EL INTELECTUAL tiene como misión -decía nuestro Ortega- clarificar las cosas desde la generalidad, y el político las parcializa y las subjetiviza. Hay, pues, decía, obligación de trabajar las cuestiones de nuestro tiempo.
Desgraciadamente vivimos en un politicismo integral. Lo he repetido mil veces. Vuelvo a decirlo ahora. Vivemos en una absorción de todas las cosas por la política.
Conviene que nos paremos a meditar qué es la sociedad, el invididuo y el Estado. Debemos reflexionar en soledad, en intimidad, para encontrar la definición de esos conceptos.
Es preciso elaborar un proyecto de vida individual en el que cada uno de nosotros sea, como un nuevo Jano, individuo y colectividad, unidad y grupo.
Hay que rechazar todo tipo de cantos de sirena, toda desviación intelectiva, porque ello conforma una demagogia que merece nuestra más enérgica reprobación.
La demagogia, decía Ortega y Gasset "es una forma de degeneración intelectual, que ahoga definitivamente las ideas". Y éstas, decimos nosotros, son precisamente lo que hay que salvar.
De ahí, pues, la absoluta necesidad de alimentarnos de nuestros errores. De acudir a los yerros que enriquecen día a día nuestra peripecia vital. Alguna vez dije que el único patrimonio cierto que tiene el hombre es el error.
De esos errores obtengamos positividad. Recordémolos, porque el filósofo dijo que el hombres es el ser de más larga memoria.
Después, alejémonos del triunfalismo en boga, de las propuestas que todos los días se nos formulan llenas de promesas plausibles, pero, las más de las veces, difícilmente realizables.
Y el programa de vida que nos hayamos trazado debemos vivirlo con efusión, con alegría, para entre todos conseguir una convivencia armónica, que eso es vivir la democracia en paz y libertad.
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