En innumerables ocasiones hemos expuesto los motivos por los que consideramos imperiosa la necesidad de que Canarias alcance su soberanía. Ante todo, debemos adquirir identidad como canarios. ¿Qué somos ahora? ¿Españoles de segunda? ¿Medio españoles? ¿Híbridos de españoles e isleños? ¿Qué somos?, insistimos en preguntar. Nada. O, peor aún, súbditos coloniales de un país que nos sojuzga. Pero hay algo más.
Muchos españoles nos aceptan como nativos de un país pintoresco. Un país de allá lejos, que muchos consideran afortunado y otros, los menos, aunque no los menos discretos, como su finca particular; un lugar de descanso al que pueden venir cuando quieran, porque los medianeros y lacayos siempre están prestos a servirles. Y ciertamente deseamos que nos visiten, pues el turismo es, y seguirá siendo en el futuro, una de nuestras principales fuentes de riqueza, pero no nos agrada que lo hagan con la prepotencia del conquistador. Es decir, queremos que vengan como peninsulares, no como godos. Pues bien, esos peninsulares siempre han sabido que Canarias no es España. ¿A quién de nosotros, llegado a la Península, no le han preguntado alguna vez cuánto tiempo hace que estás en España? Una pregunta que no es formulada con maldad, sino que es producto de la idea subconsciente, si bien no por ello menos real, de que la España peninsular es una nación ajena a Canarias. Hay más similitud entre Cádiz e Irún, por citar dos ciudades geográficamente extremas al sur y al norte de la Península ibérica, que entre Canarias y las costas gaditanas.
Para empezar, las Islas están a 1.500 kilómetros de Cádiz y a 2.000 de Madrid. En consecuencia, no tiene sentido que se nos considere una comunidad autónoma. por mucho que lo señale la Constitución. Lo mismo podría decir la mencionada Constitución que Cuba o la República Dominicana también son parte del territorio español, aunque eso no tendría ninguna validez.
¿Supone esta forma de pensar que vamos contra la Constitución? No; absolutamente, no. Los perros de la ira ?esos infames personajes a los que nos referíamos en nuestro comentario de ayer? nos han acusado de subvertir, o al menos intentarlo, el orden constitucional. Nada más lejos de la realidad. Acatamos y cumplimos, por imperativo legal, las normas de la Constitución española. De manera específica, nos acogemos a ella porque ampara nuestra libertad de expresión. Algo de lo que se nos ha querido privar desde instancias oficiales, como es el caso del Parlamento de Canarias. Pero no por ello renunciamos a que Canarias sea una nación soberana; un estado con asiento y bandera en los foros internacionales. Naturalmente, alcanzada nuestra libertad como pueblo, ningún canario estará obligado a acatar la Constitución española. Ley de leyes que seguiremos respetando en su calidad de Carta Magna de un país amigo, con el que deseamos mantener estrechas relaciones de amistad, económicas y culturales, pero al que no deseamos seguir sometidos. ¿Suponen estos legítimos y pacíficos planteamientos subvertir el orden constitucional? Que nos lo digan a la cara esos rabiosos perros de la ira que mencionábamos antes; esos deleznables individuos ?auténtica podredumbre del periodismo y de la política? que odian nuestro éxito y denigran a José Rodríguez por su éxito empresarial y su condición de hombre libre. A todos ellos les recordamos que jamás hemos hablado de métodos violentos. Propugnamos exactamente lo contrario: un diálogo inteligente y sosegado con las autoridades de la Metrópoli, para alcanzar nuestra soberanía por la vía pacífica. Ningún otro camino nos parece admisible. De hecho, lamentamos profundamente, a la vez que reprobamos de manera categórica, el terrorismo existente en el País Vasco, auténtica desgracia para España y los españoles.
Hemos señalado varias veces los principales motivos para que Canarias recupere su soberanía y su libertad. No obstante, conviene recordarlos. Confiamos en que, con todas las repeticiones que sean necesarias, se les ablande la mollera a los perros de la ira. Entre esos otros motivos figura el hecho incuestionable de que Canarias era un país libre antes de la conquista española. Una tierra habitada por un pueblo pacífico que poseía su propia estructura social y familiar antes de una invasión que, de manera despiadada y cruel, lo despojó de sus pertenencias. Muchos guanches perdieron la vida. Entre los vencidos, bastantes fueron esclavizados. A algunos incluso los vendieron como si fueran animales exóticos en las cortes europeas. La historia está ahí y no se olvida. No deben olvidarla ni los herederos de aquel pueblo noble, ni los canarios que lo son por adopción. Porque canarios son tanto los descendientes de los primitivos habitantes del Archipiélago, como todos aquellos que sienten nuestra tierra, que aman nuestras costumbres, que adquieren nuestra idiosincrasia y, en definitiva, los que han elegido vivir entre nosotros como un isleño más, sin prepotencias de ninguna clase.
De no menos peso es un segundo motivo que también hemos citado en numerosas ocasiones. Existe un imperativo mandato de la Organización de las Naciones Unidas para que en el año 2010, como muy tarde, esté descolonizado cualquier territorio del mundo que hoy se encuentre sometido a otro país. La libertad, junto con una identidad propia como nación, es una aspiración natural y legítima de cualquier pueblo. Los canarios no podemos ser ciudadanos híbridos durante más tiempo, como decíamos al principio de este editorial. Nos corresponde adquirir la condición de canarios auténticos, y eso es imposible mientras España nos mantenga como su última colonia. Mientras los partidos estatales, convenientemente afianzados en Las Palmas, manipulan la voluntad de muchos isleños que viven narcotizados por el miedo a la libertad.
Alguien ha manifestado, con evidente malicia, que carecemos de tamaño suficiente para adquirir el estatus de país soberano. ¿Y Cabo Verde, Isla Mauricio, San Marino, Malta, las Islas Seychelles, Liechtenstein, Mónaco y Andorra, amén de otros muchos países más pequeños que nosotros? ¿Por qué esas naciones sí y Canarias no? ¡Cuántos territorios con menor población y extensión lucen orgullosamente su bandera en la sede de las Naciones Unidas!
Queda una tercera razón, también mencionada ampliamente en nuestros editoriales y comentarios: sólo como país soberano podemos conjurar las pretensiones anexionistas de Marruecos. Es una aspiración histórica de la monarquía alauita crear el Gran Magreb. Un vasto país que comenzaría en el río Senegal, pues supone la inclusión de Mauritania, y acabaría en las costas del Mediterráneo, y en el que estaría contenido el Archipiélago canario como islas adyacentes al territorio continental. Tal vez, como paso previo, reivindicaría Rabat la cosoberanía de Canarias compartida con el Gobierno de España. Algo parecido a lo que pretende hacer Mohamed VI con Ceuta y Melilla, y a lo que el débil Ejecutivo de Rodríguez Zapatero podría acceder de un momento a otro. En una segunda fase, Marruecos asumiría el pleno dominio de esas ciudades españoles.
Con nuestro Archipiélago se seguiría un proceso similar. ¿Son conscientes de ello los nacionalistas de Coalición Canaria? ¿Van a plantear este delicado asunto en su próximo congreso? Por otra parte, y más allá de estos ineludibles planteamientos de seguridad para nuestros descendientes, que pueden pasar de una situación colonial a la integración en un país que no es el suyo, ¿piensan alguna vez nuestros nacionalistas oficiales en vindicar la memoria de los guanches? ¿Les importa recuperar para sus hijos la patria que les fue arrebatada a sus antepasados?
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