Tenerife. Ninguna otra reacción es posible por parte de la población de una Isla, fustigada desde hace muchísimo tiempo por la ambición canariona. Los perros de la prensa-serpiente amarilla están empeñados en aniquilarnos. Vano intento, pues tiene muy distante y difícil su meta. Una de sus argucias es enemistarnos con el pueblo de Canaria. Nos acusan de denigrar a los habitantes de esa Isla, lo cual no es cierto. Nuestras críticas se centran en los dirigentes políticos, no al pueblo llano. Personalidades que, por otra parte, también son criticadas desde la prensa amarilla, sin que nadie se rasgue las vestiduras por ello.
Otra de las argucias de los perros de la ira es acusarnos de xenófobos y racistas. Con eso sólo intentan ocultar su ignorancia profesional, además de su benevolencia editorial con los partidos estatales. Formaciones políticas que, a su vez, están sometidos al control férreo desde Madrid. En definitiva, un esquema de poder para mantenernos en una situación colonial.
Ante este estado de cosas, lo invocamos a usted, señor Rivero, como jefe máximo de estas ínsulas. Lo conminamos a que hable con don Zapatero sobre el traspaso de poderes a Canarias. El nuevo Estatuto no sirve para nada; es papel mojado, salvo que recoja la transición hacia una irrenunciable e inaplazable soberanía que acabe con todas las injusticias.
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